Esa madrugada, la ventana moviéndose ante el ruido de alguien que parecía estar abriéndola desde fuera, me despertó. Pensé en levantarme a cerrarla bien, pero lo que vi a continuación me dejó paralizado. En el rincón oscuro, parecía haber alguien sentado, solo podía ver su figura oscura y sus ojos que representaban un tapiz luminoso. Esos ojos brillantes estaban fijos sobre mí. Volviéndose más intensos cuando la luz de los relámpagos atravesando las nubes de tormenta acercándose, permitían más claridad dentro del cuarto. Al fin pude verlo, Milton estaba ahí, mirándome fijo y con una sonrisa inquietante en los labios. No sé cómo lo hice; sentía mi cuerpo paralizado, pero fui capaz de girar en la cama, justo en su dirección y se lo dije... «Perdón.» Él no hizo nada, solo permaneció ahí, con la mirada fija. Tragué saliva y fue entonces cuando un trueno me sacó de aquella pesadilla.
La imagen de la ventana en el techo, aunque opaca, seguía ahí, la rama en sombra se agitaba y yo no me había movido un centímetro en la realidad. Los nudillos golpeando a mi puerta frente a la cama, llamaron mi atención. «Álvaro, ¿estás despierto?» Reconocí la voz de la señora Marina. «Sí, ¿sucede algo?» Ella mantuvo silencio por un momento. «No, solo asegúrate de que la ventana esté bien cerrada. No puede entrar agua; el piso de madera se puede arruinar.» Quité las cobijas y me senté en la cama, frente a la ventana. «Sí, ahora la reviso.» Ella no me respondió, solo escuché sus pies descalzos alejándose cuando sus pasos parecían compartir con el piso solo el contacto de sus antepiés.
Me levanté y llegué hasta la ventana, la presioné en el centro, la unión de las maderas y encajó. Ahora estaba bien cerrada. Miré a mi izquierda, la silla en el rincón. Seguía tan vacía como siempre, solo con mis prendas colgadas en mi búsqueda de lo que pudiera evitarles arrugas. Cerré la cortina y volví a la cama, pero me acosté de espaldas a la ventana. Los relámpagos seguían iluminando el cuarto aunque con menor intensidad. Allí estaba mi Biblia y el recuerdo de mi pesadilla, pero la calma debía imponerse.
En la mañana, el agua seguía golpeando el vidrio y cuando bajé al comedor, Marina me esperaba con el desayuno. «Quizás sea mejor que hoy te quedes en casa. El clima no parece dispuesto a mejorar y salir sería estar más cerca de la enfermedad que de la solución.» Ella ni siquiera me miró, dijo aquello observando el agua golpeando y corriendo por los vidrios. «Sí, puede que sea lo mejor.» Acepté cuando me senté a la mesa.
«¿Lo aceptó?» Prosiguió ella. «¿Qué?» Ella asintió, su mirada era diferente, como si comprendiera algo de mí que no se había permitido antes. «Anoche, cuando fui a avisarte sobre la ventana, te escuché pedir perdón. La persona a la que eso iba dirigido, ¿lo aceptó?» Su afirmación me dejó más que sorprendido, nadie me había dicho antes que yo hubiera hablado dormido. «No lo sé, no dijo nada.» Confesé. «Mmm... Quizás no te respondió porque elegiste la palabra equivocada. ¿Fue una pesadilla?» Tragué saliva.
Algo me decía que Marina sabía más de lo que decía. «¿Por qué asumes que fue una pesadilla?» Ella bajó la mirada, como si estuviera pensando en algo. «Nunca supe de nadie que tuviera un sueño feliz durante una noche de tormenta. Supongo que me gusta atar cabos, cerrar el cuadrado.» Su expresión era clara, aquella era una respuesta para quien se sintiera más cómodo en la superficie, ella lo disfrutaba. «Te lo dije hace tiempo, ellos siguen llegando aquí y también lo hacen las historias que traen consigo.»
Comencé a comer, pero ella no desistió. «¿Lo crees, Álvaro, en verdad crees que tu historia allí terminó cuando te subiste al bus para venir a la ciudad?» Ella me observó sin pestañar. «Ahora mismo ellos puede que estén alimentando lo que te convertirá en un mito. Un poco de verdad, un poco de conclusión, otro poco de exageración, y un último poco de justificación.» Bajé mi tenedor en dirección al plato. «¿Como lo hicieron contigo?» Ella negó. «Como lo hacen con todos los que dejan ese lugar.»
La señora Marina volvió su mirada a la ventana. «Maldita sea.» La unión inferior de las hojas estaba permitiendo el filtrado de un hilo de agua hacia el interior. «Ya no sé qué hacer con esa ventana. ¿Crees que tú puedas hacer algo?» Me quedé pensando. «Estaremos encerrados aquí, será mejor ocupar el tiempo en algo útil antes de empezar a pelearnos como gatos atrapados dentro de la misma bolsa.» Su risa fue estruendosa. Yo asentí y ella se levantó para retirar sus trastes de la mesa y llevarlos a la cocina. «Al final del pasillo, bajo la escalera, encontrarás herramientas, la luz está encima, debes tirar de la cadenita para encenderla.» Ella pasó por delante de mí y salió del lugar. «Voy a abrigarme, siento que la temperatura cae.»
Cuando terminé de desayunar, entré a la cocina donde Marina, con su abrigo puesto, ya había vuelto para encargarse de lavar lo que ella había usado. Yo me quedé parado, esperando mi turno para hacer lo mismo. «Dame eso, es más importante lo que te pedí.» Ella me quitó las cosas de las manos. «Ve, Álvaro, no soy televisor.» Bromeó cuando me le quedé viendo.
Asentí y entonces fui al cuarto de herramientas bajo la escalera. Cuando entré y en la oscuridad parcial, mi cabeza chocó con el foco colgando. El techo era más bajo de lo que pensé así que sujeté el foco con mis manos para detenerlo y entonces lo encendí.
Frente a mí, a unos dos pasos de distancia, había una caja negra de herramientas junto a otras cosas que parecían repuestos a sus lados, me agaché para alcanzarla y la tiré hacia mí.
Un segundo después me encontré perdiendo el control de mi cuerpo y cayendo sentado en el suelo. El espacio vacío que había dejado la caja me permitió ver que detrás de todo había una escopeta. Solo así, tirada en el piso.
«¿Encontraste lo que buscabas?» La voz de Marina sonó alta, cristalina desde la cocina. ¿Si encontré lo que buscaba? Fue inevitable no pensar en su elección de palabras. ¿Lo hacía adrede o era solo una pregunta sobre las herramientas que yo estaba exagerando? «Sí, ahora voy.» Me sorprendió el hecho de que mi defecto no saliera a relucir aun si me sentí más que nervioso, pero solo me levanté y volví al comedor para trabajar en la ventana.