Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 8: Respuestas

En la mañana siguiente, la tormenta desapareció, el sol se mostró radiante y la búsqueda de trabajo volvió a instalarse entre mis preocupaciones más inmediatas. Sin embargo, la realidad era que mi mayor foco de atención seguía siendo otro: el inmenso alivio de descubrir que, después de todo, nada ni nadie había decidido venir a buscarme en la noche.

Después de que la señora Marina se encargó de limpiar la planta baja y yo la superior con excepción de su cuarto, almorzamos, pasamos la tarde cada uno en su cuarto y después nos reunimos para cenar.

Para cuando me había dado un baño, solo pensé en meterme en la cama y descansar. Fue agradable ver que pude hacerlo sin sobresaltos. Creo que ni siquiera era capaz de tomar dimensión respecto a cuánto extrañaba eso.

Ese día caminé tanto como otros y recibí las mismas negativas, pero no quise volver a la casa de inmediato, me interné en la noche, me alejé de las luces dejándolas detrás y llegué hasta la orilla del río. Me senté y me quedé ahí, mirando el agua cargada de oscuridad correr.

Entonces, sin que pudiera explicarlo, solo me tapé el rostro con las manos y comencé a llorar con notable agitación. Mi cuerpo se volvió el cautivo de espasmos involuntarios a plena soledad.

Yo no podía más que pensar si es que al final de mi viaje no sería más que otro cadáver flotando en el río o la derrota que cargaría por tener que volver al lugar que intenté volver pasado.

Me está enfrentando a la realidad de que, en verdad, nunca me había detenido a pensar en que nada tenía por qué ser fácil, solo que no esperaba que eso decidiera presentarse casi como un imposible. Desde el principio debí suponer que no existía lo simple, pero que de todos modos debía salir, descubrir cómo se sentía ser sin las indicaciones que pretendían definir eso.

Para cuando volvía a la casa, no necesité ningún reloj para darme cuenta de que era demasiado tarde. Todo estaba apagado a excepción del incipiente alumbrado público en la zona. Mi alma parecía ser la única que seguía deambulando en la noche, y aunque la sensación de peligro me quiso arrebatar la calma con lógica aplicada, lo cierto era que yo estaba demasiado cansado para darle entidad a esas alertas.

Cuando llegué, justo como lo imaginé, cada luz de la casa estaba apagada y la puerta principal cerrada bajo llave. No emití sonido, solo me senté al inicio de los escalones y froté mis manos entre sí mientras mi mente me recordaba lo estúpido que era. La temperatura había caído como era lógico ante el evidente cambio de estación, pero yo no llevaba abrigo. Nunca había estado en mis planes transgredir el acuerdo con la señora Marina sobre los horarios de la casa, pero ahora el presente solo me servía para constatar que no sería una noche fácil.

Quizás debía aceptar la verdad, nada indicaba que tuviera lo necesario para habitar un mundo en el que pretendía encajar. Uno que no cedía lugares por cortesía. ¿Por qué ese mundo detendría su mirada sobre alguien como yo, por qué iba a tratarme diferente?

«Estoy en camisón y la noche está bastante fría, ¿vas a entrar o qué?» La voz de la señora Marina a mi espalda le causó a mi cuerpo el efecto de sacudirse de inmediato. Me asustó sin quererlo o quizás sí lo quiso, pero mi mente no se permitió analizarlo, obedeció a su lógica y una vez dentro intenté disculparme por la tardanza, pero ella no me lo permitió.

«Deje comida para ti, cuando termines deja todo en la pileta. Luego subirás, vas a lavarte la cara y mañana, más tranquilos, tendremos una conversación.» Asentí, pero ni siquiera le interesó verlo. Estuvo más ocupada en cerrar la puerta y después, ella solo se retiró de vuelta a su cuarto.

«Mmm... ¡Álvaro!» Marina no me dejó ni entrar al comedor la mañana siguiente. Señaló detrás de ella, la pared. Entendí que me preguntaba por el reloj que estaba ahí. «7:45.» Ella asintió. «Hay tiempo. Desayuna tranquilo y después debes salir. No sé qué harás, pero no puedes estar aquí esta mañana. Yo debo ir a ponerme linda.» Marina dejó su café para luego salir de la cocina, pasando a mi lado y quedándose bajo el umbral. «Llamé al carpintero.»

Miré la ventana, nada parecía mal con ella. «No, me expresé mal. Lo llamé para saber cuánto podía costarme el arreglo de la ventana que tú hiciste. Quiso enredarme con que primero debía verla y bla, bla, así que le dije que me diera un aproximado. Dijo que ese arreglo podía llegar a costar alrededor de $150. Tienes 10 días para estar despreocupado sobre tu pago.» No entendí muy bien. «Pero yo no le cobré nada, solo fue un favor.» Ella asintió. «Lo sé, pero lo justo es justo.» Marina dio algunos golpes a la manera del marco con su mano, la conversación había terminado y ella siguió con sus planes. «¿Señora Marina, por qué no puedo estar aquí?» Insistí. «Hoy viene Héctor, alguien con quien estoy saliendo hace bastante tiempo. Es el mismo que aquella noche preguntó quién eras tú.» No dije nada y ella tampoco.

Ahora aquella voz masculina desconocida tenía un nombre asignado. Pensé un poco en eso mientras salía de la casa y emprendía la rutina de rechazos habituales.

«Muchacho, ¿cómo estás?» El señor Diego detuvo mis pasos. «Muy bien, señor Diego, ¿y usted?» Él fingió sorpresa. «¿Señor Diego?» Reí. «Ayer escuché cuando la señora que está dentro lo llamaba así.» Entonces señalé con un movimiento disimulado de mi cabeza a la mujer detrás del mostrador en su negocio. Él asintió. «Sí, muchacho, ese es mi nombre, pero no necesitas decirme señor. No soy tan viejo.» Él soltó las carcajadas y como siempre había sucedido en nuestras charlas anteriores, volvió a ahogarse y toser. «Le pido disculpas, no era mi intención ofenderlo.» Él sacudió su mano en el aire marcando negación mientras marcaba desprecio con su rostro. «Ya sé que no fue tu intención, me refiero a que puedes decirme Diego, Álvaro. Olvídate del señor y del usted.» Sentí confusión.

«¿Álvaro, cómo sabe mi nombre?» Él miró en dirección a la casa. «La señora Marina ayer estuvo aquí, me contó lo que hiciste, comprar comida para ambos. Ella vino a buscar verduras, dijo que tuviste un gesto muy bueno, pero como todo hombre, lo dejaste incompleto cuando las olvidaste. Creo que ella te aprecia. Habla de ti con cierto cariño. ¿Eh, eh?» Él me dio algunos codazos amistosos y cómplices.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 05.07.2026

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