Me levanté de la cama para acercarme a la ventana. Lugar desde el que, como primer acto, elegí una visión panorámica. El anhelo de todo aquello que ya no podía sentirse como una amenaza nunca más.
¿Suficiente? Por supuesto que no. Mi visión con absoluta determinación se dirigió a los escalones de la entrada, esos que pronto iba a pisar por última vez. Aunque para ser honesto, esperaba que no fuera así.
Nagleté me había dado motivos para no regresar jamás mientras que Héctor y Marina significaban todo lo contrario. Sabía que ellos para mí se sentían como una elección de continuidad. En el fondo, quería que siguieran formando parte de mi vida tanto como yo quería seguir siendo bienvenido en las suyas.
Mis pasos de vuelta al ropero se sintieron pesados, no por culpa, no por arrepentimiento; era inevitable al reconocer que estaba caminando sobre tanta historia recorrida. El momento exacto en que algo no se rompe, pero cede a la necesidad de pertenecer a su verdadero tiempo.
Abrí la puerta para encontrar mi bolso vacío en la parte baja y lo tomé para dejarlo encima de la cama. Luego tomé y doblé cada una de mis prendas para guardarlas, algo que se sintió casi como un ritual. Uno de purificación quizás.
Entonces me senté en la cama con el ropero y su interior vacío todavía visibles para mí cuando había dejado la puerta abierta. Creo que no puedo explicarlo con exactitud, pero a veces la redundancia se siente como una lección indispensable. Nadie nunca tendrá la fuerza suficiente para quitarse algo de encima hasta enfrentarlo.
Me centré en la mesa de noche a mi derecha. La lámpara, el espacio vacío a su lado y la perilla en el cajón que guardaba lo que debería estarlo ocupando. Lo abrí y observé aquella Biblia dentro. Sus tapas duras y negras como la paradoja de la luz que se suponía debía representar.
La tomé entre mis manos, la abrí y dejé correr sus páginas cambiando de lado. Aquello tenía demasiado olor a pasado, pero ya no podía hablarme de mi madre, ni siquiera podía recordarme a alguna mínima parte en mí.
El pensamiento me llevó de vuelta a aquel recuerdo de mi niñez, el que me había metido en problemas durante la clase: ¿Por qué ella solo sigue, no tiene nada que hacer?
Entonces lo entendí, ya no podía seguir a nadie más que no fuera yo mismo, y así lo dije. En voz alta aunque nadie más que pudiera escucharlo «Sigo sin entenderte, Rut.» Cerré aquella Biblia seguro de que ya no debía venir conmigo y la devolví al interior del cajón, cerrando el mismo después.
Me volví a la izquierda, las cuerdas flojas de mi bolso estaban ahí, casi invitando una reconsideración, una segunda oportunidad, pero esa ya no podía existir. Tomé las cuerdas y apreté. Ya tenía todo lo que quería llevarme de allí así que colgué el bolso en mi espalda, sujetando sus cuerdas sobre mi hombro y luego salí para ir escaleras abajo.
A lo que fuese que me estuviera esperando allí.
Ellos me estaban esperando con un pastel al centro de la mesa. No pude evitar el contagio de sus sonrisas. Héctor se acercó a mí para tomarme del brazo y llevarme a mi lugar. Luego volvió al suyo y se sentó. Marina asintió antes de empezar a cortar y repartir nuestro adiós con exceso de azúcar.
«Si alguien me hubiera dicho hace un par de semanas que esto era posible, le hubiera dicho que necesitaba un especialista en salud mental.» Héctor y yo reímos de acuerdo con ella. Entonces Marina se sirvió una porción para ella y tomó asiento. «Mmm...» Ella saboreó aquel primer bocado sin culpa ante la atenta mirada de Héctor. «Sí, es casi seguro que vaya a ponerme redonda y tendrás que aprender a vivir con eso.» Él se encogió de hombros dando a entender que no había dicho nada, pero Marina no lo dejó así. «Crees que no lo sé, que no me di cuenta cómo me miras porque cada vez como más. Es una de esas cosas que pasan cuando dejas embarazada a tu prometida, y mientras más rápido lo entiendas, más rápido lo podrás asimilar.» Él rió mientras ambos empezábamos a comer. «Como si no supieras que lo que amo de ti, nada tiene que ver con un envase.» Héctor la señaló y dejó claro su punto moviendo el dedo desde arriba hacia abajo. Marina no pudo resistirse a aquel cumplido y le tomó la cara para traerlo hasta ella y besarlo. A ella no le importó la suciedad causada por la crema en dicha demostración de afecto.
Héctor se limpió y ella lo observó con incredulidad. «¿En serio?» Él rió y se acercó a ella para besarle el hombro en señal de disculpa, Marina solo lo observó dejándole claro que no debía cruzar ese límite.
«¿La vida tiene un sentido del humor extraño?» Ambos me miraron. Marisa sonrió en mueca. «Me imagino que vendrás a la boda.» Aquello me sorprendió. «¿Ya tienen fecha?» Ella asintió, «Será en dos meses. Elegí un vestido precioso y quiero que me quede bien.» Héctor dibujo un círculo en el aire con sus ojos por lo que Marina le dio un codazo. Él fingió dolor y se sujetó las costillas. No pude más que reír.
«Algo me dice que van a llegar a los ochenta años y se seguirán lanzando dardos entre ustedes.» Ellos se miraron como si estuvieran preguntando: ¿Será así? Pero Héctor negó rápido y Marina tomó la palabra. «Él sabe que mientras no haya daño involucrado, nosotros podemos jugar.» Ella le tomó la mano entrelazando sus dedos con los de Héctor. «Hasta que la muerte nos separe.» Aportó él y volvieron a besarse.
«Sí, ahí estaré.» Todo volvió a la normalidad, pero los 3 sabíamos lo que esa frase significaba. Héctor intentó hablar, quizás cuestionar lo que él sentía como mi urgencia, pero Marina soltó su mano y le tomó el brazo para llamar su atención. Después, ella le lanzó una mirada seria. Él asintió y entonces yo dejé mi tenedor en el plato, aún con media porción sin comer. Me puse de pie y volví a acomodar el bolso en mi espalda. Ellos permanecieron sentados hasta que Marina reaccionó y le tocó el hombro a Héctor varias veces para que él hiciera lo mismo.