Al principio no parecía que me estaba perdiendo.
Parecía amor.
Parecía paciencia.
Parecía comprensión.
Parecía eso que todos dicen que hay que hacer cuando quieres a alguien: quedarse, insistir, no rendirse tan fácil.
Tú no eras cruel.
Eso habría sido más sencillo.
No gritabas, no rompías cosas, no decías palabras que dejaran marcas visibles.
Lo tuyo era más silencioso… más lento… más peligroso.
Tú te ibas… sin irte.
Te ibas cuando dejabas de responder.
Cuando tu atención se volvía un lujo que tenía que ganarme.
Cuando mis mensajes se quedaban en visto, pero tú sí tenías tiempo para todo lo demás.
Y yo… me fui quedando.
Me quedé cuando empezaste a cambiar.
Me quedé cuando dejaste de preguntar cómo estaba.
Me quedé cuando las conversaciones se volvieron cortas, vacías, obligadas.
Me quedé porque pensé que era una etapa.
Porque creí que el amor también se veía así a veces.
Porque nadie te enseña en qué momento quedarte… se convierte en un error.
Empecé a hacerme más pequeño para no incomodarte.
Dejé de decir lo que sentía porque “no era para tanto”.
Dejé de reclamar porque “no quería pelear”.
Dejé de esperar mucho… porque siempre terminaba decepcionándome.
Sin darme cuenta, me adapté a tu ausencia… aun cuando estabas ahí.
Me convertí en alguien que pedía migajas sin hacer ruido.
Alguien que celebraba respuestas simples.
Alguien que se conformaba con tan poco… que daba vergüenza admitirlo.
Y aún así… te defendía.
Ante todos.
Ante mí.
Decía que estabas ocupado.
Que estabas pasando por algo.
Que no era tu culpa.
Pero en el fondo… sabía.
Sabía que cuando alguien quiere, se nota.
Y cuando no… también.
Un día me di cuenta de algo que me rompió más que cualquier despedida:
Ya no me reconocía.
No era el mismo que reía fácil.
No era el mismo que decía lo que sentía sin miedo.
No era el mismo que sabía cuánto valía.
Me había convertido en alguien que esperaba.
Siempre esperando.
Esperando un mensaje.
Esperando atención.
Esperando volver a sentir lo que sentí al inicio.
Pero ese inicio… ya no existía.
Y entonces entendí…
que no me estabas perdiendo tú.
Me estaba perdiendo yo.
No hubo una pelea final.
No hubo una escena dramática.
Solo un día… me cansé.
Me cansé de intentar por dos.
De justificar lo que dolía.
De quedarme en un lugar donde ya no había espacio para mí.
Y me fui.
Pero no fue un irme rápido.
No fue valiente.
No fue fuerte.
Fue lento… como todo lo nuestro.
Fue recoger pedazos de mí que dejé en cada momento donde elegí quedarme cuando debía irme.
Y cuando finalmente salí…
no sentí alivio.
Sentí vacío.
Porque entendí algo que nadie dice:
A veces no duele dejar a alguien…
duele darte cuenta de todo lo que tuviste que perder de ti para hacerlo.
“Me fui quedando… hasta que ya no quedaba nada de mí.”
#1757 en Otros
#348 en Relatos cortos
#35 en No ficción
drama sacrificio amor ilusion, amor dolor desilusion, poesía depresión y ansiedad
Editado: 19.03.2026