En la madrugada, los golpes en la puerta de mi cuarto me despertaron. Me mantuve en silencio esperando que solo lo hubiera imaginado, pero los golpes se repitieron.
Podía reconocer esa manera de llamar a la puerta; era la misma que llamaba siempre que una experiencia más cercana a la libertad se presentaba.
Mi cuerpo no se sentía paralizado, pero sí lo estuvieron las dudas que se fijaron en mi mente. La experiencia del miedo como base me dijo cómo se iba a contaminar de él cualquier movimiento que yo decidiera hacer.
Yo sabía que Milton estaba al otro lado de la puerta y que no se iría. «¿Qué quieres de mí?» El silencio se volvió aún más imponente y la temperatura en el cuarto descendió a tal punto que mi respiración comenzó a producir vaho. «Verte, Álvaro. ¿Qué más podría querer?»
De todas las veces que se había presentado en una pesadilla, esa era la primera vez en que él me hablaba con tanta calma y claridad. ¿Verme? «Abre la puerta. Quiero verte.»
Sus palabras capturaron mi atención; ninguna puerta al interior de la casa de mis padres tenía seguro, una regla que él conocía bien. «¿Qué haces, Álvaro, por qué no le abres la puerta?» Mi mente pareció organizarse sin que yo pusiera esfuerzo. Pronto pude entenderlo: no debía tenerle miedo, él era mi amigo, mi hermano.
Respiré profundo, iba a hacerlo, en verdad abriría aquella puerta. Me quité las cobijas de encima en un movimiento rápido, seguro, pero no pude levantarme de la cama...
El sonido de gallinas espantadas fuera de mi ventana hizo que mis ojos se abrieran de inmediato y, de principio, solo el techo estuvo en mi visión. Allí no estaba la imagen de una ventana ni una rama que se movía inquieta dentro de ese marco. Un segundo después entendí dónde estaba y me senté en la cama con calma. Miré fuera. Mi padre renegaba con animales que se habían escapado de sus lugares asignados.
Después de lavarme la cara, los dientes y de vestirme, bajé a la cocina. Mi padre atravesaba la puerta principal justo entonces. «Qué locura que se hayan escapado los animales.» Mi madre quiso tomarlo como algo sin importancia, casi como un dato anecdótico, pero mi padre tenía una opinión muy diferente: «A menos que esos malditos animales hayan aprendido de repente cómo abrir cerrojos, aquí hay gato encerrado.» Mi madre y yo nos quedamos callados, pero ambos sabíamos el significado de aquellas palabras de mi padre.
Quizás las personas del pueblo ya habían decidido por mayorías que no estaban contentos de verme. «Te preparé el desayuno.» Ella cambió el foco de la conversación mientras él pasaba en dirección a la sala sin siquiera mirarme o darme los buenos días. «Gracias.» Ella asintió y volvió a la cocina para apoyarse en la mesada de espaldas. «Voy a irme temprano, cerca del mediodía.» Me senté a la mesa y la observé, ella se angustió. «¿Qué...?» Quiso saber, pero debió guardar silencio. Mi padre había decidido intervenir. «Tu hijo de seguro tiene cosas importantes que hacer en la ciudad.» Sentí pena por ella. «No quiero irme muy tarde para no llegar en la noche, allí no es como aquí.» No estoy seguro si mi respuesta fue suficiente para ella, pero en un acuerdo silencioso, solo lo dejamos ir.
Cuando salí a caminar con un destino claro, ellos siguieron mirando, no hubo intento alguno por disimular la acción; parecía que ahora querían hacerlo evidente. Como si fuera un derecho que debían ejercer. Tal vez mi presencia aquí no era más que un factor desestabilizador. Quizás eso ya estaba fuera de mi comprensión. Yo no era su enemigo y quizás, en el fondo, ellos lo sabían porque solo me dieron eso, miradas indiscretas. No hubo comentarios ni muestras de violencia física.
Cuando llegué al cementerio del pueblo, otras personas estaban ahí desde antes, pero ninguna de ellas quiso contacto conmigo. Las que me vieron llegar pusieron sobre aviso a las distraídas y todos se fueron. Sus miradas no reflejaron un único efecto; sentí miedo, desconfianza e incluso ira, pero no me importó. Solo seguí mi camino llegando a su tumba.
Milton tenía su morada final llena de flores, aquello se sintió bien porque él lo merecía. Me concentré en la lápida. Sus padres habían decidido que él no debía estar solo, y ahí estábamos los dos, encajados en el óvalo y el vidrio superficial que guardaba una fotografía nuestra de niños. Él me abrazaba como siempre y yo reía al igual que él con su cabeza apoyada en la mía. Si tan solo hubiera sabido que terminaría así.
«Tenías razón sobre la ciudad, digamos que no es un paraíso, pero creo que cada vez entiendo más por qué te gustaba tanto ir ahí.» Sonreí. «Mis expectativas fueron tiradas al piso y aplastadas por los pasos de aquellos a los que no les importaban, pero creo que lo entendí.» Flexioné mis piernas y me permití tocar la fotografía en la lápida. «¿Por qué iban a ser amables allí, por qué seguirían siéndolo aquí?» Negué. «No es fácil no sentirte de ningún lugar y ninguna jornada de trabajo agotador te prepara para eso.»
Mi mano pasó por encima de las flores, ahí las había de todos los colores. «Has sido una gran pérdida para todos, pero creo que en especial para las muchachas.» Reí porque supe que él lo haría conmigo. Quizás me preguntaría si era que me atrevía a dudarlo. Yo le diría que no y él me hablaría sobre el plan repetido. Más tarde pasaría por mi casa junto a Melisa y otra muchacha, saldríamos a caminar y yo me quedaría con mi novia hablando en el exterior, mientras él jugaba con la muchacha dentro del granero comunitario.
«Eras incorregible, divertido, honesto, afectuoso. Eso siempre me alcanzó y me sobró, pagaba cada uno de los defectos que ellos te encontraban. No te conocían, solo tenían la soberbia de creer que sí.» Fue lo último que le dije.
Cuando volví a la casa de mis padres, no quise quedarme a esperar el almuerzo, pero parecía que, de todos modos, ya se había decidido que yo no estaba invitado. Al atravesar la puerta, vi mi bolso listo sobre una silla, era claro que este lugar ya no era el mío. Tal vez no por decisión de mi madre, pero tampoco necesitaba preguntar. Él era claro: «Te fuiste de aquí, fíjate qué tan lejos llegas.» Dijo mi mente en la voz de mi padre.