Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 6: No corras

Cada uno de ellos se acercó a mí y me dio un abrazo, pidiéndome ser fuerte como si la pérdida fuera mía. Su familia eran ellos, pero, de algún modo, se decidió que yo era el principal afectado. Me acerqué al féretro abierto. Allí estaba Milton, un joven de 21 años lleno de vida, de fortaleza y de planes, pero sus ojos no iban a volver a abrirse jamás.

Recuerdo eso en especial; lo que tenía de trabajador, lo tenía de indecente, pero él nunca me empujó a su mal camino. Sus ojos eran de un celeste muy particular, uno que las muchachas del pueblo no podían ignorar ni resistir, y así tuvo varias de ellas a escondidas. Él solía contarme sobre aquellas experiencias y se reía de mis preguntas cuando a mí me interesaba la moralidad de esos actos y sus posibles consecuencias.

Me acerqué junto a él y puse mi mano en el borde del féretro. Quería decirle tantas cosas, pero me di cuenta de que eso era inútil. Él no iba a escucharme, él no sabría qué, además de un hermano, casi había sido un héroe para mí. Yo admiraba su valor y su osadía. «¿¡No pudiste esperar, Álvaro, tenían que cortar esa rama mientras yo seguía abajo!?» Mi corazón se aceleró como nunca antes, Milton había tomado mi mano, presionando la misma contra el borde del féretro, y se había levantado para gritarme aquello en la cara.

Me levanté soltando mi respiración como si mis vías respiratorias hubiesen colapsado, me sujeté el cuello e intenté normalizar mi cuerpo. Aquella pesadilla se había sentido tan real.

El agua corrió por mi cara, mis manos estaban sujetando las orillas del lavabo cuando caían las últimas gotas desde mi barbilla. Mi espalda se mantuvo agachada, creo que nunca había visto un espejo tan de cerca. La preocupación que sentí podía hasta sentirse cómica. Un hombre adulto en pánico por un mal sueño, así no iba a enorgullecer a nadie.

Después de la rutina que llevaba el vello facial a cero, a media escalera abajo, escuché el papel moverse en el comedor. No tuve que pensar demasiado para entender que Marina ya estaba ahí, desayunando mientras leía el periódico. «Buen día.» Ella me miró de costado para volver a su lectura después. «¿Dormiste bien?» Asentí, pero como ella no podía verme, lo dije. «Sí, gracias.» Se aclaró la garganta, dejando una tostada sobre el plato, girando la página y volviendo a tomar la comida. «Yo no. Pensé que había un animal en tu cuarto, quizás una plaga, hasta que entendí que era tu estómago.» Sacudió su cabeza quitándose parte de su cabellera que estaba sobre su hombro. «Ahora que decidiste traer comida, podrás dejar de medirte, evitar esas molestias nocturnas.»

Tomé asiento, más que avergonzado. «Lo siento mucho, anoche llegué tan cansado que olvidé comer.» Ella me sonrió observándome por un momento. «Si no fueras un chico de tan fuertes creencias, pensaría que estás gastando tu energía con mujeres.» Mis manos se acomodaron a lados de mi plato y solo me quedé ahí, viendo el contenido. «No tienes que preocuparte, no estoy enojada por lo de ayer. Entiendo que eres un poco torpe, así que no, tu comida no tiene veneno.» Ella suspiró cuando doblaba el periódico para dejarlo a un lado en la mesa. La lectura había terminado. «No hay nada nuevo que ver, hechos que en el pueblo serían todo un acontecimiento, aquí son moneda corriente.» Ella estiró sus brazos acompañando el gesto del sonido de la queja o el placer, no lo sé.

«¿Por qué hablas de mis creencias?» Marina frunció el ceño. «Porque vienes de allí, es como la primera novela que todos tenemos asignada en ese lugar.» Creo que ella notó la confusión en mi rostro. «Además de que puedo verla sobre la mesa de noche cuando limpio tu cuarto.» No respondí. «¿En serio no habías notado que las sábanas de la cama y las toallas del baño cambiaban, que no había polvo sobre los muebles?» Ella volvió a levantar sus cejas, sorprendida. «Eso no es bueno, Álvaro. Entiendo que todo es nuevo para ti y que ahora tienes demasiada incertidumbre, pero no pierdas contacto, chico. Eso es demasiado peligroso.»

Marina se levantó y salió del comedor rumbo a su cuarto. «Vuelve al mediodía para que puedas almorzar, después seguirás buscando trabajo.» Me avisó alzando la voz mientras se seguía alejando, lo último que escuché fue la puerta de su cuarto cerrándose.

Ese día decidí ser el loco de la ciudad, subí a mi cuarto, tomé mi Biblia y con ella salí a recorrer las calles. Muchas personas la notaron e incluso comenzaron a saludarme, otros me miraban con la risa contenida en los ojos y otros cuantos solo me dijeron que no tenían tiempo mientras seguían su camino. Parecía que había descubierto un código que aquí también estaba presente.

No conseguí trabajo, pero esta vez las personas fueron más amables al rechazar mi pedido. Incluso me decían: «Que Dios te ayude, muchacho, ten fe.» Por un momento, me sentí en casa. Todo comenzó a sentirse diferente, no como una derrota, más como un motivo para intentarlo con más fuerza.

A veces, cuando todavía estaba en Nagleté como un adolescente tomando la merienda, mientras esperaba a que su mejor amigo viniera a buscarlo con su loca idea del día, mi madre solía hablar sobre eso. «La Biblia es el medio por el que las personas de bien se reconocen entre sí.» Mi padre solo aportaba asintiendo, con su actitud y la expresión de su rostro siempre rígidas. «Nunca preguntes qué hacen, siempre pregunta en qué creen.»

No voy a negar que en ocasiones sentía que su pensamiento era un tanto extremo, pero la repetición me hacía entender que aquello era su verdad. Lo que nunca me quedó claro era cómo las mismas personas que eran buenas por tener a Dios en sus vidas podían perjudicar las vidas ajenas sin que Él lo impidiera. En ellos no parecía haber hechos desafortunados que les hicieran reconsiderar sus actitudes, ni evaluaciones de consciencia que pudieran exponer las incongruencias de sus actos.

Recuerdo una tarde en particular, era verano. Milton vino a casa a buscarme con Sasha, una chica que pertenecía a una familia nueva en el pueblo; ellos venían de la ciudad y llevaban apenas seis meses ahí. También vino con Melisa y pronto entendí por qué lo había hecho. «Buenas tardes, señora Manek.» Empezó, dirigiéndose a mi madre. Ella estaba junto a mi padre en la puerta de entrada mientras yo ya estaba delante de ellos, parado en el porche. Milton y las chicas estaban a pie de las escaleras de la entrada.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 05.07.2026

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