Ayer, sin razón aparente…
pensé en ti.
No fue un recuerdo forzado.
No fue que alguien te mencionara.
No fue una canción, ni un lugar.
Solo apareció.
Como suelen hacerlo las cosas que no terminan del todo.
Y de todos los recuerdos que podrían haber vuelto…
regresó ese.
El día que me invitaste a tomar un café.
Es curioso…
no fue el mejor día.
No fue el más intenso.
No fue donde todo cambió.
Pero tenía algo.
Algo simple.
Algo real.
Algo que ahora… entiendo que extraño más de lo que debería.
Recuerdo que dudé antes de aceptar.
No porque no quisiera,
sino porque ya había algo en ti
que me hacía sentir insegura.
Algo que no sabía explicar…
pero que estaba ahí.
Aun así, dije que sí.
Porque contigo…
siempre elegía intentar.
Llegué antes.
Otra vez.
Siempre fui yo quien llegaba antes.
Tal vez porque me importaba más.
Tal vez porque quería asegurarme
de no fallar en algo tan mínimo.
El lugar era tranquilo.
Nada especial.
Nada que destacara.
Pero cuando llegaste…
todo pareció tener sentido.
Tu forma de entrar.
Tu mirada buscándome.
Ese pequeño gesto cuando me viste.
Sonreíste.
Y yo…
yo sentí que valía la pena.
Nos sentamos.
Hablamos de cosas simples.
Cosas que ahora ni siquiera recuerdo con claridad.
Pero recuerdo cómo me sentía.
Ligera.
Presente.
Suficiente.
Como si en ese momento
no hubiera dudas.
Como si no existiera ese final
que hoy ya conozco.
Hubo silencios…
pero no eran incómodos.
Eran tranquilos.
De esos donde no hace falta llenar el espacio
porque la compañía es suficiente.
Y eso…
eso era raro.
Porque contigo, la mayoría del tiempo,
yo vivía con preguntas.
Pero ese día no.
Ese día solo estaba ahí.
Contigo.
Sin pensar demasiado.
Sin anticipar nada.
Sin intentar entender lo que éramos.
Solo siendo.
Y tal vez por eso…
se quedó tanto en mí.
Porque fue de las pocas veces
donde no tuve que dudar.
Donde no tuve que esforzarme
para sentir que encajaba.
Donde no tuve que convencerme
de que valía la pena.
Ese día…
simplemente lo fue.
Ayer te recordé
sin buscarte.
Entre tantos momentos…
elegí uno simple.
Un café,
una mesa,
y tú.
No pasó nada extraordinario…
pero yo me sentí
en el lugar correcto.
Qué extraño
cómo los recuerdos más tranquilos
terminan siendo
los que más duelen.
Porque no es lo que pasó…
es lo que sentí.
Y lo que sentí ese día
no volvió a repetirse.
Tal vez por eso lo guardo…
como algo que fue real,
aunque no haya durado.
Un café contigo
no cambió mi vida…
pero sí me enseñó
cómo se sentía
cuando todo parecía estar bien.
Ayer te recordé…
y no lloré.
Pero tampoco sonreí.
Solo me quedé ahí…
en ese punto intermedio
donde los recuerdos ya no rompen,
pero tampoco se van.
Y entendí algo.
No todo lo que duele
lo hace por lo que fue…
a veces duele
por lo que pudo haber sido.
Y ese café…
fue exactamente eso.
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Editado: 06.04.2026