Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 10: Inevitable

«¡Buenas días!» Marina, cuando me vio entrar al comedor, alzó su vaso de jugo de naranja como si me estuviera proponiendo un brindis. Sonreí. «Gracias.» Ella bajó su vaso y lo dejó a un lado junto a todo lo demás para después apoyar sus brazos encima de la mesa. «¿Cómo te fue? No hablé con Diego, pero supongo que bien porque Maribel todavía no llamó a mi puerta para quejarse de ti. ¿Ella fue muy dura contigo?» Moví mi cabeza a un lado mostrando duda y ella empezó a reír. «Sí, estoy segura que Diego te advirtió, pero ya descubriste que ninguna advertencia es suficiente cuando se trata de esa mujer.»

Bebí un sorbo de café. «Estoy acostumbrado a largas jornadas extenuantes, si ella busca deshacerse de mí, no se lo haré tan fácil.» La señora Marina volvió a reír. «Mmm... No es para tanto, Álvaro. Ella es como un tornillo herrumbrado, debes aplicar grasa y girar poco a poco.» Su afirmación me causó curiosidad y creo que mi cara lo hizo evidente. «Dale la oportunidad de encariñarse contigo, no te vuelvas rebelde demasiado pronto.»

La carga de trabajo no fue reducida respecto al primer día, pero creo que la señora Marina tenía razón. La señora Maribel miró con atención cuando entraba un cliente más y se dio cuenta de que tanto César, su otro empleado, como Diego, estaban ocupados atendiendo a alguien. Luego me miró a mí y en cuanto notó que yo tenía las manos ocupadas, ella misma salió desde detrás del mostrador, abandonando su puesto de cajera para atender a ese cliente. La señora Maribel no parece actuar desde la maldad ni el abuso que le otorga su posición, ella es una mujer dura, pero creo que eso se debe más a que ella es alguien que busca la excelencia. Sin dudas, puedo respetar a alguien así.

«Lo siento, señora, pero eso no es posible. Tal vez debería considerar dejar algo.» Más tarde ese día, Diego me estaba mirando y escuchando mientras yo despachaba a esa clienta. «Bueno, joven. Dígame usted qué debo dejar para que me alcance.» Él negó con su cabeza, pero no intervino. Yo quité un par de papas de la bolsa y volví a pesar todo. «Ahora le alcanza justo, señora.» Ella me sonrió y yo la imité. Entonces me dispuse a atender otro cliente que ingresaba al lugar mientras ella iba a la caja. Diego saludó a esa mujer cuando ella se retiró y le pidió que no olvidara volver pronto.

Luego, él notó que César estaba desocupado así que Diego lo intercambió conmigo para el cliente nuevo y me pidió acompañarlo afuera. «¿Qué pasó?» Su expresión mostraba cierta preocupación. Diego miró dentro, a la señora Maribel, pero ella que ya había vuelto a su puesto, estaba ocupada en lo suyo por lo que no había visto nada. «¿Qué fue eso, Álvaro?» Él se mostró comprometido con entender mi lógica. «¿Cómo? No entiendo.» Él asintió y me tocó el brazo para acercarse un poco más a mí cuando también bajaba la voz. «Con esa clienta, ¿qué pasó, por qué sacaste cosas de su bolsa?»

Me sentí confiado de haber resuelto bien esa situación y se lo expliqué. «No le alcanzaba así que quité algunas papas.» Diego pestañeó repetidas veces cuando bajó la mirada. «¿Cuánto, cuánto le faltaba a ella?» «$0,50.» Él se llevó las manos dentro del bolsillo de su delantal. «Mira, Álvaro, cuando la diferencia es tan mínima, es preferible perder eso y no las ganas de volver del cliente.» Sentí un vacío en el estómago. Como si hubiera cometido un gravísimo error y él lo notó.

«No te preocupes, no te estoy retando, solo debes saber estas cosas. Cuando vuelva a pasar, no le quites nada a la persona, dile que no pasa nada y comunica el precio que el cliente puede pagar, en voz alta. Maribel no tiene otra balanza en el mostrador para verificar.» Asentí y volví dentro cuando él me lo indicó. Todo iba bien hasta entonces y por suerte, siguió así después. Diego solo me había señalado un bache en el camino.

«Álvaro, ayúdame con esto.» A la hora de cerrar, Diego estaba intentando alcanzar la cortina metálica del negocio mientras Maribel cerraba la caja y César estaba sentado frente al mostrador, encima de bolsas de cebollas cerradas y comiendo una manzana. Él ni siquiera se inmutó y Maribel solo lo miró por un momento registrando su acción sin decirle nada.

«Voy.» Anuncié dejando en el piso el cajón de manzanas que traía para reemplazar uno vacío. Tuve que pararme en el borde del escalón y dar un pequeño salto para alcanzar la cortina. Después fue fácil bajarla. «Mi estatura y mis brazos que ya no pueden ir tan alto como antes, no me están haciendo fácil esto.» Diego no lo dijo como queja, lo sentí más como la afirmación de quien va reconociendo nuevas limitaciones impuestas por la edad. «Está bien, Diego, no me cuesta nada ayudarte.» Maribel alzó su vista en mi dirección, como si le hubiera llamado la atención que lo llamara por su nombre, pero tampoco dijo nada, solo volvió a sus números. César seguía ausente de todos; demasiado concentrado en lo que quedaba de su manzana.

Cuando volvimos dentro, César había terminado de comer, él se acercó al tacho de basura y eliminó los restos. Después se quitó el delantal para colgarlo en el perchero a un lado del mostrador y se despidió con un saludo general. Nosotros nos quedamos algunos minutos más, asegurándonos de que todo estuviera surtido y en orden para el día siguiente.

Maribel terminó con lo suyo y se puso a trapear el piso. «¿Qué vamos a hacer?» Diego que estaba ayudándome, se detuvo y me miró. Su gesto dejó claro que, detrás de esa pregunta de su esposa, él esperaba algo que le resultaría poco agradable. «¿Hablaste con él?» Insistió ella. Él suspiró. «¿Qué voy a decirle?» Maribel se detuvo en seco y nos observó a ambos con severidad. «Que se controle no estaría mal.» Diego me tocó el brazo. «Yo puedo encargarme del resto, Álvaro. Ve a descansar que lo tienes más que merecido.» Miré a Maribel, pero ella me ignoró para seguir limpiando así que dejé mi delantal junto al de César y me despedí de ambos.

Cuando llegué a la casa, me quedé pensando en eso por algunos minutos. ¿De quién hablaban ellos, era alguna especie de código para hablar de mi desempeño sin que me diera cuenta? Preferí eliminar aquello de mi mente.
Estaba agotado, pero a la vez contento. Diego me alcanzó una vez fuera y me dio dinero, $150 dólares. Dijo que no me iba a necesitar el fin de semana, pero no sentí que me estuviera diciendo que ya no debía volver. No sé explicarlo, pero lo acepté.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 05.07.2026

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