Nunca supe exactamente cuándo empezaron a importarme tanto.
No fue el primer día.
Ni siquiera el segundo.
Fue algo que creció sin avisar…
como todo lo que después termina doliendo.
Tus manos no eran perfectas.
Tenían marcas, pequeñas cicatrices,
líneas que no entendía pero que quería aprender de memoria.
Y aun así…
eran el lugar donde más segura me sentía.
Recuerdo la primera vez que me tomaste la mano.
No fue un gesto grande.
No hubo palabras importantes.
Solo ese momento…
donde tus dedos encontraron los míos
como si siempre hubieran sabido dónde estar.
Y yo…
yo me quedé ahí.
No solo en ese instante…
sino en todo lo que vino después.
Porque tus manos no solo tocaban…
prometían.
Prometían quedarte.
Prometían cuidarme.
Prometían algo que nunca dijiste en voz alta…
pero que yo elegí creer.
Tus manos sabían calmarme.
Cuando todo en mí era ruido,
cuando mi cabeza no dejaba de pensar,
cuando el mundo parecía demasiado…
bastaba con que me tocaras
para que todo se detuviera.
Era absurdo…
pero real.
Me aferré a eso.
A la forma en que me sostenías.
A cómo entrelazabas tus dedos con los míos.
A cómo, sin palabras, me hacías sentir
que no estaba sola.
Pero hay cosas que cambian…
aunque nadie lo diga.
Tus manos fueron las primeras en irse.
Antes que tus palabras.
Antes que tu mirada.
Antes que tú.
Dejaste de buscarme.
Dejaste de tocarme sin razón.
Dejaste de sostenerme cuando lo necesitaba.
Y fue ahí…
cuando supe que algo se estaba rompiendo.
Porque el cuerpo no miente.
Tus manos ya no se quedaban.
Ya no me encontraban.
Ya no parecían reconocerme.
Y yo…
yo seguía extendiéndolas.
Como si en algún momento
fueras a volver a tomarlas igual que antes.
Pero no pasó.
Y lo peor…
es que tampoco pregunté.
Porque en el fondo,
ya sabía la respuesta.
No era falta de tiempo.
No era distracción.
Era distancia.
Esa distancia que no se mide en kilómetros…
sino en lo que dejas de sentir por alguien
aunque siga frente a ti.
Extraño tus manos.
No por lo que eran…
sino por lo que me hacían sentir.
Extraño esa seguridad
que ahora entiendo…
nunca fue mía.
Porque tus manos…
no me pertenecían.
Solo me sostuvieron
el tiempo suficiente
para que creyera
que no me soltarías.
Y al final…
no dolió que lo hicieras.
Dolió darme cuenta
de que ya me habías soltado
mucho antes de que yo lo notara.
#1757 en Otros
#348 en Relatos cortos
#35 en No ficción
drama sacrificio amor ilusion, amor dolor desilusion, poesía depresión y ansiedad
Editado: 19.03.2026