Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 17: Error

Que no tuviera con quién compartir el dinero extra no significaba que no podía aceptarlo. Del mismo modo que, no tener con quién salir, no significaba que no debía entender ni otorgar la intimidad que Héctor me pedía para ellos.

Primero solo saludé de paso a Diego y Maribel; no quise decirles nada, pero así también estuve pendiente de la hora mientras recorría la ciudad. Si bien nadie se detuvo a sonreír y establecer un contacto más humano, igual me daban la hora de paso y eso era más que suficiente. Yo conocía los horarios del negocio, así que decidí volver casi acompañado por la noche.

Diego intentó ofrecerme descuentos mientras mi cuenta subía y Maribel no se lo prohibió, pero yo sí. «Ahora, además de mi trabajo aquí en las mañanas, tengo uno más en las tardes. Puedo pagarlo, Diego.» Él me sonrió y después miró a Maribel. «No es bueno contradecir a los clientes, primera regla.» Ella fue clara y él no la contradijo. Me agradecieron la compra y volví a la casa. Debí bajar una para poder abrir la puerta; luego entré y la cerré empujándola con mi codo, con el cuidado necesario para no golpearla de más. Cuando pasé por el comedor rumbo a la cocina, no encontré a nadie allí. Era seguro que estaban en su cuarto, así que solo me dispuse a acomodar todo.

Escuché pasos a mi espalda, viniendo en mi dirección. Esos eran demasiado pesados y de firmeza intencional para tratarse de Marina. Mi mente lo resolvió: él seguía aquí. «Álvaro, eres tú.» Héctor debió hablar cuando no me giré para verlo. Supe que estaba parado en la puerta detrás de mí, observando, pero no le quise conceder anticipación a su aparición. «Escuché que alguien abría la puerta, quería asegurarme de quién entraba.» Le sonreí cuando lo miré y luego solo volví a lo mío. «Sí, pronto me iré a dormir.» Escuché sus dedos moverse sobre el marco de la puerta cuando la retiraba de allí. «Nosotros ya cenamos, pero Marina te dejó comida en el refrigerador.» Me detuve con una lata en mi mano; estuve a punto de decirle que ella siempre lo hacía y en ese preciso momento entendí el error.

«Gracias, pero no tengo mucha hambre. Creo que seguirte el ritmo será cosa seria.» Él sonrió, así que supuse que había captado el cumplido. «Volveré arriba. Si quieres algo, estás en tu casa.»
Héctor solo tenía puestos unos calzoncillos largos; supongo que eso jugó a mi favor y el frío lo obligó a desistir rápido. No le di demasiada importancia, mi tarea no había terminado, pero no pude evitar tomar su frase con cierto humor involuntario. ¿Estás en tu casa?

La siguiente tarde que trabajamos juntos, algo me decía que algo se había roto, tal vez solo torcido, pero Héctor no quiso decírmelo en la casa, no mientras existiera la posibilidad de que Marina también pudiera escucharlo. Noté la tensión entre nosotros. Como una piedra que se mete en tu zapato, pero un agujero en la media te obliga a soportar hasta que nadie esté viendo.

Seré sincero: no estaba seguro de querer destapar aquello, pero algo me decía que, si no lo hacía a tiempo, eso se volvería una olla de presión. «Hoy trabajaste mejor que ayer; no es que ayer lo hicieras mal, pero hoy parecías más consciente de lo que hacías.» A veces sus comentarios me hacían sentir que se trataba de escarbar entre ellos. Otra sensación que no me abandonaba ni me era desconocida.

«¿Estás seguro de que entendiste la enseñanza que esto nos deja?» Ella estaba tratando de explicarme: Rut 1:16, "adonde quiera que tú vayas, yo iré", pero mi mente jugaba conmigo otra vez. Un niño de 9 años no debería estar en condiciones de preguntarle a su maestra: «¿Por qué ella lo sigue?, ¿no tiene nada que hacer?» La risa en el salón solía volverse contagiosa ante mis ocurrencias sin intención y, después de una regla golpeando la cara de un pupitre que recobraba el silencio del salón, todo se reducía a un niño cuyos padres eran citados porque se atrevía a cuestionar.

«¿Sabes? Creo que podría acostumbrarme a esto: compañeros de oficio.» Héctor me golpeó en el pecho cuando además reía y mantenía su otra mano en el volante. No me quejé; solo vi venir su golpe y mi pecho se endureció. Pude ver en sus ojos que él lo notó. Íbamos de vuelta cuando pasó. «Héctor...» Él me miró y me invitó a continuar. «¿Está todo bien?»
Él tomó un cigarrillo, lo encendió y lo puso a un costado de su boca mientras tomaba el volante con ambas manos. «Esta mañana Marina vio todas las cosas que trajiste. Ella se alegró, te aprecia mucho, Álvaro.» Él se llamó a silencio; su ojo derecho estaba cerrado cuando una cortina de humo subía por su rostro. «¿Es eso malo?» Él se quitó el cigarrillo de la boca y lo arrojó por la ventana; luego volvió a concentrarse en el camino.

«No tanto como malo, pero a veces no sé si estás jugando o es que resulta posible que no midas tus acciones.» Toda cortesía había desaparecido de su voz. «¿Cómo te sentirías si yo le comprara cosas a tu mujer?, ¿te gustaría?, ¿no te pasaría por la mente que fuera un insulto? Yo soy capaz de darle todo lo que ella necesita y más, Álvaro.» Tragué saliva; él tenía razón. «Yo ya lo había hecho antes, Héctor. Cuando ni siquiera te conocía.» Él me miró de reojo, pensando en mis palabras. «Si eso es cierto, supongo que te juzgué bastante mal.»

Él golpeó el volante repetidas veces, como si la emoción de una idea brillante lo hubiese invadido de repente. «¡Álvaro!» Lo miré con evidente sorpresa. «Quiero proponerte algo.» Asentí, esperando lo que él tuviera que decir. «A mí me gusta mucho pescar y pensé que este fin de semana podríamos ir juntos. Solo nosotros dos, los hombres de la casa. Una hielera llena de cervezas y carne para asar. ¿Qué te parece?» Dudé. «¿Para qué llevar carne si vamos a pescar?» Héctor rio con intensidad inesperada. «Ese lago está contaminado, Álvaro. Solo pescaremos por entretenimiento, pero no podemos comer lo que saquemos ni entrar al agua.»

Yo fui el primero en entrar a la casa; Héctor me lo pidió así para quedarse en la cabina revisando que no hubiera cenizas que Marina pudiera encontrar. «Estoy ocupada, en un segundo estoy con ustedes.» Ella se encontraba en la cocina cuando me paré bajo el umbral del comedor; entonces Héctor entró desde fuera y se paró a mi lado cuando Marina venía desde la cocina usando un trapo para secarse las manos. «¿Y cómo les fue?, ¿trabajaron mucho?» Héctor rodeó mi cuello y apoyó su cabeza junto a la mía para demostrar nuestra absoluta comunión frente a Marina, pero la preocupación en los ojos de ella veía algo más. Sentí que mi cuerpo se estaba paralizando, que el frío me invadía y mis piernas parecían temblar. No dije nada; solo fui escaleras arriba, directo a mi cuarto. Héctor me miró y luego volvió a Marina. Lo escuché preguntar: «¿Pero qué pasó?, ¿qué hice o dije de malo?»



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 26.07.2026

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