No fue algo que decidí de un día para otro.
Nadie se levanta después de todo lo que dolió
y dice:
“Listo, hoy voy a estar bien.”
No funciona así.
Fue más lento.
Más torpe.
Más real.
Fue dejar de pensar tanto en lo que pudo haber sido…
y empezar, poco a poco,
a mirar lo que sí es.
Porque durante mucho tiempo
viví en otro lugar.
En el pasado,
recordando lo que fuimos…
o en un futuro inventado,
imaginando lo que podríamos haber sido.
Y en ese proceso…
me olvidé del presente.
Me olvidé de mí.
De lo que sentía ahora.
De lo que necesitaba ahora.
De lo que realmente estaba pasando… ahora.
Todo giraba en torno a ti.
A tus decisiones.
A tus silencios.
A lo que dabas… o dejabas de dar.
Hasta que me cansé.
No de ti…
de vivir así.
De estar en un lugar que no existía.
De sostener historias que ya no estaban.
De aferrarme a algo que solo vivía en mi cabeza.
Y entonces… empecé.
No a olvidarte.
No a dejar de sentir.
Eso toma tiempo.
Pero sí a regresar.
A regresar a mí.
Empecé con cosas pequeñas.
Muy pequeñas.
Un día sin revisarte.
Un momento sin pensarte.
Un espacio donde solo estaba… presente.
Al principio se sentía extraño.
Como si estuviera haciendo algo mal.
Como si dejar de pensarte
fuera traicionarte.
Pero no.
Era lo contrario.
Era dejar de traicionarme a mí.
Aprendí que el momento presente
no siempre es bonito.
A veces es incómodo.
A veces es silencioso.
A veces duele.
Pero es real.
Y después de tanto tiempo
viviendo en lo que ya no era…
eso era suficiente.
Empecé a notar cosas que antes no veía.
La calma.
Los pequeños instantes.
La forma en que el tiempo pasa
sin necesidad de que todo tenga sentido.
Empecé a entender
que no todo tiene que quedarse.
Que no todo lo que llega
es para siempre.
Y que eso…
no lo hace menos importante.
Viví tanto tiempo en “nosotros”
que olvidé
cómo era estar conmigo.
Me perdí en lo que fue
y en lo que imaginé…
y dejé pasar lo único real:
el ahora.
Hoy no tengo respuestas,
pero tengo presente.
No tengo certezas,
pero tengo calma.
Aprendí
que no todo lo que duele
debe quedarse.
Y que no todo lo que se va
es pérdida.
A veces…
también es espacio.
Espacio para volver,
para respirar,
para existir sin miedo
a lo que ya no está.
Hoy no te olvido…
pero ya no me pierdo en ti.
Hoy me tengo a mí.
Y eso…
por fin
se siente suficiente.
No sé qué pasará después.
No sé si volveré a amar igual.
No sé si todo esto algún día
dejará de doler por completo.
Pero ya no necesito saberlo.
Porque hoy…
estoy aquí.
Y por primera vez en mucho tiempo…
eso basta.
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Editado: 06.04.2026