Cuando regresé a la casa en la noche, no pude hacerlo. De nuevo, la voz del hombre desconocido para mí estaba en su cuarto. Las risas de ambos que se oían desde el comedor, me hicieron considerar que ellos se llevaban muy bien.
Esa noche cené, me di un baño y después solo me dispuse a dormir. En el horizonte, otra vez podían observarse nubes de tormenta, pero de todos modos, esa noche no llovió. Al menos, no que yo me haya enterado. Solo los escuché reír y hablar por lo bajo. Aunque, para ser honesto, solo ella se medía; él hablaba fuerte, quizás asegurándose de que yo pudiera escucharlo. Sin embargo, su mala dicción hizo que no pudiera entender demasiado eso que él estuviera diciendo.
Lo que llegué a interpretar fue que Héctor hablaba de cuestiones de trabajo, de algo que entendí como un conflicto con uno de sus empleados. Parecía que ese sujeto se había burlado de él y Héctor no pudo soportarlo. Dramático para él, irrelevante para mí.
En la mañana me encontré con ambos en el comedor. Él le daba comida en la boca y la señora Marina, con las manos bajo su barbilla, aceptaba aquel gesto entre risas compartidas. Parecían una pareja feliz, o lo que fuera que ellos eran. «Buen día.» Me anuncié cuando ellos solo me ignoraban. «Álvaro, ¿cómo dormiste?» Solo ella fue amable conmigo, él me miró de arriba a abajo y se mantuvo serio hasta que ella le dio un codazo recordándole los buenos modales. «Hola, chico. Así que tú eres el famoso Álvaro.»
Su tono no fue severo ni condescendiente, más bien, de constatación. «Sí y usted debe ser el señor Héctor.» Le extendí mi mano a manera de saludo y él la estrechó con más fuerza de la necesaria. Era más grande y fuerte que yo, eso estaba claro, así como su necesidad de que yo entendiera eso. «Pero siéntate, Álvaro. Come algo.» La señora Marina debió notar algo de tensión en su observación de los dos, por lo que decidió intervenir.
Después de nuestro saludo, él perdió todo el interés en mí y se mostró cariñoso con ella de nuevo. Puso su mano en la nuca de la señora Marina, por debajo de su cabellera y la trajo hacia él para besar su cuello, su mejilla y decirle algunas cosas al oído. Ella se mostró incómoda y trató de evitar aquellas demostraciones de afecto delante de mí, pero él no parecía resultar muy hábil para captar un no.
«¡Héctor!» La señora Marina parecía superada por la situación y no dudó en ponerle punto final. Él la soltó y volvió su cuerpo al frente, sus manos quedaron suspendidas cuando apoyó los antebrazos en la mesa. Él abrió y cerró sus manos varias veces mientras con su cabeza inclinada la seguía viendo a ella, a mí y volvía a su propio plato. Ella no le hizo caso, solo se acomodó el cabello para dejarlo a su espalda y después volvió a comer.
«¿Y qué tal fue ayer, tuviste suerte?» Ella se llevó un bocado de huevos revueltos a la boca. Yo, negué. «Mmm... Parece que tu trabajo por ahora será no tener trabajo.» Siguió la señora Marina cuando se ponía la mano frente a la boca para hablar porque aún tenía comida dentro. «¿Y qué sabes hacer, muchacho?» Héctor me interrogó con un tono más amable, inesperado. «Fue empleado de comercio, Álvaro siempre ha hecho eso.» Ella me miró haciendo imposible contradecirla, como si esa mentira fuera necesaria. Asentí. «S-sí, ella tiene razón.» Héctor sonrió, su actitud cambió. Como si yo mismo me hubiera quitado puntos frente a sus ojos solo por tartamudear.
«Hablando de trabajo.» La señora Marina se limpió las comisuras de la boca con la servilleta y se levantó para llevarse a la cocina tanto su plato como el de Héctor. Él me miró como si al hacerlo estuviera pensando demasiado acerca de mí y volvió a sonreír. «Es bueno que ella no esté sola en una casa tan grande. Sería mejor que la estuviera cuidando un hombre, y yo no siempre puedo, pero bueno, peor es nada.» No supe cómo responder a eso.
La señora Marina que venía de vuelta, le dio palmadas en el hombro indicándole seguirla a la puerta. Él la miró pasar y después volvió a mí. Noté malicia en su mirada y me extendió la mano, acepté el gesto, pero él apretó más que antes, con toda la intención de causarme dolor. «¡Héctor!» Él asintió y dejó el comedor sin decir palabra, solo me observó con cierto disfrute. Cuando me quedé solo, abrí y cerré mi mano repetidas veces hasta que el dolor se había ido.
Los escuché hablar junto a la puerta principal. Yo intenté volver a comer, pero eso me resultaba más interesante. La señora Marina mantuvo el tono bajo, casi en un susurro hasta que las justificaciones de él parecieron sacarla de quicio y ella levantó su voz en más de una ocasión. No sé si ellos habrán llegado a un acuerdo, solo que en algún punto ella pareció empujarlo fuera y cerrarle la puerta en la cara ya que él seguía hablando cuando escuché aquella acción de ella. No se oyó como algo que pudiera interpretar como un forcejeo, pero la tensión fue evidente.
Me asusté cuando ella apareció en el umbral de golpe y me llevé un bocado a la boca para disimular. No pude comer, fue más importante disimular el dolor cuando en mi acción descuidada me había pinchado el labio inferior con el tenedor. La señora Marina se agachó a mi espalda y puso su mano en mi pecho para luego hablarle al perfil de mi rostro. «Debes disculparlo, Héctor a veces se comporta como un hombre promedio, ya sabes, con el ego como su rasgo de personalidad más notable.» Yo asentí, no me atreví a mirarla estando ella tan cerca de mí.
Ella sonrió y me besó la mejilla. Luego se enderezó con un quejido y me acarició la cabeza, como si jugara a despeinar un niño en broma. Después suspiró y volvió del otro lado de la mesa para llevar el resto de los trastes de ambos a la cocina.
«Y si es así, ¿por qué está con él, señora Marina?» Mi corazón se aceleró para trasladar el sonido de sus latidos dentro de mi cabeza cuando escuché como el agua en la cocina seguía corriendo, pero las interrupciones de las piezas pasando debajo del chorro se detenía ante mi pregunta. Ni yo mismo podía creer que le hubiera preguntado eso.