Esa noche no pude conciliar el sueño de inmediato. Los escuchaba hablar del tema, o al menos, eso creí que era lo que hacían ellos. Eso me ayudó a comprender lo que Marina había dicho sobre las personas de nuestro pueblo: “Ellos nunca dejaron de venir aquí”.
Era claro que la contaminación nunca había sido unilateral. Sí, ellos pedían información sobre ella, misma que se usaría para devolverle a Nagleté. Como si ese lugar se negara a dejarla ir, pero también, como moneda de cambio. Conociendo a Marina, no creo que ella hablara de sí misma, confirmando e incluso, alimentando esa narrativa si ella no podía obtener nada a cambio.
Marina nos conocía, a Milton y a mí. Y cuando solíamos coincidir en el pueblo, ella nos decía: «Los hermanos separados al nacer». Milton solo reía y yo nunca me atreví a responder nada sobre aquel comentario. Marina era casi una mujer adulta y nosotros no éramos más que niños apenas entrando a la adolescencia. Ella cree que yo tenía alrededor de 8 años cuando se fue, pero lo cierto es que ya tenía 12. Supongo que nunca me prestó demasiada atención.
«Ella es hermosa, Álvaro. Podría lastimarme solo para que me cure como lo hizo con Mike.» Para ese momento, Milton ya estaba creándose una mala fama entre los padres de muchachas, digamos que él estaba teniendo un despertar demasiado temprano y nada de interés en disimular aquel hecho.
Debido a su mala fama, Milton nunca pudo tener una novia oficial en Nagleté.
No tengo dudas de que Marina sabe lo que sucedió con Milton, incluso ellos pueden haberle hablado de la foto que hay en su tumba, de lo que representa esa imagen y entiendo que esa es la razón detrás de su mirada anoche, cuando Héctor me abrazó justo como solía hacerlo Milton.
Cuando bajé al comedor, Marina estaba sola. «Buenos días, Álvaro.» Ella fue amable, pero volvió a su periódico demasiado rápido, como si en verdad no estuviera esperando otra respuesta que la cotidiana de mi parte. «Héctor, ¿se fue?» Ella suspiró dejando el periódico a un lado, encima de la mesa. «Él también tiene sus deudas, Álvaro. Y, bueno, supongo que algo bueno surgió de su error; él te aprecia.»
Me senté a la mesa pensando en sus palabras. ¿Me aprecia, significa que debería preocuparme si no fuera así? «Yo también, como dices tú, es complicado, pero creo que también entiendo que él puede llegar a ser aceptable.» Le sonreí y ella me imitó. «Pocas veces lo vi tan incómodo como esta mañana. Después de lo que sucedió anoche, él no quería cruzarte contigo.» Asentí, captando el mensaje. «Entiendo que tú sabes muy bien lo que pasó y ahora, después de que lo pusiste al tanto, él también lo sabe.»
«Fueron tres de los muchos que llegaron aquí los que me hablaron de eso. El accidente de Milton.» Marina se detuvo para verme con más detenimiento, quizás reconociendo qué tanto me afectaban sus palabras. «Y todos se centraron en el detalle en su tumba, la fotografía y la descripción minuciosa de la misma.» Ella me extendió su mano, pero cuando notó que no iba a tomarla, volvió a su posición anterior.
Yo solo me levanté para ir a mi trabajo y le dije aquello en lo que no podía dejar de pensar después de nuestra conversación. «Si puedes comunicarte con Héctor, dile que lo estaré esperando esta tarde.» Marina no me respondió.
No necesité decirlo ni pensarlo demasiado. Era claro que Marina regresó a su idea de los hermanos separados al nacer, la descripción de la fotografía en la tumba de Milton y entendió lo que eso significaba para mí, lo que el abrazo de Héctor me causó. Del mismo modo, resulta obvio que ella le contó la historia, volviendo evidente por qué Héctor evitó cruzarse conmigo. Tendré que hablar con él, solo que todavía no sé cuándo ni cómo será posible.
Esa tarde cuando volví a la casa, Héctor y Marina estaban en el comedor, él estaba sentado a la mesa y ella parada a su lado. Héctor le rodeaba la cintura con su brazo y apoyaba la cabeza en el abdomen de Marina mientras ella tenía la mano izquierda encima de su hombro y con la derecha le tocaba la mejilla. Se separaron cuando me vieron entrar.
Marina me miró y entró a la cocina para darnos espacio, Héctor estaba incómodo, como si se sintiera fuera de eje, pero yo no iba a decirle nada ahí. Nuestra conversación debía ser en privado y tal vez él pensaba lo mismo. «Álvaro, te espero en el camión». Héctor se había puesto de pie y me tocó el hombro cuando salió del lugar.
Pensé en hablar con Marina, preguntarle si todo estaba bien, pero estaba claro que ella no quería entrometerse en eso. Prefería dejarnos arreglar nuestras diferencias entre nosotros. «Ya me voy, nos vemos más tarde.» Ella me saludó, estando de acuerdo e incluso nos deseó suerte en el trabajo.
Cuando entré en la cabina del camión, Héctor parecía incluso más incómodo que antes. «Hora de irnos.» Dijo a secas después de mirarme. Mi mente no dejaba de pensar en eso. No voy a negar que mi interior tendía a la exaltación esporádica cuando pensaba en la situación, esa ira que nunca había sido muy propia de mí, se sentía muy cercana a la superficie cuando mi cabeza aceptaba la idea de que él quizás lo había hecho adrede, pero antes de tomar cualquier decisión tenía que estar seguro.
«Héctor...» Él no dio mayor respuesta que una fugaz mirada de reojo; demasiado concentrado en el camino. «No quiero que esto sea un problema entre nosotros, es más, como bien lo dijiste tú, creo que nosotros empezamos con el pie izquierdo, pero ahora estamos en otro lugar. Me gustaría creer que eso es así.» Él asintió y orillo el camión. Luego me miró y con absoluta solemnidad aceptó la premisa. «Lo que necesites decir, lo voy a escuchar. No te contengas.»
No voy a negar que verlo tan accesible, era una parte de él que nunca esperé conocer, no al principio con lo complicado que había resultado acortar nuestra distancia. «Me gustaría saber algunas cosas, es lo justo antes de decidir qué voy a creer.» Él me señaló la guantera frente a mí y cuando la abrí, entendí que ahí estaba la denuncia de su nerviosismo en forma de sus cigarrillos y su mechero.