Esa mañana Héctor estaba en casa, desayunando con Marina. Ella le tocó el brazo al verme llegar; era claro que habían estado discutiendo algo acerca de mí. «Buenos días.» Me senté a la mesa y él no tardó en hacer su jugada. «Álvaro, nos enteramos de lo que pasó con Diego y Maribel, ¿qué te parece si también trabajas conmigo en las mañanas?» Dejé el vaso de jugo de naranja del que bebía. «Sí, hacemos un buen equipo, ¿no?» Él asintió cuando Marina se abrazaba a él y apoyaba la cabeza en su hombro. «Me da pena por ellos. La crisis es cada vez peor.» Aportó ella.
«Entonces estamos de acuerdo.» Héctor levantó su vaso de jugo y entre risas, los dos lo imitamos. «Por salir adelante juntos.» Fue el motivo de brindar.
Estaba agradecido con ellos, por la manera en que cada vez me daban más lugar en sus vidas, en que se preocupaban por mí, pero mi cabeza ya había comenzado a tomar distancia de eso. No quería sentirme una carga; sin embargo, cada vez se estaba volviendo más difícil no sentirme justo así.
«¿Estás bien, Álvaro?» Más tarde esa mañana, Héctor notó que no estaba presente del todo en el trabajo y me preguntó aquello mientras llevábamos una mesa al camión. «Sí, todo está bien.» Él bajó la mesa, pidiéndome frenar. «¿Estás seguro?» No supe bien qué decirle. «¿Algo te molesta o estás pensando en tu pueblo? ¿Irás allí este fin de semana? Podemos cancelar nuestro plan de pesca si es así.» Noté tristeza tanto en su tono de voz como en su cara. «No, ahí ya no hay nada para mí.» Confesé y al instante tragué saliva. Quizás ni siquiera había querido decir eso con tanta seguridad, pero así surgió.
«Lo bueno es que te diste cuenta cuando ya no estabas ahí.» Bromeó. Solo le sonreí cuando alzamos la mesa para seguir trabajando y él me empujó con la misma. «No sé qué estés pensando; a veces pareces la persona más simple del mundo y al siguiente eres un enigma. Creo que solo puedo decir que si algún día quieres ponerlo en palabras...» Él no terminó su frase, ambos sabíamos que no hacía falta.
Diría que nosotros solo dejamos ir el tema, pero no pude evitar percatarme de su mirada inquisidora a lo largo del día. «Álvaro, ¿sabes manejar?» Héctor me lo preguntó con una sonrisa cuando volvíamos a la casa. «No, en el pueblo no teníamos ni siquiera un tractor.» Él se quedó pensando. «¿O sea que hacían todo a mano en su pueblo, incluso el arado?» Su inocencia me hizo reír. «No, Héctor, teníamos zulky y caballos. Tampoco es que en Nagleté estuviéramos viviendo en el año 1.700.» La gracia fue contagiosa y pronto él estaba riendo a carcajadas. «Es verdad, dije una estupidez jajaja.» Levanté mis cejas. «Quién soy yo para llevarte la contraría.»
«¿Entonces..., te animas, Álvaro?» Héctor se puso serio y yo fingí tomar el volante y girarlo en el aire para estar seguro acerca de aquello a lo que se refería. Él asintió. «Creo que podríamos intentarlo, pero... ¿por qué me lo pides?» Él me sonrió en mueca y desvió su mirada al frente. «Resulta que también soy humano y en ocasiones yo también me canso, sería bueno que alguna vez otra persona pueda tomar el volante y yo solo descansar durante el viaje.» Su pedido resultaba lógico. Podía entender el hartazgo de realizar una misma tarea por demasiado tiempo. No dije nada. «Entonces, y ya que no quieres ir a tu pueblo, el sábado será de pesca y el domingo de clases de manejo. Tenemos un trato.»
Cuando volvimos a la casa Marina nos estaba esperando con comida, igual que siempre, y aquellas miradas entre ellos que pretendían dejarme fuera, se repitieron. Como si ella estuviera buscando una confirmación. Yo sabía que había algo oculto, aunque todavía no podía tomar dimensión de aquello. Podía intuir que se trataba sobre esa conversación sobre manejar, pero aún así tenía la sensación de que algo se me escapaba. «¿Cómo les fue?» Marina tomó el abrigo de Héctor y lo colgó en el perchero a un lado de la puerta principal. «Bien, estamos a toda marcha. Mis tres camiones están ocupados con seis empleados. El dinero no deja de llegar, Marina. La vida es buena.»
No dije nada incluso si esa afirmación me resultó demasiado desubicada. Ese mismo flujo de dinero a su negocio era la ausencia que hacía cerrar otros, pero Héctor era así. Creo que ya lo conocía lo suficiente para entender que él no pensaba demasiado en las palabras y por eso, a veces sus comentarios podían percibirse insensibles. Al final, la felicidad de ambos era genuina, sin mala intención para con los demás así que no había nada que señalar ni juzgar.
Pensé en Diego y Maribel. Creo que la situación me sobrepasó y por eso no atiné a pedirles su número. Por más que ahora quisiera saber cómo estaban, no había manera de llegar a ellos. La ciudad misma era demasiado grande para poder localizarlos sin referencia alguna. «No te preocupes, Álvaro, nosotros estaremos bien.» Las palabras de Diego volvieron a mi mente y elegí creer que eran ciertas. Que él no me mentiría. Después de todo, su hijo parecía un buen hombre, uno que tendría abandonarlos como opción imposible.
Me hubiera gustado llegar a las palabras justas sin revisar tanto el camino, pero quizás no era nadie distinto a mí mismo quien todavía no permitía algo así. No obstante, dudo que Marina y Héctor estuviesen dispuestos a hablar así como así de aquello que me estaban ocultando.
Nagleté no era diferente. De hecho, el presente me devolvió la misma sensación. Un lugar al que llegabas y el silencio gritaba hablando entre gestos y miradas. Es una paradoja en sí misma lo ruidoso que puede llegar a ser la ausencia de palabras. Supongo que allí tenía sentido; eran los adultos quienes callaban, casi decidiendo por arbitrariedad que nosotros no estábamos listos para escuchar. Tiendo a creer que esas costumbres nacen de la ignorancia sobre el daño que causan. Al fin y al cabo, no puedes salir a la vida sin un mínimo conocimiento acerca de cómo funciona, no si quieres que las cosas para ti salgan bien.
«La comida está lista.» Nos dijo Marina después de besar a Héctor. Él la siguió al comedor y le dijo algo que me resultó curioso. «¿Dónde está tu sombra?» La actitud y el tono de Héctor decían que él estaba jugando, pero Marina no lo tomó bien. Se frenó en seco y se giró para verlo a los ojos. «No digas eso.» Sonó fuerte y claro dentro de mi mente en la voz de ella, más que molesta. Héctor me miró y me enseñó los dientes como quien reconoce al instante un error por el que obtuvo el merecido castigo.