Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 13: Silencio

Para cuando llegué frente a la casa, la noche ya estaba plena y sostenida, solo interrumpida por el incipiente alumbrado público. El negocio de Diego y Maribel estaba cerrado. No me sorprendió. Era domingo por la noche, ellos debían descansar.

Cuando subía los escalones entendí que algo estaba mal. Me acerqué a la puerta y escuché. Héctor parecía enojado, reclamándole algo a la señora Marina. No lo dudé y entré anunciando mi presencia apenas abrí la puerta. «Estoy aquí, señora Marina.» Ellos se llamaron a silencio, pero vi la luz de la sala encendida, así que me acerqué al umbral.

La señora Marina estaba en su sillón, pero no me miró. Héctor estaba a un lado de ella y de espaldas a mí; tampoco me miró ni se molestó en saludar. Él se quejó como quien no había recibido la respuesta deseada y se giró para salir del lugar en mi dirección. «Ho...» Intenté saludarlo, pero él me puso la mano en el pecho y me empujó contra la pared, quitándome del camino. «¡Héctor!» La señora Marina reaccionó y se levantó de su sillón para venir conmigo. Yo había bajado la mirada. Los frascos que traía en el bolso, colgando de mi mano, se habían golpeado contra la pared. No sabía si se habían roto.

Ella miró en dirección a la puerta. Héctor solo la abrió y salió de la casa. «¿Estás bien?» Ella siguió mi mirada en dirección al bolso y extendió su mano, pidiéndome que se lo entregara. Lo abrió y revisó. «No, no se han roto. Solo fue el susto.» La señora Marina levantó mi bolso sosteniéndolo abierto y me miró. Puse mis manos debajo y ella lo apoyó, luego buscó dentro y sacó los frascos de dulce. «Los probaremos mañana en el desayuno, pero si los hizo tu madre, ambos ya sabemos que estarán exquisitos.»

«Sí, ella me los dio.» Quedándome solo, mi primera reacción fue volver a la normalidad. «Ajá.» La señora Marina me contestó desde la cocina, podía escuchar que los estaba acomodando en la repisa. «¿Y cómo están ellos, cómo sigue todo por allí?» Cerré mi bolso y me dirigí al comedor. «Bien y todo sigue igual, tampoco esperaba que fuese a cambiar tanto en unos días.» La escuché reír, cayendo en cuenta. «Pregunta estúpida, lo acepto, pero ¿cómo lo pasaste? Te esperaba el lunes por la mañana para desayunar juntos antes de que te fueras a trabajar.» Creo que me estaba confirmando que llegué en mal momento. «Sí, preferí volver hoy para descansar bien.» Los ruidos dentro de la cocina se detuvieron y ella se asomó a la puerta. «Tiene sentido, ¿ya comiste algo?» Asentí. «S-sí.» Ella me miró con sospechas. «Álvaro, no sabes mentir, t-te delatas.» Bromeó. No podía argumentar nada contra eso. «Siéntate, voy a calentar la comida para ti.» Tomé asiento sin chistar.

«Señora Marina...» Ella blanqueó los ojos y resopló mientras me entregaba mi plato de comida y colocaba un vaso de agua en la mesa. «Ya tenemos que dejar ese señora de lado, Álvaro.» Ella se alejó de mí y tomó asiento en su lugar. «Me haces sentir una anciana y solo soy diez años mayor que tú. Sí, ya entendí que lo haces por respeto, pero yo nunca puse en duda que fueras respetuoso.» Ella se acomodó con la mano los mechones de cabello que estaban sobre su hombro, tirándolos a su espalda. «Habla, ¿qué es tan imperativo que no puede esperar?» Entendí su molestia y también el modo en que esas palabras estaban en plural.

«¿Qué sucedió con Héctor?» Tragué saliva por sentir que otra vez estaba cruzando la línea. «¿Qué hay con él?» Ella apoyó su codo en la mesa y su cabeza encima de sus nudillos. «¿Por qué él reaccionó así, pasó algo?» Estiró su mano libre para alcanzar la mía y, luego de nuestro contacto, Marina la retiró de vuelta. «¿Recuerdas cuando te hablé del ego en algunos hombres? Bueno, eso nunca suele estar solo. La inseguridad es su mejor compañía.» Ella sonrió y se levantó para irse. «Come y descansa, no te preocupes por él.»

No había razón para insistir, Marina era más que clara cuando el nuevo límite era más duro y con peores consecuencias si se decidía cruzar. Aún si no lo entendía por completo, ella jamás había hecho algo que no me hiciera pensar en una razón válida. Lo que fuera que ella estuviera pensando y la decisión que eso trajera no eran mi propiedad.

Para cualquiera podría resultar incómodo, pero para mí fue incluso gracioso cómo los sonidos de los cubiertos y de mi propia masticación llenaban el lugar. La comida de Marina estaba exquisita, como siempre, lo suficiente para ayudar a que me pudiera tranquilizar y, como detalle inesperado, a que pudiera observar el lugar con más detenimiento. Allí no había nada que no hubiera visto antes, pero ahora se sentía diferente, incluso el olor de la casa lo parecía sin haber cambiado. Creo que ni siquiera yo sabía cuánto estuve extrañando estas paredes y que, resulta probable, tampoco lo hubiese reconocido sin el buen gusto que tiene la señora Marina sobre el mejor momento para dar soledad.

Una vez que terminé mi comida y acomodé todo en la cocina, fui escaleras arriba. Marina apagó su luz cuando me escuchó avanzar por el pasillo, rumbo a mi cuarto. Solo sonreí y seguí mi camino. Fue apenas abrir la puerta que todo se sintió mejor. De algún modo, sentí que ahora sí tenía un lugar al cual volver. Algo que quizás estaba buscando sin entender desde cuándo lo hacía.

Dejé mi bolso encima de la silla junto a la ventana y, tras regresar del baño, me senté en la cama. Solo bastó con mirar a mi derecha para recordar a mi madre, la manera en que me miró cuando bajó desde mi cuarto, luego de acomodar mi bolso. Yo la había olvidado, mi Biblia estuvo aquí, encima de la mesa de noche, todo el tiempo. Tragué saliva. No tuve que pensarlo demasiado para comprender lo que ella pudo sentir, lo desconocido que pude verme frente a sus ojos. Solo espero que ella haya elegido creer que el olvido fue fruto de mi descuido. Que yo no estaba anunciando mi renuncia a nada de lo que ella me había enseñado y dado.

Al final, seguro de que ya no había mucho que pudiera hacer respecto a eso, me acosté y una sonrisa contenida se me escapó ante el techo, devolviendo aquella imagen ya familiar. Era extraño volver aquí y sentir que estaba en el lugar correcto, pero quizás eso solo era para mí. No pude evitar pensar en lo que había sucedido. Imaginar la conversación que interrumpí cuando había llegado, analizar la reacción de Héctor. Quizás me estaba convirtiendo en un problema para Marina y ella todavía se negaba a decírmelo.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 05.07.2026

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