Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 22: Sombra (1/3)

Esa mañana no tuvo que pasar demasiado para que pudiera percatarme de que había llegado el sábado. Héctor me despertó, ansioso por la aventura que nos esperaba. «Álvaro, ¿estás despierto? Debemos llegar temprano para que no nos quiten el mejor lugar.» Tras escuchar su voz observé la ventana, el cielo ni siquiera comenzaba a tornarse celeste, quizás eran alrededor de las 5 A. M. «Iré en un momento.»

Escuché la caja llena de artículos moverse y la punta de las cañas de pescar chocar con una pared. «¡Pero cómo!» Héctor se quejó del suceso, lo que me hizo reír. Parecía que él todavía no entendía que las dimensiones de un pasillo no estaban pensadas para andar con esos objetos sin cuidado. «Te espero afuera, en la camioneta.» Sus pasos fueron igual de sonoros y seguros al bajar la escalera e incluso lo escuché reír por lo bajo. No recordaba tanta alegría y ansiedad conviviendo en él.

Me lavé la cara, me vestí a prisa y bajé rumbo a la puerta principal. Marina me estaba esperando con el desayuno dispuesto en viandas para llevar. «Buena suerte, para él pescar es como si un científico descubriera materia oscura. Tendrás que ser paciente, Álvaro.» No pude evitar reír con su comparación así que tomé el desayuno y salí de la casa después de agradecerle por esa atención. Héctor me abrió la puerta de la camioneta y le dio algunas palmadas al asiento, indicándome subir a la cabina.

El viaje fue ameno, comimos como pudimos y debimos café con mucho cuidado, por suerte no hubo mayores inconvenientes. «Será muy emocionante, ya verás.» Prometió con la ilusión de un niño en los ojos. Era extraño verlo así, no incómodo, no molesto, solo extraño. Como si él estuviera pensando que encontró un amigo, uno con el que no debía competir ni preocuparse por tener que superarlo de algún modo.

«¿Dónde está tu sombra?» Repitió; él ya había dicho eso el día anterior, pero yo seguía sin saber qué significa. Podría haberle preguntado, pero decidí esperar. «¿Y va mucha gente a pescar a ese lago? Como dijiste que nos podían quitar tu lugar favorito.» Él suspiró. «Cada vez van menos pescadores.» Reconoció con tristeza en la voz. «Bueno, no es que alguna vez hubiera ido demasiada gente, pero desde que se descubrió que muchos desagües están conectados al lago, son cada vez menos.»

Entonces me quedó claro por qué me había dicho antes que esos peces no podían comerse. «¿Y nadie hace nada? Eso podría convertirse en un desastre ambiental si no se controla.» Héctor me miró por un momento y luego devolvió su vista al camino. «Eso sí, pero bueno, si no quieres que la gente tire sus desechos ahí, debes construir cloacas. ¿Crees que eso es posible, por qué piensas que le presto tanta atención al camino? En cualquier momento podría aparecer un bache demasiado grande y sería el final de nuestro viaje.» Héctor no retuvo sus carcajadas sin despegarse del volante. No supe qué pensar. Él podía estarme tomando el pelo o diciendo la verdad, y eso sería peor cuando significaría que estábamos en peligro.

Manejó cerca de 30 minutos para llevarnos a aquel lado, uno diferente al que estaba cerca de la casa. No solo en distancia, también en apariencia. Allí no había cuidados necesarios para mantener la maleza a raya. Naturaleza en toda su extensión.

«Álvaro, ven.» Héctor se había bajado de la camioneta mientras yo abría la caja trasera para bajar los artículos a mi alcance. Él había estirado un poco las piernas y luego caminó a la orilla del lago. «Mira.» Me señaló la orilla del lago y allí pude verlo, una fila de varios caños metálicos tenían sus salidas ahí. «Supongo que es más barato pagar por kilómetros de cañería, que por cloacas.» Asentí mientras seguía observando aquello, algunos de los caños todavía estaban goteando aguas servidas.

Él me dio una palmada en el hombro, tal vez para avisarme que no tenía sentido darle vueltas a eso y regresó a la camioneta. «Álvaro, vamos.» Héctor estaba arriba de la caja quitando los últimos amarres del pequeño bote que trajimos encima. El tamaño suficiente para dos personas a las esquinas, una hielera y una caja con artículos de pesca al centro. «Ten cuidado, es más pesado de lo que parece.» Él empujó hasta que pude tomar unos de los bordes. «Espera.» Pasó por debajo del bote y volvió a empujar desde atrás. Tuve que apoyar la punta en el suelo porque él tenía razón, la madera parecía demasiado maciza y eso se traducía a peso real. Luego él bajó y tomando una orilla cada uno, lo hicimos girar y lo llevamos al agua.

Héctor resopló y bajó su cabeza un momento mientras sostenía el bote desde la orilla. «Hay que traer los remos y las otras cosas, yo lo detendré.» Pensé en eso, me causó algo de gracia. ¿Por qué no traer una soga y una estaca para el bote en vez de retenerlo de ese modo? «Yo lo traigo.» Acepté. Héctor me invitó a subir primero después de que yo regresara y hubiéramos ordenado todo dentro del bote. Él también entró, soltó su agarre y saltó dentro justo cuando el bote empezaba a alejarse de la orilla. Era claro que él no quería mojarse, pero ¿cómo se suponía que íbamos a bajarnos después sin mojarnos con la falta de una orilla a la que sujetarse?

Él posicionó los remos y empezamos a avanzar. Miré alrededor, solo naturaleza, ruidos de animales y aves; nadie más estaba en las cercanías. Comenzaba a amanecer cuando llegamos a su lugar, el centro del lago. «Les ganamos a todos.» Él sonrió ante mi afirmación y abrió la caja de artículos para preparar las cañas. «¿Fuiste a pescar alguna vez?» La delicadeza con la que partía lombrices y las clavaba en los anzuelos, resultó entretenido. Creo que ya venía al científico buscando la materia oscura del que hablaba Marina. «De niño, pero era muy pequeño para recordar mucho sobre eso.» Él asintió. «Jumn... ¿no tenían un lago cercano en Nagleté?» Negué. «Nuestra relación con el agua dependía de sacarla de pozos.»

Héctor se quedó callado, pensando. La expresión de su cara y sus ojos en permanente movimiento anunciaban el análisis de varios pensamientos propios. «Pero comer pescado es bueno. Creo que fue en el periódico que leí acerca del omega 3.» Reí con cautela. «Héctor, dime una cosa, ¿crees que el hecho de que no tuviéramos algo cerca nos hacía renunciar a eso?» Él no dijo nada, confirmando mi teoría. «Nosotros vendíamos en distintas ciudades lo que producíamos ahí, vegetales, animales y de vuelta traíamos lo que nos hacía falta, incluyendo peces.» Él asintió, asimilando la lógica.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 26.07.2026

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