Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 20: Quiebre

Esa tarde al quedarme solo, decidí usar el teléfono de la sala para llamar a mi madre. Hacía días que no sabía nada de ellos y tampoco iba a saberlo de otro modo cuando jamás llamaban. Mi última visita había sido suficiente para entender que yo ya no pertenecía a ese lugar. Sí, yo había nacido y crecido allí, hecho carreras de juego en aquella tierra, travesuras, preguntas incómodas que me pusieron en el ojo de la tormenta, pero ya nada de eso se sentía como parte de mí. Diría que mis afectos eran los únicos capaces de causarme la necesidad de recordar.

«Mamá, ¿cómo están?» Ella se llamó a silencio. «¿Mamá?» Escuché un ruido extraño a través de la línea, pensé que ella había cubierto la bocina. «Estamos bien, hijo. Algo ocupados, ya sabes que las tareas aquí nunca terminan.»

No dije nada sobre eso, no era necesario para reconocer la verdad detrás de sus palabras; que algo pretendía ocultarse en ellas. «¿Papá está ahí?» El ruido extraño de antes se repitió, imaginé que ella giró su cabeza para verlo y él se negó a hablar conmigo. «Sí, pero no puede hablar ahora; está por salir.» No podía culparlo; él solo se mantenía fiel a su esencia, incluso si sabía cuánto iba a lastimarme eso.

«¿Los animales se escaparon otra vez?» El silencio se interpuso de nuevo. «No, eso solo sucedió una vez.» Ni siquiera ella podía mantenerlo como una duda no decirlo, pero el tono de mi madre me lo confirmó a su manera. Aquella vez se había tratado de un mensaje por parte de la comunidad: «No te queremos aquí». No insistí en cuestionarla acerca de eso. Le habría puesto una carga que ella no merecía.

«Bueno, me alegro mucho de que estén bien, yo también lo estoy... Si te parece bien, en unos días llamaré de nuevo.» Ella mantuvo su silencio y yo decidí devolverle la tranquilidad que le había quitado.

Quizás ninguno de los, en la necesidad de evitar un mayor sufrimiento, pudiéramos volver a ser honestos por completo, pero al menos podía intentar darle algo de seguridad. «No quise olvidarla aquella vez cuando fui, la Biblia sigue conmigo, en la mesa de noche que está junto a mi cama.»

Colgué la bocina para quedarme viendo el teléfono por un segundo. Ahora estaba seguro de que mi madre lo sabía. Yo no pensaba volver a Nagleté, ni siquiera de visita. Algo que ella me dejó interpretar como un mensaje recibido sin necesidad de decirlo. El silencio no era más que su segundo lenguaje; nunca preguntar sobre aquello que puede leerse entre líneas.

«Mamá», pensé antes de dejar ir ese mundo. No podía decir que entendía por qué alguien como ella aceptó esa vida, ese compañero, pero sí que, como tal vez me lo demostraron Marina y Héctor, irrespetar el ser ajeno no era mi derecho. ¿Con qué autoridad podría pararme frente a la vida de alguien más y cuestionar sus decisiones?

Poco después, Héctor y Marina regresaron. Los escuché reír como anticipación antes de que abrieran la puerta y me asomé al umbral para verlos entrar. Ellos venían cargando bolsas plásticas de color blanco, negro y verde intenso, colores que impedían que pudiera ver el contenido.

Ni bien ellos me vieron, se miraron entre sí e intentaron disimular mientras apagaban sus risas. «Álvaro, volvimos un rato antes. ¿Ya comiste algo?» Ella entró al comedor sin darme tiempo a contestar, dejó las bolsas sobre su silla y después se dirigió a la cocina. «Voy a prepararnos un café.»

Yo me detuve bajo el umbral del comedor, junto a Héctor. Él me sonrió en mueca y entró en el lugar para dejar sobre la mesa las demás bolsas que él traía. Luego miró a la cocina y volvió a mí para pedirme con el dedo índice encima de su boca que no dijera nada. Con cuidado, evitando tanto como le fue posible el ruido que hacía la bolsa, sacó un pequeño enterito de color rosa y en cuanto escuchó que Marina venía, volvió a guardarlo para quedarse mirando como ella entraba al comedor.

«¿Qué pasa, hace falta que te me quedes viendo así?» Él le sonrió y la besó al tiempo que la abrazaba. «Siempre gruñona la patrona.» Bromeó. Ella se quejó desde su lenguaje corporal hasta su afirmación. «Déjame, Héctor, vas a hacer que me queme con el café.»

Ella resopló cuando él la soltó. «A veces te pones demasiado intenso, Héctor.» Él le sonrió. «Pensaba que eso era lo que te gustaba de mí.» Aquel comentario seguido de una mirada un tanto lasciva me puso incómodo, pero no solo a mí.

«¡Héctor!» Marina lo reprendió de inmediato. Él encogió su cuello en tono burlón, como si algo lo hubiese golpeado en la cima de la cabeza. «Perdón, ya no diré nada, no te enojes.»

Todos hicimos de cuenta que aquello no pasó y nos dispusimos a beber café, pero poco después, Marina acarició la mejilla de Héctor. Él la miró; resultó obvio que esa era una señal que él estaba esperando. Ella asintió y él nos dejó solos. «Estaré arriba.»

Marina bebió otro sorbo de café cuando él subió por la escalera. «A veces me vuelve loca. Todavía no sé si lo hace con intención o por omisión del sentido común.» Ambos oímos la puerta del cuarto cerrarse en la planta alta. «Álvaro, quería hablar contigo.» ¿Se suponía que yo debía fingir sorpresa después de lo que me había mostrado Héctor?

«Sí, claro, ¿de qué se trata?» Marina frunció el ceño. «¿Cómo es que tu primera reacción no fue pensar que habías hecho algo mal?» Ella sacudió su cabeza. «No importa. Con Héctor hoy fuimos a nuestro médico de cabecera, tenía que buscar unos resultados.» Ella volvió a beber café. «¿Qué, por qué, te sucede algo?» Marina rió. «No, tranquilo.» Ella me tomó la mano para tranquilizarme. «Tenía que recoger unos estudios. Tenía un atraso y debíamos confirmar.» Asentí.

«¿Estás embarazada de una niña?» La expresión de Marina reveló confusión. «¿Niña, yo cuándo dije que fuera una niña?» No podía creer lo estúpido que había sido. «N-no solo pensé q...» Ella blanqueó los ojos y me ordenó callar con el gesto de su mano. «Héctor no se pudo aguantar, ¿cierto?» Marina tomó la bolsa arriba de la mesa y sacó el enterito rosa.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 26.07.2026

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