Qué esperar cuando no esperas nada

Capítulo 23: Distorsión

Héctor se ofreció a bajarse del bote cuando volvimos a la orilla. Íbamos a preparar y comer la carne asada antes de volver a la casa. Algo que tiempo después, se convirtió en un viaje a ventanas bajas. Podría decirse que, su pantalón que se había sumergido en esas aguas, era de todo menos algo que oliera bien. Antes, él se había ofrecido a bajar para sostener el bote y que yo pudiera bajar a la orilla sin ensuciarme, me pareció un trato justo después del pésimo momento que me hizo pasar. «Apuesto a que esta será una aventura que nunca olvidarás.» Bromeó en el camino de vuelta.

De hecho, cuando entramos a la casa estábamos riendo lejos de cualquier incomodidad, pero Marina, cuando se nos puso en frente y se tapó la nariz, nos hizo pisar tierra. «Vas a subir, darte un baño y lavar o quemar ese pantalón.» Héctor me miró con complicidad y se dispuso a obedecer. Cuando él pasó a su lado, Ella le puso la mano en la cara para rechazar un beso suyo. «Ni sueñes que te vas a acercar a mí con ese olor.» Él no se ofendió, muy por el contrario, Héctor rió cuando iba escaleras arriba.

Marina estiró su mano cuando se acercaba a mí para pedirme parte de las cosas que trajimos de vuelta. Luego me acompañó y me fue pasando todo para dejarlo en el cuarto de herramientas bajo la escaleras. Todo parecía normal hasta que terminé de ordenar, pero ella no se movió de la puerta. En su lugar puso su mano en el marco del lado izquierdo y tomó la perilla de la puerta con su mano derecha. Un segundo después asintió para terminar por desistir de esa actitud y se dirigió al comedor.

«¿Qué tal lo pasaron?» Su tono fue elevado, pero solo se debía a la distancia. No percibí molestias de su parte. «Bien, diría que fue divertido.» Me asomé al comedor, pero ella estaba en la cocina. La oí reír. «Me imagino que sí, ¿sacaron muchos peces?» Tomé asiento a la mesa. «Ni uno solo, dudo que quede algo vivo ahí, pero como diría Héctor, lo que importa es la experiencia.» Ella volvió a reír cuando regresaba al comedor con una bandeja y tres tazas de café. «Ten cuidado con eso, no te dejes influenciar demasiado por él.» Asentí y sonreí percibiendo cierto tono bromista en ella.

Pienso que, aunque Marina no lo dijera con palabras, ella estaba contenta de que él y yo hubiéramos podido resolver nuestras diferencias y por eso se permitía bromear así. «Dime la verdad, ¿Héctor se portó bien contigo?» En esa ocasión fui yo quien rió. «¿Lo pondrás en penitencia si digo que no?» Ella abrió su boca en la sorpresa de una confirmación. «Tengo que separarlos, es un hecho.» Después me pasó una taza y tomó otra para sí misma en lo que esperábamos a Héctor. «Tenías razón respecto a él; puede que a veces sea más una cuestión de perspectiva.» Ella sonrió y bajó su mirada un momento.

«Te sorprendería saber la cantidad de veces que pensé, ¿qué estoy haciendo? Para mí tampoco fue fácil acostumbrarme a él y mucho menos imaginar que podríamos llegar hasta este punto.» Yo agradecía cuando Marina se permitía ser así de honesta. Quizás para alguien más eso no tendría ninguna importancia, pero para mí sí que la tenía. Me hacía sentir más cercano, más parte. «Durante estos años de relación nosotros fuimos y volvimos tantas veces. No fue hasta que él aceptó que yo era más capaz de llevar las riendas y decidió actuar en consecuencia, que pude permitirme pensar en algo más serio para nosotros.»

Marina me sonrió y llevó su mano fuera de mi vista, bajo el borde de la mesa y encima de su vientre. «Esperemos que no demasiado.» Ambos compartimos una sonrisa y volvimos la cabeza al umbral, los pasos de Héctor en la escalera lo estaban delatando de regreso.

«No sé qué te dijo, pero miente.» Los tres reímos por su reacción cuando él notó que ambos lo estábamos viendo. Héctor siguió su camino y se sentó a su lado, esta vez, con el permiso de Marina para besarla y tocarle el vientre. Ella puso su mano encima de la de él y se miraron con notable dulzura. Aquello no me incomodó; se sintió como si me compartieran un poco de su felicidad cuando me sentí tan bien de verlos tan unidos.

Melisa me tomó de la mano cuando caminábamos los dos solos por una de las calles principales del pueblo. Para ese momento teníamos dos meses juntos y era la primera vez que podíamos salir en soledad. Era claro que en Nagleté hasta los árboles tenían ojos, pero aún así, cada vez que salía con ella, ya fuese Milton y otra muchacha o una de sus hermanas tenía que venir con nosotros. Melisa estaba hermosa esa tarde, el sol de primera hacía brillar su cabellera castaña y sus ojos almendra. «Que suerte que por fin nos dejaron salir solos.» Dijo con plena seguridad.

Ella se acercó más, aferrándose a mi brazo y apoyando su cabeza encima mientras seguíamos caminando. «Mamá no estuvo de acuerdo, ella cree que una muchacha sin estricta vigilancia puede desviarse del camino muy rápido, pero papá intervino. Dijo que eras un gran muchacho, que te conocía bien y a tu familia. Además, también dijo que sabía dónde vivías y que yo debía decirte que él dijo eso. Nada de dudas permitidas.» Ambos reímos.

Seguimos caminando hasta que llegamos al granero comunitario. Allí, en su costado izquierdo, había una madera frente a la pared que servía de banca. Melisa me llevó de la mano hasta el lugar y nos sentamos. «Creo que así deben sentirse las personas famosas.» Las personas alrededor llevaban a cabo sus actividades sin dejar de mirar en nuestra dirección de cuando en vez. Puede que fuera la más flexible de las vigilancias, pero de todos modos no perdía ese propósito.

«¿Te molesta eso, que nos vean?» Ella negó. «Yo creo que tú podrías haber sido muy famosa, eres hermosa.» Ella se sonrojó cuando sonreía y se acomodaba un mechón de cabellos detrás de la oreja. «¿Lo crees, Álvaro, crees que soy hermosa.» Asentí. Melisa miró alrededor mientras se mordía los labios y al notar que nadie nos miraba, me dio un beso rápido. «Yo pienso lo mismo de ti.» Ella volvió a apoyar su cabeza en mi hombro. «Creo que nuestros hijos, si algún día los tenemos, serán muy hermosos. Pero lo más importante, buenas personas si se parecen a su padre.»



#576 en Joven Adulto
#901 en Thriller
#415 en Misterio

En el texto hay: comprension, elecciones

Editado: 16.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.