Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 11: Demasiado lejos

El vidrio en la ventana de mi asiento en el autobús me devolvía la imagen de mi rostro y, al mismo tiempo, la visión del exterior. Aquel paisaje se sentía conocido, pero de algún modo diferente. No podía percibirlo como una amenaza y el bolso sobre mis piernas decía que no iba a dejarme derrotar. Solo traje una muda de ropa conmigo. No necesitaba más.

Quizás la libertad no se trataba de ser invencible, de ser intocable, tal vez se aproximaba más a ser capaz de sanar. Las cosas iban a pasar sin importar a quién pudieran impactar, pero creer que saberte buena persona podía salvarte era estúpido. Eso no podía ni debía repetirse.

Cuando el autobús se detuvo en la estación y estuve debajo del mismo, no me retiré de inmediato. Me quedé ahí viendo cómo otros bajaban y eran recibidos por familiares o amigos felices de verlos. Nadie estaba esperando por mí y tal vez eso era mi culpa, porque cuando le pedí permiso a la señora Marina para usar el teléfono de la sala y avisarle a mis padres que vendría, fue después de la cena. Puede que haya sido demasiado tarde y ellos no pudieron organizar una manera de venir por mí.

La vida sigue cuando te conviertes en un recuerdo o una pregunta: ¿Qué habrá sido de él, cómo le estará yendo? Es claro. Eso no significa que no me hubiera comunicado antes, que no estuvieran al tanto, pero quizás no esperaban verme de vuelta tan pronto.

De vuelta en el pueblo, casi no me permití mirar alrededor; solo llamé a la puerta de mis padres con nerviosismo. Apenas habían pasado unos pocos días desde que me había ido, eso era verdad, pero igual no pude evitarlo. Mi madre fue quien abrió la puerta. «Tu cuarto está listo. Sube a dejar tus cosas.» Parecía que a ella le resultaba más importante verme ocupar un lugar que saber cómo estaba yo. Asentí y entré a la casa.

Mi padre estaba en la sala, escuchando un juego en su vieja radio a pilas. Busqué en mi bolso y me acerqué para entregarle el paquete de pilas que le traje de regalo. Él miró mi mano para identificar el objeto, luego lo tomó para arrojarlo encima del mueble que tenía frente a él y volvió su vista al frente, a mirar la radio como si fuera una televisión que disfrutaba de observar bebiendo cerveza.

No esperaba más de él.

Dejé el bolso encima de mi cama. Aquel cuarto seguía igual, como si yo jamás me hubiera ido. Me asomé a la ventana y allí estaba parte de Nagleté. Las personas iban y venían, las mujeres caminaban tomándose del brazo entre sí, otras colgaban ropa húmeda. Los hombres dirigían animales y cortaban leña entre otras tareas. Sentí la nostalgia de quien llevaba un año fuera y me reí de eso, de mí mismo.

Volví a mi cama para tomar el bolso y ordenar lo poco que había traído, pero aprovechando la puerta que yo había dejado abierta, mi madre entró al cuarto. Luego cerró la puerta y se acercó a mí con una sonrisa y sus manos dispuestas para encajar en mi cara. Me besó en la mejilla y me ordenó dejar eso. «Yo voy a encargarme de esto, tú ve a la cocina. El desayuno está servido, un poco tarde tal vez, pero igual necesitas comer.» Su mirada volvió a estar cargada de esa dulzura que tanto extrañé y no me quedó más que obedecer.

Estaba comiendo cuando mi madre regresó desde mi habitación y se paró en medio del umbral que separaba la cocina-comedor de la sala donde mi padre seguía en su sillón, de espaldas a nosotros, todavía atento a su radio. Ella lo miró y luego a mí con cierta preocupación, pero no me dijo nada para explicar aquella mirada que se me quedaría grabada. «Llamé a Melisa, le dije que vendrías y está ansiosa por verte. ¿Vas a visitarla?» Dudé. «Pensaba quedarme aquí para ayudarlos en la casa.»

Mi madre se acercó a la pileta de la cocina y se puso a lavar platos dándome la espalda. Yo sabía lo que eso significaba: no quería una discusión que terminara por incluir a mi padre; no que ella estuviera de acuerdo conmigo. «Puede que vaya si no me necesitan aquí.» Ella se detuvo. No giró, solo señaló un frasco de dulce casero en la esquina de la mesada.

Terminé de comer y le acerqué las cosas a la mesada. Mi madre lo recibió y metió todo dentro de la pileta para lavarlo. Yo solo la observé sin decir nada y luego miré a mi padre. Él seguía sin tener opinión ni interés por nosotros. Me acerqué al frasco de dulce y lo tomé cuando también asentí para ella que me observaba con discreción.

El ambiente fuera se sintió un tanto opresivo, debo ser sincero. Yo los conocía a todos, pero más que un saludo en gesto parecía que ellos no iban a ofrecerme de vuelta. En lugar de eso, solo parecían seguir cada uno de mis pasos y compartir comentarios por lo bajo. Era imposible que me viera tan diferente en tan poco tiempo. No podía entenderlos.

Bastante antes de llegar, pude ver que Melisa me estaba esperando abrazada a uno de los pilares que sostenían el techo de su porche. Ella se veía radiante y se mostró más que agradecida cuando le entregué el frasco. «Tu mamá, siempre tan linda.» Ella puso el frasco a un costado del primer escalón y después de acomodar su vestido para sentarse, me tiró del brazo para que yo también lo hiciera. «Imagino que traes muchas historias de la ciudad.» Sus ojos se iluminaron y me causó sonreír. «Mmm...» Dijo cuando tampoco pudo ignorar la manera en que los demás me seguían observando incapaces de ser buenos en disimular. «¿Qué se siente ser la nueva atracción del pueblo?» Ella rió con simpatía. Solo jugaba conmigo. «Todavía no entiendo muy bien qué está pasando; hasta hace unos días ellos y yo compartíamos tareas.» Ella asintió. «Es lógico que te vean así, ellos todavía no saben si volvió uno de nosotros.» Sus palabras sonaron resignadas, como si en verdad no solo ellos tuvieran aquella duda.

«No es fácil, no es como aquí, pero creo que podré acostumbrarme.» Ella asintió pensativa. «Sería contradictorio que no creyeras eso.» Su seguridad fue absoluta. «¿Perdón?» Ella volvió a jugar con su vestido, acomodando lo que no era necesario. «Tanto tú como...» Su silencio fue seco e incómodo para ambos. «Olvídalo. Es solo que habemos personas capaces de aceptar lo que se nos dio y de aprender a ser felices con eso.» Su amargura fue evidente, pero su resignación era correcta. Yo tenía claro que solo estaba de paso y que ella era incapaz de abandonar aquel lugar.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 05.07.2026

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