Esa madrugada, Milton volvió a visitarme en sueños. Otra vez mis ojos se abrieron ante la penumbra sin que yo pudiera entender en ese momento que solo había entrado en otra capa del sueño. Algo que no comprendí hasta la verdadera mañana siguiente que me despertó.
Esa madrugada él volvió a estar sentado en la silla del rincón, junto a la ventana. Solo giré mi cabeza para verlo. Milton no emitió palabra ni sonido alguno, pero supe que estaba ahí. La luz exterior me permitió percibir su silueta en la oscuridad. Pensé que sería otra capa del castigo atacando mi cordura, pero no podía estar más equivocado.
Allí no hubo vaho saliendo de mi boca ni ojos brillantes acechando mi perplejidad. Él no me causó ni me permitió la mejor presunción o sensación de peligro. Solo estuvo ahí, observando mientras mis latidos se volvían inaudibles para mí al recuperar su ritmo normal. La luz exterior pareció actuar como consecuencia directa a mi calma cuando se hacía más intensa, más presente dentro del cuarto.
Milton se mantuvo allí y yo ya no sentí la necesidad de hablar. Mi mente me dijo que no debía hacerlo, que él no me estaba pidiendo explicaciones. No sabría cómo ponerlo en palabras, pero de algún modo y más que consciente de la manera en que podría llegar a sonar eso, diría que entendí que él solo buscaba una señal. Ver algo en mí que, quizás, ni siquiera yo sabía que ya estaba sucediendo.
Es extraño, que la realidad se presente como algo que ya no puedes calificar. Como una corriente que te invita a entrar en ella sin necesidad de explicación. ¿De qué se trata vivir al final de cuentas?
Marina y Héctor estaban más que contentos y cómplices cuando bajé al comedor en la mañana. Por un momento me sentí un mal tercio, pero me invitaron a formar parte. «¿Cómo dormiste, tienes hambre?» Marina ni siquiera me dio tiempo a responder cuando me sirvió un plato y luego continuó con el café. «Álvaro, aprovecho a decirte que esta tarde nosotros tenemos que salir así que no vamos a trabajar.» Héctor también me robó el tiempo de sentarme mientras ella le lanzó una sonrisa y una mirada aprobatorias.
De algún modo, entendí que Marina estaba de acuerdo con la nueva manera en que él decidía comunicarse. «Está bien, ¿volverán tarde? Es para saber si me llevo la llave en caso de que yo también salga.» Ellos se miraron entre sí; nadie necesitaba decir que esas palabras resultaban inusuales en mí.
«Puede que volvamos entre las 6 o 7 de la tarde.» Marina fue clara al tomar asiento a su lado. «Pero no te preocupes por eso, tengo una copia, te la daré en el almuerzo. Antes debo recordar dónde la guardé.» Héctor la observó y asintió para la sonrisa que Marina le devolvió.
No supe si esa conversación había sucedido en mi ausencia o si ella lo habría decidido en aquel preciso momento y él solo estuvo de acuerdo con aquella demostración de confianza. ¿Darme una llave propia? Siendo honesto, con mi cabeza hablando sobre un resultado que no iba a alterarse, se perdió todo sentido por indagar.
«¿Tienes dinero?» Me le quedé viendo por un segundo, Héctor me sorprendió. «Sí, de hecho, con dos trabajos, incluso estoy siendo capaz de ahorrar.» No sé por qué lo dije, pero creo que quizás ya estaba viendo más allá.
Héctor miró el reloj de pared a mi espalda y se apresuró a tomar un último bocado. «Tengo que irme, cumplir con todo para tener la tarde libre.» Él se puso de pie y tomó a Marina desde la nuca para besar su frente, ella recibió el gesto con una sonrisa y no hizo nada por acomodarse los cabellos cuando él la soltó. Aquello me resultó curioso, quizás ellos empezaban a dejar de ver un visitante en mí. Algo que, tal vez sin ser su propósito principal, me estaba permitiendo comenzar a ver las razones detrás de su elección mutua. De su propia historia juntos.
Cuando entré al negocio, Diego y Maribel estaban en el mostrador ocupando lados contrarios y en medio de una conversación íntima. «¿Llego en mal momento?» Maribel levantó sus cejas como si me dijera: «¿Qué comes que adivinas?», pero sin embargo, no noté molestia alguna. «Iré al depósito en busca de algunas cosas.» Anuncié cuando vi que algunos cajones se estaban quedando vacíos.
Una acción que yo había propuesto días atrás, pero Diego me impidió diciendo que él mismo se encargaría. «No te preocupes, Álvaro.» Lo vi dudar y supe que algo malo estaba sucediendo. «Tenía que hablar contigo, pero no encontraba las palabras.» La tristeza me invadió como a quien ya anticipa lo peor. «No hay nada que traer del depósito porque todo lo que ves aquí, es todo lo que queda.» Maribel le acarició la cabeza desde atrás, asumí que esa fue su manera de brindarle consuelo.
«¿Sucede algo?» Él me sonrió con dificultad y su mirada se extravió por un momento; no era nada allí lo que él estaba viendo. «Tuve que dejar ir a mis empleados anteriores para tratar de salvar esta situación, pero ya se ha vuelto insostenible y decidimos cerrar. Son décadas de historia y de lucha, Álvaro, pero llega un momento en que la toalla pesa más que la fuerza para sostenerla.» Tragué saliva.
«¿Pero qué van a hacer ahora, cómo vivirán ustedes?» Diego negó con su cabeza y se acercó para abrazarme mientras ponía su mano en mi pecho. «Tenemos hijos dispuestos a velar por nosotros, esto no tiene nada que ver contigo; no es algo por lo que debas preocuparte.» Me sentí tan mal por ellos, pero ¿qué podía hacer? «Nos quedamos tranquilos de que trabajes con Héctor, no podríamos soportar saber que te estaríamos dejando en la nada.» ¿Qué, todo su esfuerzo se estaba cayendo por la borda y su preocupación era yo?
«Yo voy a estar bien, Diego.» Él me sonrió y luego de una carraspera como anclaje a su centro volvió a hablar. «Lo que vamos a hacer ahora es rellenar los cajones, poner todo en los incompletos aunque sean cosas diferentes y después los vamos a sacar a la acera.» Miré a Maribel, pero ella estaba ocupada embalando lo que pertenecía a su territorio detrás del mostrador.