Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 4: Nadie se va

La mañana siguiente, nudillos tocando a mi puerta me despertaron. Mi primera imagen fue la ventana, debí mirar alrededor para reconocer dónde estaba e incluso sentarme en la cama para centrarme en ese lugar. «Preparé el desayuno, pensé que sería bueno que comas algo antes de salir». Marina ni siquiera esperó mi respuesta antes de hablar o retirarse, creo que el ruido de la cama fue suficiente para ella. Lo siguiente que escuché fueron sus pasos alejándose por el pasillo junto a la baranda y después, sus ruidos escaleras abajo.

Giré a un lado y apoyé mis pies en el suelo mientras bajaba la cabeza y me cubría el rostro con las manos. Todavía no sabía cuál era mi estado de humor esa mañana. Me sentía nulo, como si nunca hubiera dormido tan profundo. Miré a la derecha, la Biblia estaba ahí, encima de la mesa justo como la había dejado y para recordarme cómo olvidé leerla. Tragué saliva.

Cuando llegué al comedor, ella untaba una tostada con manteca, las cortinas estaban abiertas de par en par y la luz que lo inundaba todo volvía el lugar muy agradable. «Perdón si te desperté. Es que anoche te vi muy preocupado cuando volviste. Casi como si tu salud mental dependiera de conseguir un trabajo.» Solo emití un sonido bajo, mientras me posicionaba a la mesa, frente a ella. «Preparé café y tostadas. Esto te pondrá alerta rápido.» Ella observó cómo mis cejas se ponían arqueadas. «¿Debería estar alerta, señora Marina?» Ella me sonrió, aunque solo en mueca. Su boca estaba llena. «Mmm... Me refiero a que tendrás más lucidez frente a tus posibles nuevos jefes.» Asentí. «Bueno, no sé dónde iré. Ayer caminé mucho y no surgió nada.» Ella le dio otro mordisco a su tostada y la masticó rápido para tragar y contestar. «Es que así funciona en la ciudad. Aquí no consigues trabajo solo con presentarte. No, no, no. Muchos hacen eso y después de unos días ya no les vuelven a ver las caras. Si quieres un trabajo, el vecindario debe verte buscarlo hasta el cansancio.»

Lo que decía tenía todo el sentido del mundo, pero algo había cambiado desde que llegué aquí. Al menos, así lo sentía. No sé, quizás ella solo disfrutaba ponerme incómodo mientras me volvía paranoico. El aire fresco me haría bien, debía hacerlo. «Gracias por el desayuno, debo irme.» Ella solo levantó su mano y su dedo para decirlo porque su boca estaba llena otra vez. 'Ok'. Fue recién cuando llegué a la puerta principal que volví a escucharla. «Si no me ves cuando llegues, seguramente ya me fui a dormir. Pondré la alarma a las 11:55 para cerrar la puerta a las 12, estés o no estés aquí. Después, solo volveré a dormir.» Ya no creía que tuviera tanta necesidad de repetirlo. «Está bien, volveré antes.»

Me quedé con la idea fija anoche antes de caer derrotado por el sueño, pensaba preguntárselo esta mañana, buscar más respuestas sobre ese hombre y su muerte, pero ella tenía otros planes. No logro entender si lo hace adrede, si solo no hay mucho más por decir o si solo le estoy dando demasiadas vueltas a algo que no lo merece. ¿Quién está mal?

«¡Muchacho, sigues por aquí!» El mismo hombre del día anterior me registró efusivo, como si él en verdad pudiera alegrarse por verme. Pero su expresión no tardó en cambiar mientras yo me acercaba. «¿Estás bien? Te noto algo preocupado. Mmm... Déjame adivinar, ¿no hubo suerte con la búsqueda de trabajo?» Asentí e intenté sonreír. Había algo de razón en sus palabras. Él dudó, lo noté en sus ojos cuando miraba el interior de su negocio y pasaba sus manos por su delantal a la altura de su estómago rechoncho. «No puedo de inmediato, pero sabes que no debes darte por vencido. Mi puerta estará abierta cuando ninguna más lo esté.» Sentí un agradecimiento genuino e inmenso para con él, pero tampoco podía ignorar que quizás yo, más que un nuevo trabajador, me volvería otra carga para él. «Muchacho, ¿cuántas veces debo pedirte que tengas cuidado?» Le dijo a uno de sus empleados, uno que acababa de tirar un cajón de manzanas al piso, yo mismo atajé algunas que quisieron salir por la puerta. «Gracias, muchacho. Permíteme, el orden aquí no se pone solo.» Le entregué las manzanas de vuelta y seguí mi camino.

Mientras caminaba, me di cuenta de que también me había quedado pensando en lo sucedido anoche, cuando Marina se sujetó el escote de su camisón cuando me pasaba la taza de té. Parece ser un pensamiento de regla general para las mujeres. Los hombres no podemos estar cerca de ellas sin desearlas ni nos pueden retener sin complacer los deseos de la carne.

Melisa optó por lo mismo, llegó a la misma conclusión. «No tienes que irte, por favor no.» Dijo cuando dejó caer su vestido y se quedaba desnuda. Ella solo se cubrió los pechos con su brazo atravesado y la entrepierna con su mano. Habíamos sido novios durante años, pero nunca antes llegamos a tanto. Entre nosotros no hubo más que besos, caricias y deseo reprimido por la moral. Ante los ojos de Dios, no estaba bien que ella se entregara a mí sin antes estar ante el altar. Tragué saliva, recuerdo que me acerqué y levanté su vestido para entregárselo, ella lo agarró para cubrirse y cayó sentada encima de la paja que cubría el piso de madera. No pude decirle nada cuando la escuché llorar, solo me fui de allí y no he vuelto a verla desde entonces.

Decidí cruzar la calle, probar suerte en los comercios de enfrente, pero tampoco hubo suerte. Caminé y pregunté tanto como el día anterior, pero nadie se mostró accesible. Me veían como si fuera una mancha contagiosa o, sin más, tendían a ignorarme. No lo entiendo, en el pueblo siempre se dijo que en la ciudad el trabajo sobraba. Supongo que ellos hablaban de tiempos que ya no existen.

Cuando volví a la casa en la noche, Marina no estaba en la sala ni en el comedor. Pensé en irme a dormir, pero me detuve en el primer escalón cuando la escuché. Luego de reír, ella me gritó desde su habitación a puerta cerrada. «¿Álvaro, eres tú? Te dejé comida en la cocina, busca en el refrigerador, tendrás que calentarla tú mismo». Ella volvió a reír, como si alguien le hiciera cosquillas y entonces oí otra voz, esta vez masculina. «¿Álvaro, quién es Álvaro?» Ella le pidió callar y le explicó por lo bajo. Solo escuché un murmullo.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 05.07.2026

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