«Creo que lo entiendo... De alguna manera lo hago.» Melisa sonrió. Ambos estábamos sentados en los escalones bajo el techo del porche en su casa. Días atrás, cuando ella se desnudó ofreciéndome su cuerpo y la rechacé, también le confirmé el rumor que se había esparcido igual que el fuego en un día ventoso sobre un bosque seco.
Yo iba a irme de Nagleté.
Ese día, de vuelta al porche, ella se sentía diferente. Como si el duelo de nuestra relación la hubiera convencido de que no era correcto asignar culpas a ninguno de los dos. Querer cosas diferentes nos había separado y no era su culpa no poder seguirme ni la mía querer salir de allí. Después de todo, ¿qué éramos los humanos además de aquellos intentando encontrar su propio rumbo en medio de todos los demás y el inmenso firmamento convirtiendo en infinita la posibilidad?
Quizás ella nunca supiera cuánto la amaba ni cuánto lo seguía haciendo, pero ese amor tenía un precio que no podía pagar. La presión fue suficiente para hacerme entender cómo la simulación del bienestar termina siendo la condena que destruye su significado real.
«Eso no quiere decir que no volveré, podremos vernos de ves en cuando. Al menos, hasta que consigas a alguien más. No quisiera arruinar la felicidad que te mereces» Melisa sonrió para hacerme creer que estaba de acuerdo, pero pronto me demostró que no era nada cercano a eso. «¿Cómo se supone que habrá alguien más para mí si aquí no hay nadie más como tú?» Sus palabras no sonaron como reclamo, de ninguna manera. Tal vez esas palabras ni siquiera habían sido para mí; solo una confirmación sobre el ideal que ella había creado acerca de mí y que solo necesitaba decir en voz alta para sí misma.
¿Cómo decirlo? Sentir el dolor que causas en alguien más como si fuera tuyo es algo que no le deseo a nadie, pero la vida me demostró en varias ocasiones que esa es la manera en que decide funcionar. Puede que no haya negación ni prohibición, pero siempre hay algo que debes entregar como ofrenda de paz...
Perdona mi divague.
Sucede contra mi voluntad cuando ya no puedo ignorarlo. Pensé que eso ya había quedado atrás, pero ¿es eso en verdad posible? Resulta obvio que la mente espera su oportunidad y que por eso en algún momento te mostrará tus propios pasos vueltos huellas para después decir: Mira dónde estás, ¿valió la pena?
No lo sé. Todavía no.
Elijo creer que Melisa lo sabe. Que aquel rechazo en el granero comunitario no significó que ella no me pareciera hermosa, que no la deseaba con intensidad. Si ella fue capaz de decir que en Nagleté no había nadie como yo y hacerlo de manera en que pudiera creerle cada palabra, sabe por qué no pude dar ese paso. Que acostarnos aquel día se hubiese sentido como aprovecharse de una vulnerabilidad en ella que yo mismo causé. Quizás el cuerpo estaría satisfecho, pero la conciencia amenazaba con convertirse en el peso capaz de aplastarlo todo. Una vez más, el precio de las decisiones no tarda en llegar.
Afuera el día mostraba un excelente clima otra vez. Pasé mi mano izquierda de manera ascendente desde el cuello a la nuca cuando bajé mi cabeza un momento, luego apoyé ambas manos en la cama, a los lados de mi cuerpo y las usé de impulso para ponerme de pie. La vida también es bastante clara respecto a eso: No espera a nadie.
«Álvaro.» Marina me llamó desde la sala cuando bajaba la escalera. Ella debió de escuchar mis pasos. «Voy.»
Ni bien atravesar el umbral de la sala mi cuerpo se congeló después de que mis manos subieran a la altura de mi pecho. «Marina, ¿qué haces?» Ella me sonrió parada al otro lado de su escabel y sosteniendo la escopeta en mi dirección. «Estaba esperando que me dijeras algo, que me preguntarás por qué esta arma estaba ahí, pero no dijiste nada. Hiciste de cuenta que no pasaba nada. Que no la habías visto ni tocado. Bueno, Álvaro, mi paciencia se agotó.»
Ella tiró el seguro de espiga hacia atrás con su dedo pulgar, quitando el seguro y puso su dedo anular en el gatillo. «¿Crees que no lo sabía, Álvaro? ¿Que no sé que pensaste en aquella historia en la que no me importó desvivir a mi marido y a una empleada inocente?» Tragué saliva.
Ella levantó la escopeta, en línea horizontal inclinada, justo en dirección a mi cabeza. Marina rió ante el pánico en mi cara. Bajó el arma y apretó el gatillo en dirección al piso.
‘Click’. Y nada más.
«Tú ya sabías que estaba descargada, ¿no? ¿Por qué tanto miedo?» Respiré aliviado y para mi sorpresa, mis piernas no habían dejado de estar firmes en ningún momento. «¿¡Cómo me haces una broma así!?» Ella no me respondió. No podía dejar de reír mientras dejaba la escopeta encima del escabel y se sentaba en su sillón. «Perdón, de tanto pensar en las miles de cosas que estarían dando vueltas en tu cabeza desde que viste la escopeta, no pude evitarlo. Era demasiado bueno para dejarlo pasar.» Confesó como si no supiera que casi me había matado del susto.
«Álvaro, siéntate, por favor. Ahora sí tenemos que hablar. De verdad, como adultos.» Lo pensé un segundo y accedí cuando mi corazón todavía no entendía si calmarse o explotar. «Ay,Álvaro, por favor. Dejaste escopeta abierta, ¿cómo no iba a saber que la habías encontrado y que también la habías tocado? Además, abrirla, ¿está cargada o no? Muy inteligente de tu parte, aunque no del todo. Bien pudo haber una caja de cartuchos guardada en otro lugar.» Ella sonrió. Al fin se había calmado de su ataque de risa.
«Héctor no está, esta mañana de repente tuve antojos de cosas que por casualidad no hay en la casa. Confío en que sabes guardar un secreto. Así como los puedes guardar para él y lo que sucedió el sábado entre ustedes, no espero menos para mí. ¿Te parece un pedido justo?»
Difícil negarse a eso, ya no sabía a cuál de los dos tenerle más miedo. «Creo que nos debíamos esta charla, hace mucho de hecho, pero estaba esperando que dieras el paso. No sé si no lo diste por subestimación o lealtad, pero si soy honesta contigo, Álvaro, y por lo que te conozco, me inclino más por lo segundo.» Ella me sostuvo la mirada. «¿Importa?» Marina negó. «No importa. En eso tienes razón. Y por eso te lo dije varias veces, Álvaro, ellos nunca dejaron de venir aquí, sé lo que decían, sé lo que ellos creen de mí, pero ¿qué crees tú?»