Que esto termine

Tu voz

No fue lo que decías.

Fue cómo lo decías.

Porque tus palabras, si las pienso bien,
no eran extraordinarias.
No había discursos perfectos,
ni promesas imposibles.

Pero tu voz…

tu voz era otra cosa.

Tenía algo que no sé explicar.
Algo que se colaba en mí sin pedir permiso.
Algo que no solo escuchaba…
sino que sentía.

La primera vez que me hablaste así,
no lo noté de inmediato.

Fue después.
Cuando me quedé en silencio,
repitiendo en mi cabeza lo que habías dicho…
pero en realidad,
recordando cómo había sonado.

Había una forma en que pronunciabas mi nombre…

lenta,
suave,
casi como si lo cuidaras.

Y eso bastó.

Bastó para que algo dentro de mí
se desacomodara.

Porque no era solo un sonido.
Era una sensación.

Un escalofrío leve.
Un calor que subía sin aviso.
Una calma que no sabía de dónde venía.

Y yo…
yo empecé a buscar eso.

A querer escucharte más.
A provocar conversaciones sin razón.
A alargar llamadas que no tenían sentido,
solo para quedarme un poco más
dentro de ese tono que me envolvía.

Tu voz se volvió refugio.

Un lugar donde todo parecía estar bien,
aunque no lo estuviera.

Un espacio donde no había dudas,
ni miedos,
ni esa incertidumbre que empezaba a crecer
en todo lo demás.

Porque mientras me hablabas así…
yo creía.

Creía en ti.
En nosotros.
En algo que sonaba tan real…
aunque tal vez no lo era.

Pero como todo contigo…
también cambió.

Al principio fue casi imperceptible.

Seguías hablando.
Seguías respondiendo.
Seguías estando…

pero ya no sonaba igual.

Tu voz perdió ese cuidado.
Esa pausa.
Esa intención.

Se volvió rápida.
Automática.
Lejana.

Como si hablar conmigo
se hubiera convertido en algo más
que en algo que querías hacer.

Y fue ahí…
cuando lo sentí.

Ese mismo estremecimiento…
pero distinto.

Ya no era emoción.

Era frío.

Un vacío que se instaló en el mismo lugar
donde antes todo se encendía.

Y entendí.

Entendí que no era tu voz lo que me estremecía…

eras tú sintiendo algo al decir mi nombre.

Y cuando eso se fue…
nada volvió a ser igual.

Tu voz
no solo me hablaba…
me tocaba.

Había algo en tu tono
que me hacía cerrar los ojos,
como si quisiera quedarme ahí
un poco más.

Decías mi nombre
y yo sentía
que por un segundo
sí importaba.

Pero un día…
dejaste de decirlo igual.

Y lo noté.

Lo sentí.

Porque el cuerpo reconoce
cuando alguien ya no siente lo mismo.

Tu voz se quedó…
pero lo que había en ella
se fue.

Y entonces entendí
que no extraño cómo sonabas…
extraño lo que eras
cuando me hablabas así.

Qué peligroso es
enamorarse de una voz…
sin saber
que también puede cambiar.

A veces me sorprende recordar eso.

Cómo algo tan intangible
puede quedarse tan marcado.

Porque no puedo tocar tu voz.
No puedo verla.
No puedo recuperarla.

Solo puedo recordarla…
y sentir cómo ya no es la misma.

Y tal vez eso es lo que más duele.

Que no fue el silencio lo que te llevó…

fue el cambio.

Ese cambio sutil
que convirtió lo que me estremecía…
en algo que apenas reconozco.

Y ahí entendí…

que hay cosas que no desaparecen de golpe.

Solo dejan de sentirse igual.

Y eso…

eso también rompe.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.