Nunca pensé que algo tan pequeño
podría quedarse tan grabado en mí.
No eran tus palabras.
No eran tus promesas.
Ni siquiera eran tus abrazos.
Eran tus pestañas.
Así de simple.
Así de absurdo.
O eso creía antes de entender
que el amor se construye de detalles…
y también se rompe en ellos.
Recuerdo la primera vez que me fijé.
No estábamos haciendo nada importante.
No había una escena especial,
ni un momento digno de recordarse.
Solo estabas ahí…
mirándome sin darte cuenta
de que yo ya estaba aprendiendo cada parte de ti.
Tus pestañas eran largas.
Sutiles.
De esas que proyectan una sombra ligera
cuando la luz cae de cierto ángulo.
Y yo…
yo me perdía en ese detalle
como si fuera un secreto
que solo yo podía ver.
Había algo en la forma en que parpadeabas.
Algo tranquilo.
Algo real.
Como si en ese pequeño gesto
no hubiera máscaras,
ni dudas,
ni distancia.
Solo tú.
Y tal vez por eso me aferré tanto.
Porque en un mundo donde todo empezaba a volverse incierto,
tus pestañas eran constantes.
Siempre estaban ahí.
Siempre eran las mismas.
Aunque tú…
ya no lo fueras.
Empecé a asociarlas contigo.
Con tus silencios.
Con tus miradas largas.
Con esos momentos donde parecía
que realmente estabas presente.
Porque sí…
hubo un tiempo donde lo estabas.
Donde me mirabas de frente,
sin prisas,
sin distracciones.
Y en esos segundos…
yo sentía que existía para ti.
Que era suficiente.
Que éramos algo.
Pero los detalles no mienten.
Y un día…
dejé de ver lo mismo.
Tus ojos seguían siendo los tuyos.
Tu rostro… también.
Pero ya no me mirabas igual.
Tus pestañas ya no se detenían en mí.
No había esa pausa.
No había ese momento donde el mundo parecía detenerse.
Ahora tus miradas eran rápidas.
Evasivas.
Distantes.
Como si ya no hubiera nada que observar.
Nada que descubrir.
Y fue ahí…
en ese cambio tan pequeño,
tan casi imperceptible…
donde entendí todo.
No hizo falta que dijeras nada.
Porque el amor, cuando se va,
se nota primero en los detalles.
En cómo dejas de mirar.
En cómo dejas de quedarte.
En cómo lo que antes era importante…
se vuelve invisible.
Y yo…
yo me volví invisible en tu mirada.
Me aprendí el ritmo de tus pestañas
como quien aprende una canción,
sin saber
que un día dejaría de sonar.
Había un mundo en tu mirada
cuando me veías,
y yo vivía ahí
sin saber
que era temporal.
Tus pestañas caían lento
cuando me observabas…
como si el tiempo también
quisiera quedarse.
Pero un día…
dejaste de mirarme así.
Y entendí
que no siempre hace falta irse
para desaparecer de alguien.
Ya no me buscaban tus ojos,
ni me sostenían tus pausas.
Me quedé frente a ti…
sin ser vista.
Qué extraño…
extrañar algo tan pequeño
como la forma en que alguien te miraba,
y darte cuenta
de que en eso…
estaba todo.
A veces pienso en eso.
En cómo algo tan simple
puede quedarse más que cualquier palabra.
No extraño todo de ti.
Extraño esos segundos
donde tus ojos se detenían en mí…
como si de verdad importara.
Pero ya no.
Ahora entiendo
que incluso los detalles más hermosos
pueden dejar de significar lo mismo…
cuando la persona detrás de ellos
ya no siente igual.
Y entonces…
todo cambia.
Incluso algo tan pequeño
como tus pestañas.
#1600 en Otros
#321 en Relatos cortos
#25 en No ficción
drama sacrificio amor ilusion, amor dolor desilusion, poesía depresión y ansiedad
Editado: 06.04.2026