Cuando bajé al comedor, no había nadie allí. Marina y Héctor seguían en su cuarto. No fue hasta después de preparar mi propio desayuno y sentarme a comer que ellos bajaron. Los escuché reír y hablar sobre colores.
Marina fue la primera en atravesar el umbral; lo hizo levantando su mano para dejarme ver un anillo dorado con una piedra de un celeste transparente en su centro. Héctor entró detrás de ella con una gran sonrisa dibujada en el rostro. Él se paró delante de mí, al otro lado de la mesa, y me dio la mano; no hubo agresividad en su gesto. No debí preguntar para entender lo que sucedía.
Cuando Marina volvió al lugar con el desayuno para ambos, los felicité. No puedo decir que no tuviera mis dudas, pero, de nuevo, eso no era de mi propiedad. «Supe que estás trabajando en la tienda aquí cerca y que solo lo haces por las mañanas.» Marina miró a Héctor, casi pidiendole comportarse. «Sí, la economía parece estar pasando por algunos baches.» Él asintió. «¿Sabes, Álvaro? Creo que quizás nosotros empezamos con el pie izquierdo.» Ella le acarició la mejilla con el dorso de su mano. «Come, Héctor, va a enfriarse.»
«Lo siento por ellos, pero no voy a negar que esto es bueno para el negocio. La crisis significa temporada alta para mí.»
Ella frunció el ceño al mirarlo. «No debes decirlo así.» Luego Marina me miró y me explicó: «Héctor tiene una empresa de alquiler de camiones para mudanzas.» Héctor pasó su mano alrededor de la cabeza de Marina y la trajo en su dirección para besarla a un lado. Ella se quitó la mano de Héctor de encima al sonreír y luego utilizó sus propias manos para acomodarse y devolverle volumen a su cabellera. Él abrió sus brazos fingiendo asombro y me miró: «Mujeres, haz lo que sea, pero nunca les arruines el peinado.» Sonreí al ver que ella le daba un golpe juguetón.
«Como te dije, Álvaro. La demanda está alta y tengo el camión necesario para cubrir el último pedido de hoy, por la tarde, pero no tengo a nadie que me ayude con eso. ¿Te gustaría ganarte unos dólares extra?» Miré a Marina y ella asintió, dejando claro que para ella era importante que nosotros pudiéramos llevarnos bien. «Escuché que eres muy trabajador y yo necesito a alguien así.» Héctor me sonrió, demostrando buena voluntad. «¿A qué hora te espero?» Ellos se mostraron sorprendidos y complacidos con la firmeza de mi respuesta. «Vendría por ti a las 2; pasando de las 6 ya deberíamos estar aquí de vuelta.» Estuve de acuerdo y me levanté para llevar lo que había usado a la cocina. Luego pasé por detrás de ellos.
«Nos veremos en la tarde.» Ellos no me respondieron; se sumergieron en su propia conversación, quizás demasiado ansiosos por ultimar detalles de aquello que habían elegido.
Diego me interrogó porque me veía, en sus palabras, "distraído". Tenía razón, yo lo estaba. No podía entender cómo Marina se decidió a dar un paso así con alguien que la decepcionaba. «Pienso en lo que está pasando. La baja afluencia de clientes.» Maribel alzó la vista cuando me escuchó, pero no intervino. «Sí, sobre eso.» Diego se quedó pensativo en busca de las mejores palabras. «Solo trabajaré medio día, ya lo sé.» Él asintió. «Esperemos que esto mejore rápido, Álvaro. Eres un buen trabajador. Más que útil.» Entendí la razón detrás de esas palabras; no era mi culpa, pero tampoco había nada que yo pudiera hacer.
Volví a la casa pasado el mediodía. Marina ya me esperaba con el almuerzo y lo noté: ella estaba inquieta. Yo sabía bastante acerca de eso, como ya lo había visto en repetidas ocasiones dentro de Nagleté. Recuerdo una ocasión en que estábamos Milton, Melisa, Sasha y yo. Su padre se acercó a nosotros y nos saludó para luego alejarse unos metros con ella. Escuché que le decía que estaba contento de que ya hubiera hecho nuevos amigos, pero que aún no era suficiente; que ella debía esforzarse más para integrarse en la comunidad. Sasha fue clara al decir que ella lo había intentado, pero que la mayoría la seguía rechazando por venir de afuera. Su padre no se mostró inflexible; él parecía bastante accesible, pero igual insistía en su postura: «Nosotros somos los nuevos aquí, esta es nuestra nueva realidad y, si no ponemos lo suficiente de nuestra parte, ellos no podrán ver que estamos dispuestos a ser parte de su mundo.» Ella no insistió, pero todos pudimos ver la tristeza y la resignación en su cara.
«A veces las cosas buenas pesan más», dijo Marina cuando servía y después me entregaba mi plato, como si ella supiera que yo estaba pensando en eso. «Héctor es un tanto tosco si lo buscas desde la confrontación, pero puede volverse aceptable sin perder eso. Su confianza puede ser algo complicado de ganar e incluso, en su permanencia, puede volverse efímera con poco, pero eso no lo vuelve malo.» Yo sabía que Marina no me debía ninguna explicación, pero también entendí que tal vez ella no estuviera haciendo eso. Puede que su mente solo necesitara a alguien más presente para poder pronunciar lo que no dejaba de pensar.
«Estoy dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva.» Ella me sonrió cuando tomaba asiento. Alguna clase de agradecimiento silencioso. «Verás que pronto te tratará como a un amigo cercano. Solo no lo contradigas, aunque su equivocación sea evidente.» Ella recorrió parte de la mesa con su mirada baja. «Y eso es lo más probable que suceda. Terco como una mula.» Ambos reímos. «¿Estará muy roja su oreja izquierda?» Ella entendió el chiste: la vieja creencia que hablaba de tu oreja izquierda poniéndose roja y ardiendo cuando alguien hablaba mal de ti, y sucediendo en la derecha cuando era lo contrario. «Deberías ser más justo. Hicimos lo suficiente para que ambas estuvieran a tono.»
Marina me acompañó fuera cuando Héctor llegó y tocó bocina. Ella se quedó en los escalones observando cuando yo subía a la cabina. Héctor cruzó su brazo por delante de mi pecho y me empujó contra el asiento. Luego movió su cara al frente para tener visión de Marina. «No te preocupe, prometo devolverlo en una sola pieza.» Después quitó su brazo, puso el cambio y arrancamos nuestro viaje. «Ella se preocupa mucho por ti, como si fueras un niño, pero cuando yo te miro, veo a un hombre. ¿Me equivoco?» Héctor me sonrió con malicia. «No, sería un error confundir tranquilidad con temor.» Él abrió más sus ojos. «Tienes carácter, Álvaro. Me gusta eso.»
El viaje duró unos 20 minutos hasta nuestro destino: una casa de dos plantas con jardín y un cartel de "se vende" al frente. Héctor aprovechó el viaje para fumar. «Ella no me deja hacerlo, dice que es malo para la salud.» Y también aprovechó para contarme lo buen candidato que él era, todos sus logros económicos. «Veo muchos casos así. La gente cree que basta con comprar, pero olvidan que necesitan espalda para conservar su compra.» Se refería a aquella casa lujosa, aunque después se mostró comprensivo y amable con la dueña que nos esperaba. «Esto de la crisis está causando estragos. Me entristece tanto dejar mi casa.» La expresión de su rostro mostró una seriedad empática que no había visto antes ni que tampoco creía que él tuviera. «Así funciona todo. La vida puede llegar a ser demasiado dinámica, tanto para bien como para mal», dijo, como si eso pudiera solucionarlo todo. La mujer asintió y nos guió dentro. Todo ya estaba embalado, listo para ser cargado.