Esa noche volví a tener un falso despertar y Milton volvió a ocupar su lugar en la silla del rincón.
No sentí miedo. Él se parecía mucho más a aquel que conocí cuando estaba en vida. Su piel ya no se veía grisácea, incluso si él se mantuvo en las sombras. Me sonreía, igual que cada vez que en Nagleté su mente estaba cocinando algo para meternos en problemas. Pensé en decirle que no, pero no hablé.
Él miró alrededor, el cuarto y se puso de pie para asomarse a la ventana. Fue la primera vez que se movía en una pesadilla. Me dio la espalda por un momento y entonces volvió a su lugar en la silla. «Creo que me agrada este lugar, ¿en serio quieres irte?»
Desperté poco después, esa vez, de verdad. Parece una locura tener que aclararlo, pero creo que mi mente se está acostumbrando demasiado a las precisiones. Quizás, están dejando de sentirse incómodas.
El sol fuera estaba radiante por otro día más, y ahí estaba yo, fijo como estatua. Mis ojos volvieron desde la visión exterior para encerrarse en el techo. No sentí urgencia, peso, ni nada similar. Resulta paradójico lo cómoda que puede resultar la rigidez cuando se acepta como la elección.
Sabía que en el comedor, Marina y Héctor estarían desayunando, quizás riendo, sin intención de inmiscuirse en la razón de mi ausencia. Ellos ya tenían sus propios temas sobre los cuales debatir hasta llegar a un acuerdo. Tal vez pensarían en mí de cuando en vez, enfrentándose a la imagen de esa silla que me asignaron frente a ellos. Inmóvil, inaccesible, con su respaldo pegado al borde de la mesa. Ya nunca iba a tomar ese respaldo con mi mano para arrastrar la silla hacia atrás y ocupar mi lugar de nuevo.
«¿Qué será de él, estará bien?» Quizás esa sea la pregunta obligada los primeros días. La misma pregunta que yo tendré en mente como un eco cada vez que los recuerde.
De pronto, mi mano viajó al lado izquierdo de mi rostro, sentí que algo me estaba causando comezón, tal vez un insecto, pero allí solo hallé humedad. Sus restos brillaron frente a mis ojos cuando observé mi mano. Reí aunque no fuera de felicidad. Creo que el mensaje fue demasiado claro.
A veces el cuerpo no espera la orden de la mente para actuar.
Volví mi vista a la silla, Milton no estaba ahí. Lo sabía, desde que dejamos de formar parte del mismo plano existencial, era imposible que lo estuviera.
Lo sé, parece una obviedad, la redundancia de no saber qué decir, pero en verdad no creo que lo sea. Desde su ausencia, él solo me dejó una carga para tratar de entender, una pregunta que cualquiera que aspire a la libertad debe hacerse. Pienso que el problema pudo provenir de haber puesto mal el foco. La pregunta nunca fue saber por qué las cosas sucedieron así; la pregunta siempre fue: ¿por qué eliges lo que eliges? Pensé en lo que creía era el foco correcto y asentí. «Sí, Milton, quiero irme. Quiero seguir.»
Bajé las escaleras con mi mente amenazando con desestabilizarme, pero ya no podía ceder a eso.
Como lo pensé, Marina y Héctor ya estaban desayunando. Ellos sonrieron ni bien verme y después, borrando el gesto de sus rostros, volvieron a mirarse entre sí. Creo que los tres ya teníamos claro lo que estaba por venir.
Héctor me siguió con la mirada, hasta que estuve al otro lado de la mesa, frente a ellos. Luego él miró a Marina, pero ella no levantó la mirada, como si su plato fuera lo más entretenido del mundo. «¿Dormiste bien, Álvaro?» Él fue amable, buscando confirmación o un ancla de mi parte. «Sí, Héctor, gracias.» Marina dejó su tenedor encima del plato y luego me miró. En sus ojos no había enojo ni decepción, diría que me transmitió algo más cercano al miedo, sin llegar a serlo. «¿No vas a sentarte, Álvaro, a desayunar con nosotros?»
Acepté su invitación; era lo mínimo que podía hacer. Corrí la silla y tomé asiento, pero no probé bocado. Héctor la miró y regresó a mí, pero no dijo nada. Marina y yo nos sostuvimos la mirada. No hubo desafío, creo que era un sondeo mutuo.
«¿Vamos a hablar de eso?» Ella se limpió la comisura de su boca con la servilleta blanca de tela. Héctor siguió cazando cada uno de nuestros gestos. De repente, él actuó, como si una alarma se hubiera disparado en su mente. Dejó su tenedor encima de su plato y se limpió la boca mientras se ponía de pie. «Estaré arriba.» Avisó cuando tiraba la servilleta arriba de la mesa y se retiraba, yo lo observé mientras sentía la mirada fija de Marina todavía sobre mí. Volví a verla, ahí estaban sus ojos, buscando respuestas.
«Me gustaría definir el motivo.» Marina estaba seria, más de lo que recordaba haberla visto alguna vez. «Eso me importa más que el hecho en sí, pero supongo que tú ya lo sabes, Álvaro.» No supe qué decir. «Creo que está bastante claro por qué tienes una copia de la llave de esta casa. Siempre habrá un cuarto esperándote si esto resulta ser un error. Solo dime por qué, necesito eso para que estemos en paz.» Asentí. «Creo que no puedo decirlo con exactitud, Marina, pero es lo que siento correcto hacer en este momento.»
Ella bajó su vista un momento, creo que estaba pensando en mis palabras. «Imagino que Héctor ya te dijo que no hay deudas entre nosotros. Esa frase debió formar parte de las conversaciones privadas entre ustedes. Esas a las que yo no tendría acceso si no los conociera lo suficiente.» Sonreí. Nunca esperé ser capaz de engañarla; ella solo me confirmaba que habría sido inútil intentarlo.
«¿Hace mucho que sabías? ¿Que estaba pensando en irme?» Ella suspiró y miró hacia arriba, fingiendo encontrar el momento exacto entre sus recuerdos. «Desde que empezaste a cambiar. Hace tiempo que no te escucho tartamudear.» Marina me sonrió. «Eso es seguridad, Álvaro, y la seguridad tarde o temprano exige nuevos horizontes.» No respondí. «No te preocupes, no estás siendo ingrato, y tampoco siento que nos estés abandonando. Entiendo que tienes tus propias inquietudes y el derecho de perseguirlas.» Ella dudó y bajó la mirada hacia la mesa. «Lo más importante para mí es saber que te vas porque así lo necesitas. Que no hubo nada de parte de Héctor o mía que te hizo pensar que ya no te queríamos aquí.»