Que esto termine

Mañana fría

Esa mañana no tenía nada especial.

No había pasado algo importante el día anterior.
No había discusión.
No había mensajes sin responder.
No había señales claras de que algo iba a doler.

Solo era una mañana fría.

Desperté antes de que sonara la alarma.
No por costumbre… sino porque algo me incomodaba.
El cuarto estaba en silencio, demasiado silencio.
Y el frío se sentía más de lo normal.

Me quedé acostado unos segundos, mirando el techo, intentando volver a dormir.
Pero no pude.

Giré la cabeza hacia el lado donde solías estar.
Vacío.

No era nuevo.
Ya llevaba tiempo así.
Pero esa mañana… se sintió diferente.

Tal vez fue el frío.
Tal vez fue el silencio.
Tal vez fue que, por primera vez, no tenía ningún mensaje tuyo esperando.

Tomé el teléfono.

Nada.

Ni un “buenos días”.
Ni un mensaje corto.
Ni una señal mínima.

Y fue ahí cuando sentí ese golpe leve en el pecho.
No fuerte.
No dramático.

Solo esa incomodidad que te dice que algo cambió definitivamente.

Me levanté despacio.
El piso estaba helado.
Caminé hacia la cocina casi por inercia, como si mi cuerpo siguiera una rutina que ya no tenía sentido.

Puse agua a calentar.
Abrí la ventana.
El aire frío entró de golpe.

Antes te habría escrito algo.

“Hace frío hoy.”
“¿Ya despertaste?”
“Buenos días.”

Cualquier excusa servía para iniciar el día contigo.

Pero esa mañana… no lo hice.

No porque no quisiera.
Sino porque entendí que ya no tenía sentido.

Me quedé de pie, esperando que el agua hirviera.
Mirando el vapor subir lentamente.

Y de pronto me di cuenta de algo que me hizo sentir más solo que nunca:

No tenía a quién contarle que hacía frío.

Suena absurdo.
Pero era así.

Durante mucho tiempo, tú fuiste la primera persona a la que le hablaba.
La primera a la que le contaba cualquier cosa.
La primera que formaba parte de mi día… incluso en lo más simple.

Y esa mañana… no estabas.

No solo físicamente.
No estabas en mi rutina.
No estabas en mi impulso.
No estabas en mi mente como alguien a quien escribirle.

Eso fue lo que dolió.

Porque no fue una despedida.
No fue una pelea.
Fue una ausencia que ya se había instalado.

Preparé el café.
Me senté solo.
El humo salía de la taza y el frío seguía colándose por la ventana.

Tomé el primer sorbo.

Y sentí ese vacío raro… ese que no tiene nombre.

No era tristeza intensa.
No eran ganas de llorar.

Era algo más silencioso.

Como entender que ya no formabas parte de mi vida… ni siquiera en las mañanas.

Las mañanas son peligrosas.
Porque son el inicio de todo.
Y cuando alguien ya no está ahí… lo sientes desde el primer momento.

No había notificaciones.
No había expectativa.
No había esa pequeña emoción de leer algo tuyo.

Solo yo…
y una mañana fría.

Miré el reloj.
El tiempo avanzaba normal.
Pero todo se sentía más lento.

Intenté distraerme.
Encendí la televisión.
Revisé redes.
Moví cosas sin necesidad.

Nada cambiaba esa sensación.

Porque no era aburrimiento.
Era ausencia.

Terminé el café y me quedé sentado unos minutos más.
Pensando en lo raro que era acostumbrarse a alguien… y después tener que desacostumbrarse.

Antes, el frío era una excusa para acercarme.
Para hablar.
Para sentir compañía.

Ahora solo era frío.

Y nada más.

Antes de levantarme, volví a mirar el teléfono.

Nada.

Y esta vez… no dolió tanto.

Porque algo dentro de mí entendió que esa sería la nueva normalidad.

Una mañana fría.
Sin ti.
Sin mensajes.
Sin expectativa.

Solo yo, aprendiendo a empezar el día sin pensar en alguien más.

Me levanté, cerré la ventana y el cuarto quedó en silencio otra vez.

Y mientras me preparaba para salir, lo entendí por completo:

No te había perdido en una discusión.
No te había perdido en una despedida.

Te había perdido en una mañana cualquiera…
una mañana fría…
donde simplemente ya no estabas.

Entendí que esa mañana, ya no formabas parte de mis comienzos.




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