A veces puedes llegar a pensar que el tiempo para todo es capaz de sobrar.
La mañana siguiente, en mi baño privado, las gotas de agua rodaron por mi cara mientras mis manos se aferraban al borde del lavabo y mi mirada se centraba en mi propio reflejo.
Todo parecía indicar que hay sensaciones que no están hechas para caber en palabras. Sin importar cuántas se usen.
Mirar de vuelta los ojos que siempre te pertenecieron y notar diferencias en ellos puede ser algo demasiado difícil de asimilar.
Mi mente estaba siendo clara; el tiempo de la elección estaba llamando a la puerta y tal vez ya no podía seguir fingiendo que yo no estaba en casa por mucho más.
La toalla secando mi rostro me recordó que la realidad era eso que seguía estando bajo mis pies.
Volví al cuarto y luego de ponerme una camiseta, me senté en la cama para hacer lo mismo con las medias y los zapatos. Una vez terminé con eso, mis antebrazos bajaron a mis rodillas, dejando mis manos en el aire y mi vista al frente.
El sol afuera estaba radiante así que decidí abrir la ventana y dejarla así. Sin nada más que hacer allí, fui escaleras abajo en medio del silencio. El mismo silencio de la casa que me decía que Marina y Héctor aún no habían despertado.
Atravesar el umbral del comedor y seguir hacia la cocina me lo confirmó. Miré el reloj de pared. 7:30 A. M.
Me les adelanté.
Algo que no tenía por qué estar mal, muy por el contrario, me daba la posibilidad de devolverles algo de su amabilidad. Tanto a Marina por abandonar la cama antes para tener el desayuno listo para nosotros cada mañana, así como a Héctor por su generosidad conmigo.
Sin perder tiempo, tomé los ingredientes y me puse a la tarea cuando algo me decía que si ella me veía tomaría la tarea y solo iba a desplazar mi buena intención, una que ni siquiera querría escuchar.
Para cuando ellos bajaron al comedor, yo ya tenía todo sobre la mesa servido en sus platos y cubierto con otro plato para que no se enfriara. Marina fue la primera en llegar al umbral, Héctor la alcanzó dos pasos después. Se miraron entre sí, luego a mí. Un acto que yo les devolví mientras me llevaba un bocado a la boca con mi cabeza un poco de lado.
«No lo serví hace mucho y lo tapé.» Marina asintió y se dirigió a su lugar seguida por Héctor. «Creo que me dormí.» Ella descubrió el plato y tomó el tenedor para dar el primer bocado.
Héctor sacudió la cabeza en un movimiento involuntario cuando se dio cuenta de que yo había notado cómo él se quedó viéndome. Imitó la acción de Marina descubriendo el plato y tomando su cubierto, todo con la mirada baja.
«Hoy tenemos la agenda llena, vas a manejar bastante, Álvaro.» Me serví un trago de jugo de naranja, pero no respondí. No porque no quisiera; la sensación de que había una conversación entre ellos sucediendo en mis ausencias se volvía más intensa.
¿Ahora los 3 nos estábamos ocultando cosas?
Minutos después, el desayuno terminó. Héctor pareció comer tan a prisa como le fue posible por alcanzarme mientras yo terminaba y Marina solo nos miró a ambos como si ella estuviera pensando que veía la competencia entre dos niños con cuerpo de hombre.
«Álvaro, come más rápido. La luz no va a durar mucho.» Era invierno en Nagleté y eso significaba que de vez en cuando había que dedicar un día entero para ir al bosque cercano, talar, trozar y traer leña para apilar fuera de la casa, bajo el techo improvisado a un lado, en el pasillo que llevaba al patio trasero donde también estaba el gallinero cubierto. El lado bueno después de tanto trabajo era que vería a Milton. La única persona con la que podía ser tonto sin que las miradas y los comentarios dijesen que, como jóvenes, ya era tiempo de asumir la seriedad de los hombres.
Es curioso cómo sucede eso, cómo en un mundo de figuras opacas y regulares, alguien es lo contrario, pero lo más revelador resulta ser que, a veces, esa persona ni siquiera sabe que lo es. Como una cualidad con la que se nació y de la que no se puede renegar ni ocultar. Diría tantas cosas sobre la libertad, pero al final de cuentas, puede que la respuesta no sea más que una interminable acumulación de pistas.
«Álvaro...» Héctor se había puesto de pie frente a mí, esperando mi atención antes de continuar. «Yo voy saliendo, te espero en el camión.» Asentí para verlo salir y después volví a mirar a Marina. Ella jugaba con la comida que quedaba en su plato, hundiendo el tenedor, volviéndolo a levantar, moviéndola de lugar.
«Que les vaya bien.» Su tono sonó seco, no apático ni apagado, más cercano a lo monótono de una rutina asimilada. «Gracias.» Bajo el umbral me detuve y giré la cabeza un momento, ella seguía allí, con el tenedor recto sobre su plato y la mueca de una sonrisa para mí.
Cuando salí de la casa, Héctor estaba esperándome sentado en el lado del acompañante. Él hablaba en serio cuando me llamó el conductor designado. Debo reconocer que yo lo pensaba: quizás está confiando demasiado en mí, pero presentía que no era tan simple. Sí, desde que habíamos solucionado nuestras diferencias él se había convertido casi en otra persona.
No es que ya no pudiera ver el peligro de la explosión cuando alguien en la calle lo presionaba demasiado, pero ya no sentía que ninguna parte de ese posible cólera estuviera dirigida hacia mí. «Hay gente que habla de la paciencia como una virtud, pero algo me dice que nunca la pusieron a prueba. Tratar con personas diferentes todos los días, ahí está la cuestión.»
La mañana no trajo mayores contratiempos para nosotros. Lo más significativo, en la consideración de problemático, diría que fue un intercambio con un cliente. El hombre se negaba a aceptar el precio acordado y Héctor a ceder con una reducción del precio.
Recordé las palabras de Diego sobre que a veces resultaba mejor perder un poco de efectivo en vez de un cliente. «Tal vez podamos llegar a un acuerdo. Un punto medio con el que ambos se sientan cómodos.» Ellos detuvieron su discusión y se volvieron para verme. Pude ver lo que se estaba volviendo enojo real en aquellos pares de ojos, pero para mi sorpresa, mi propuesta fue bien recibida.