Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 15: Origen

«¿Qué fue?» Frené un bocado del almuerzo cerca de mi boca. «¿Perdón?» Marina clavó el tenedor en los fideos largos en su plato y comenzó a girarlo, enredando esos. «Lo que comenzó a decirte que había grietas en el paraíso.» Asumí que se refería a Nagleté así que fui honesto. «Nunca me gustaron las armas de fuego.» Ella asintió, segura de que había más así que continué. «Mi padre quiso enseñarme a disparar con una escopeta después de que hablamos sobre salir a cazar y yo me negué. Él tomó la escopeta desde el armario y me arrancó de la mesa, arrastrándome del brazo hasta llegar al gallinero. Mi madre nos siguió, pero él no le hizo caso alguno. Me golpeó el pecho con la escopeta de lado y me ordenó tomarla y apuntar a cualquiera de las gallinas. No pude hacerlo, estaba congelado, temblando. Mi madre insistió tratando de hacer entrar en razón a mi padre. Le dijo que yo había sido claro, que no me gustaban las armas, pero él dijo que no debía meterse en cómo el decidía criar a su hijo. Ella no retrocedió, me tomó por los hombros y yo me abracé a su cintura. Tenía 10 años cuando pasó eso. Mi padre estaba furioso así que solo recogió la escopeta que había caído al piso, le apuntó a una gallina y la voló en pedazos, después solo se fue dejándonos ahí.»

Marina se apoyó en el respaldo de su silla. «Álvaro, eso es terrible.» Ella solo miraba la mesa y luego se volvió a la ventana. «Herb siempre me dio esa sensación de crueldad, es que no pensé que tu padre pudiera ir tan lejos contigo.» Volví a comer. «Lo siento mucho.» Quizás ella no supiera lo importante que fueron esas palabras para mí, pero igual las pronunció. «Gracias, Marina. Pudo ser peor, Ya escuchaste lo que le sucedió a Mike en su infancia.» Ella me miró, sus ojos se cargaron de pena. «¿Escuchar lo que le sucedió? Yo curé sus heridas. Su madre llegó desesperada a mi casa. Hice lo que pude con mis incipientes conocimientos de enfermería.» Asentí. «Mike solía hablarme de eso, cuando te fuiste y comenzaron a llegar las historias... Dijo que tú lo ayudaste, que no creía esas cosas que ellos decían de ti.» Ella se pasó un dedo por debajo de sus ojos y volvió a mirar a la ventana. «¿Puedes creerlo, usar un hierro de marcar ganado en las manos de tu propio hijo solo porque tomó comida fuera de horario?»

«Ellos hablaban de eso, la joven que salía a estudiar fuera de Nagleté y el peligro que eso significaba. Nunca dijeron tu nombre.» Marina volvió a mirarme. «Mientras las demás chicas pasaban las tardes en el salón comunitario siendo instruidas por las adultas sobre cómo tejer, zurcir y fabricar prendas, yo estaba lejos, viendo otro mundo y aprendiendo otras cosas en la ciudad, ¿cómo no iba a ser un peligro para ellos?» Asentí.

«Ellos siempre nos decían que teníamos todo lo necesario ahí; que no había necesidad de buscar más, porque una vida dedicada a honrar a Dios y la tradición no lo necesitaba.» Ella me sonrió, no con alegría ni tristeza. «Cuando conseguí que se respetara mi deseo y pude empezar a salir de Nagleté para estudiar, comprendí varias cosas, Álvaro. Algo que puede resultar insignificante. Por ejemplo; nunca vi un televisor en nuestro pueblo, pero aquí esa tecnología era común desde hacía una década. Fue una broma que me persiguió algunos días la primera vez que vi aquel aparato con mis compañeras de estudio y pregunté qué era, cómo funcionaba.»

Dudé, pero de todas formas lo dije. «Mike nunca lo dijo, no dijo que le había sucedido en las manos, solo que tú lo habías ayudado y que él no creía lo que se decía sobre ti.» Ella asintió, como si comprendiera que mi insistencia por volver al tema se trataba de que me faltaba información sobre eso y estuviera evaluando cuánto sería correcto decir.

«Como te dije, cuando su padre le hizo eso a Mike, su madre lo trajo conmigo, pero algo más pasó. Ella le pidió a mi familia, y en especial a mí, que por favor no dijéramos nada. Yo la había puesto en duda cuando al llegar primero me dijo que había sido un accidente, pero no le creí. Le dije que los accidentes no suceden así, no cuando es evidente que la mano fue sostenida y el fierro de marcar empujado en la palma hasta que fuera imborrable. Accedimos aún si no estábamos de acuerdo; eran Mike y su madre los que debían seguir compartiendo techo con él.»

Intenté hablar, ceder a un pensamiento que me decía que debía agradecerle por lo que ella había hecho por Mike, pero fue imposible. Los llamados a la puerta principal nos hicieron girar la cabeza en su dirección. Marina volvió a verme y sonreír antes de ponerse de pie para dirigirse al lugar. Ya sabía lo que significaba, era hora de guardar silencio.

«Debiste llamarme antes.» Su observación fue invalidada por él y su urgencia, Héctor estaba ahí. «Debía verte, sé que estuve mal y quería pedirte perdón. Mira, te traje flores.» Ella no le respondió, pero sí aceptó las flores como pude verlo cuando volvió al comedor llevando el ramo envuelto en papel rojo. Marina no se detuvo, ella siguió directo a la cocina. «Voy a ponerlas en agua.» Héctor la siguió hasta el comedor con una sonrisa, pero esa se desvaneció cuando me vio sentado a la mesa. Me levanté para salir del lugar y darles espacio. Sentí su mirada furiosa sobre mí cuando pasaba a su lado y solo lo confirmé de reojo.

Al llegar a la puerta de mi cuarto, escuché apenas que Marina preguntó por mí y Héctor le decía que yo lo saludé y me excusé para retirarme. Ella no dijo nada, pero puede que ya supiera que él mentía. Seguía sin entender por qué Marina le daba lugar en su vida; resultaba evidente que tal vez Héctor no le convenía.

Entré a mi cuarto y me recosté en la cama de espalda a la ventana, el dorso de mi biblia quedaba a la altura de mis ojos, donde terminaba la almohada. Pensé en tomarla, pero no lo hice. Volví mi cuerpo al centro y miré el techo. Luego giré mi cabeza a la izquierda, la ventana. Imaginé la situación, la discusión telefónica que llevó a ese hombre a elegir acabar con su propia vida.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 26.07.2026

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