Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 22: Sombra (2/3)

Llevábamos alrededor de 20 minutos mirando el agua, esperando una mínima tensión en las líneas y compartiendo breves comentarios, cuando me di cuenta de que nadie más vendría. La distancia, tanto en visión como sonido, no devolvía más que un movimiento fugaz y uno que otro ruido que podía presumir de algún animal.

Héctor abrió la hielera y me arrojó una cerveza que atajé en el aire, casi contra mi pecho. Él rió cuando lo miré de vuelta, satisfecho de que no yo no estaba esperando aquel movimiento y luego tomó otra lata para sí mismo. «En una de nuestras primeras citas traje a Marina a este lugar. Digamos que eso no salió del todo bien.» Podía verlo conteniendo la risa por recordar esa experiencia. «Creo que las mujeres y la naturaleza no son las mejores amigas.»

Bebí un trago de cerveza. El sabor me resultó horrible, chocante, pero no podía dejarle saber a Héctor que yo nunca antes había bebido alcohol. «Sí, creo que puedo entender por qué. Ella es muy celosa de su entorno. La ventana del comedor, me pidió arreglarla y me contó que ya la había hecho arreglar varias veces, pero aunque siempre le daba problemas, ella se negaba a cambiarla para no arruinar la estética de la casa.»

Héctor terminó de beber y se me quedó viendo. «Ella es controladora... Si quieres verla así, pero yo diría que más bien, Marina entiende las consecuencias que pueden acarrear no serlo.» No me esperaba una respuesta tan seria de su parte. «Álvaro, dime una cosa, ¿qué piensas de mí?» Fruncí el ceño. ¿Era eso una pregunta capciosa? «Que no te importe decirlo tal cual lo piensas. Prefiero a la gente que muestra sus cartas, aunque tengan una mejor mano que la mía.»

Negué. «No hay cartas para mostrar, Héctor. Yo soy lo que ves.» Él asintió y luego de beber otro trago de cerveza, volvió a mirarme y a quedarse esperando mi respuesta. «Al principio pensé que tal vez nosotros tendríamos problemas, que tú no querías verme en la casa, pero con el tiempo creo que empecé a percibir algo diferente. No es fácil llegar a ti, pero con la paciencia necesaria para cruzar esa frontera, diría que eres un buen tipo.» Héctor me devolvió la mueca de una sonrisa. «Creo que nunca me disculpé por eso.» Él me tendió su mano y yo se la estreché. «No debí tratarte así.» Solo asentí.

«¿Dónde está tu sombra?» Héctor retomó la pregunta que yo ya había oído varias veces, pero él no la dirigió hacia mí. Su vista había vuelto a la caña y la línea que seguía sin volverse tensa. «Tal vez ya no quedan peces aquí, Álvaro; pasó mucho desde la última vez que vine a este lago.» Pensé en dejarlo ir, pero no pude evitarlo. «¿Qué significa eso?» Héctor me miró con cierta curiosidad. «Es que no tenía con quién venir, Marina no era una op...» Interrumpí. «No, ¿dónde está tu sombra, qué significa eso? Ya te escuché decir lo mismo varias veces.»

Él acomodó la caña de pescar sobre el borde del bote, dejando el mango bajo su pie para sostenerla mientras se acomodó para quedar sentado en mi dirección. Sus manos quedaron suspendidas, con los antebrazos apoyados sobre sus piernas. Después aplastó la lata vacía que tenía en su mano derecha y la arrojó al centro del bote, junto a la hielera y la caja de pesca. «Es lo que la gente solía preguntarme cuando me veía solo después de que eso pasó.»

Héctor sonrió con amargura antes de asentir y continuar. «De adolescente tuve un perro, diría que él era casi del tamaño de un lobo, de pelo largo y negro como la noche. Lo llamé sombra y se volvió mi protector a tiempo completo. Él siempre estaba a mi lado, agazapado, con sus ojos arriba y sus dientes siempre dispuestos a aparecer si alguien se acercaba demasiado a mí.» Héctor tragó saliva y luego se aclaró la garganta. «Me temo que eso no terminó bien para ninguno de los dos.»

Su expresión me dijo que quizás ese era un tema que no debía tocarse, pero su postura, su disposición hacia mí, también me decía que él ya había decidido hablar sobre eso. Que aquella pregunta repetida podría no haber sido nada más que una invitación a mi curiosidad. «Lo siento mucho.» Héctor alzó la vista y se mantuvo en silencio. Creo que en ese momento, tanto él como yo estábamos tratando de entender por qué le había dicho eso. «No tienes por qué, no fue tu culpa.» La seriedad de Héctor se mantuvo intacta, aún si el tono de su voz pretendía algo de calidez. «Yo amaba a ese perro, nunca había tenido un compañero tan fiel como él. Incluso Sombra se acostaba a mis pies en la cama y se aseguraba de que nadie pudiera acercarse mientras yo dormía.» Le sonreí. «Pero ese fue el problema.» El tono de su voz se oscureció y su vista cayó a la lata aplastada.

«Tenía 15 años cuando mi padre decidió que yo estaba perdiendo tiempo, que ya debía ponerme a trabajar como un adulto. Mi madre había logrado convencerlo de lo contrario diciéndole que yo debía ocuparme de estudiar, de ser alguien a diferencia de ellos. Provengo de una familia sin títulos académicos, pero con una gran determinación para el trabajo duro.» Héctor abrió la hielera como si fuera a tomar otra cerveza, pero no lo hizo, solo se quedó mirando el hielo al interior de aquel contenedor. Yo estaba a punto de beber otro trago, creo que ya me estaba acostumbrando al sabor de la cerveza, pero bajé la lata y la dejé a un lado de mi pie izquierdo. «¿Eres zurdo?» Cuando levanté la vista, después de oír la pregunta, Héctor observaba mi acción. Entendí que quizás ese detalle no le importaba para nada más que la búsqueda de una salida a esa sensación incómoda que lo estaba dominando. Tal vez yo no tendría que haber insistido sobre su pregunta repetida. ¿Dónde está tu sombra?

«Esa mañana mi padre vino a despertarme, Sombra estaba ahí, a los pies de mi cama como siempre y por alguna razón, mi padre decidió que lo correcto era provocarlo, no lo sé, tal vez quería demostrar que también podía dominarlo a él. Sombra le estaba mostrando los dientes, diciéndole que no debía acercarse, pero él lo hizo de todos modos en su intento de llegar a mí.



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En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 16.08.2026

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