La mañana siguiente se sintió reconfortante para mí. Podía decir que ya no sentía el peso sobre mis hombros. Como si hubiese soltado mil amarras que ni siquiera sabía que estaban ahí. La ironía de la próxima incertidumbre sintiéndose la mayor seguridad. ¿Qué sería de mí?: Eso que mis herramientas pudieran darme.
Héctor no dejó de sorprenderme; ayer cuando me pidió acompañarlo para buscar lo que Marina nos pidió, nosotros tuvimos una pequeña charla.
«Eso salió mejor de lo que esperaba, creo que ambos nos estábamos ahogando en un vaso de agua.» Dijo mientras miraba etiquetas para encontrar el producto exacto que ella le había pedido. «¿Y si no hay un frasco justo con la cantidad que ella me pidió?» Reí. Tal vez, ni siquiera él era consciente de cuánto esfuerzo ponía en hacer feliz a Marina. «Llevamos un producto más grande u dos más pequeños.» Él asintió. «Ah, tiene sentido.» Reímos juntos mientras las demás personas en ese pasillo nos veían como a bichos raros.
Y cómo bien lo había dicho antes, Héctor no deja de sorprenderme. Desde el hecho de pedirme que lo acompañara, yo ya podía intuir algo más, pero sus desconexiones ocasionales causadas por el pensamiento, terminaron siendo la confirmación definitiva. Sin embargo, elegí no entrar ahí. Era algo que él debía resolver y creo que logró hacerlo durante el camino de vuelta a la casa.
«Álvaro...» Lo observé, él nunca se llamaba a silencio si detrás de eso no venía algo más pesado. No dije nada, preferí que su ansiedad hiciera el trabajo. «¿Qué piensas de lo que hicimos? Aprender a manejar el camión.» No entendí su pregunta. «¿Por qué dices que lo hicimos? Tú me enseñaste.» Él negó con su cabeza. «No me equivoqué, Álvaro. Bien dije, hicimos. Yo podría haberme pasado 10 años intentando enseñarte, pero sin nada de tu parte, eso habría sido inútil.» Dudé. «¿Por qué siento que poco tiene que ver tu pregunta con lo que quieres saber?» Él rió. «Eso pasa cuando te rodeas de gente muy inteligente, te contagias.» Héctor se puso serio, aunque no de mala manera; entendí que su mente seguía formulando el mensaje que él quería darme.
«Álvaro... Yo sé que quieres tu propia vida, que tienes el derecho y que hasta te parece bien no saber qué va a ser de ti cuando te vayas.» Él me señaló la guantera, no tuvo que decirlo. Le pasé un cigarrillo y el mechero, mismo que me devolvió después de usarlo y que yo guardé de vuelta en su lugar. «No me corresponde meterme en eso, pero pienso, pensamientos míos, así, de esos que se me ocurren.» Lo miré aún con más desconfianza. «Héctor...» Él asintió entendiendo el tono y fue al punto. «¿Estaría muy mal si yo pudiera intervenir aunque sea un poco, hacer una última cosa por ti?»
«¿En qué estás pensando?» Héctor le dio una calada a su cigarrillo antes de responder. «Ayer cuando hablabas con Marina no subí al cuarto para esperar. ¿Te imaginas? Si solo hubiera hecho eso, habría estado dando vueltas hasta gastar el piso.» Él rió animado. «No, hice una llamada.» Él me miró por un momento y volvió al frente. «A veces ya no sé ni cuánto me recuerdas a mí mismo, por eso lo venía pensando, por eso tenías que aprender a manejar, Álvaro.»
No necesité preguntar para saber hacia dónde iba él. Solo le permití terminar su planteo. «Quizás en mi caso, fue con la violencia un poco más a flor de piel, pero con tu mismo ímpetu. Todo parece fácil cuando se es joven, Álvaro. Yo también armé un bolso y me largué a rodar. Tuve suerte, tuve demasiada suerte de encontrar a alguien que vio más allá de mi pésima actitud. Que vio capacidad y me dio la oportunidad.» Héctor tragó saliva y arrojó la ceniza de su cigarrillo por la ventana.
«Todas las opiniones estaban en mi contra, pero a él no le importó. Perseveró hasta que entendí, pero él no se quedó ahí. Cuando llegó mi momento, no me retuvo, por el contrario, me llamó estúpido por querer irme, pero me ayudó. Hoy tengo lo que tengo porque ese hombre que no tenía ninguna obligación, no me dejó irme con las manos vacías.» Asentí.
«No tienes que darme nada, Héctor.» Él levantó su mano, pidiéndome silencio. «Lo sé, ambos sabemos que yo estaría más que dispuesto a tener un gesto igual de importante contigo, sin ningún arrepentimiento. Que podría darte la llave de uno de mis camiones para que tuvieras un seguro, pero también sabemos que tú no podrías aceptar algo así. Eso me puso en una situación difícil, Álvaro.»
Él se aclaró la garganta. «¿Qué vas a hacer, Héctor? Pensé. El chico es demasiado orgulloso, pero tú no lo eres menos y, sin falsa modestia, creo que lo resolví.» Héctor arrojó el cigarrillo fuera.
«Él tiene una empresa bastante más grande que la mía y eso significaba que siempre necesita conductores. Además, creo que en algún punto ya no supo que hacer con tanto dinero y empezó a comprar propiedades. Eso me sonó demasiado bien, mataría dos pájaros de un solo tiro así que le hablé de ti, le dije que yo mismo te había enseñado y que no estaba dispuesto a aceptar un no como respuesta.»
«¿Lo estuviste planeando, Héctor?» Él negó. «No, yo no iría tan lejos. No creo que mi mente tenga una capacidad tan amplia.» Ambos reímos, no porque alguno de los dos creyera correcta su afirmación; solo resultó inevitable. Él me miró, me tomó del brazo y me sacudió jugando. «Creo que empecé a sentir la familiaridad de cosas por las que yo mismo pasé. Como letreros a la orilla de un camino que solo puede reconocer sin tener que leer quien ya pasó por ahí antes.»
Intenté hablar, pero él volvió a impedirlo. Le sonrió al camino mientras metía la mano en el bolsillo de su camisa. «Esta es su dirección. Si decides ir, él te estará esperando. ¿Crees que puedes aceptar al menos esto?» Observé su rostro sonriente y luego el papel en su mano, a un lado de mi cabeza. Lo tomé y lo bajé un poco para verlo bien. «Puedes pensarlo si quieres, lo importante es que lo tomaste, ya lo tienes.» Héctor volvió a centrarse en el camino sin saber lo que ese gesto había causado en mí. Decidí dejarlo así, confiar en que no era algo que tuviera necesidad de palabras.