Lourdes ~
Parecía una papa...
Una papa triste y torcida, pero una papa al fin y al cabo. Y lo más gracioso era que esto había empezado siendo una taza.
La miré durante varios segundos desde distintos ángulos, como si existiera alguna posibilidad de que, desde cierta perspectiva, mi papa dejara de parecer una papa y volviera a ser una taza.
Eso, por supuesto, no ocurrió.
-Bueno, supongo que tampoco voy a convertirme en artista.
Otra cosa para la lista de "no es para vos, Lourdes".
El silencio de la casa fue mi única respuesta. Mamá ya se había ido a trabajar y eso solo significaba una cosa: que estábamos solos mi cerebro y yo.
Y eso casi nunca era una buena combinación.
Dejé mi "papa taza" sobre el escritorio y me tiré en la silla.
Normalmente, ese era el momento del día en que aparecía una nueva obsesión, plan o idea. Algo a lo que finalmente podría llamar "mi cosa", "lo mío". Una respuesta definitiva a todas las preguntas que mi querida madre me hacía cada mañana apenas decidía abrir los ojos y existir.
Casi siempre comenzaba igual: con un video, una publicación o incluso una persona haciendo algo totalmente increíble.
Y ver todo eso provocaba inevitablemente una ola de pensamientos.
Sí.
Esto es lo tuyo, Lourdes.
Lo encontraste por fin.
Y durante un tiempo realmente lo creía.
Me ponía manos a la obra de inmediato. Buscaba materiales, veía tutoriales, tomaba notas, hacía listas y listo, ya tenía mi nueva vida planeada.
Por aproximadamente una semana.
Porque después todo terminaba ocupando espacio en el querido caos de mi habitación, junto con las otras vidas que había intentado vivir.
A veces me preguntaba si había algo malo en mí.
No porque me interesaran muchas cosas, sino porque ninguna conseguía quedarse el tiempo suficiente como para formar parte de mí.
Suspiré y observé mi habitación.
Cualquiera que entrara podría decir: "Acá vive una persona con múltiples personalidades".
Y, sinceramente, no estaría tan equivocado.
Había una cámara sobre el escritorio, cuadernos llenos de ideas, pinturas, marcadores, libros empezados, materiales para manualidades, fotografías impresas y tantos otros proyectos iniciados, pero nunca terminados.
A veces pensaba que mi habitación era como un museo.
Un museo sin ninguna exposición terminada.
-Sería difícil que un museo así tuviera éxito -musité mientras iba a buscar mi teléfono.
Las redes eran mi lugar favorito y menos favorito al mismo tiempo.
Valga la redundancia.
Ahí era donde Lourdes podía ser... Lourdes.
Hablar.
Pensar.
Simplemente existir.
Nadie me pedía un plan para los próximos diez años ni me preguntaba qué pensaba estudiar.
Simplemente podía ser yo.
O al menos la versión de mí que lograba comprender ese día.
Abrí mi cuenta, leí comentarios, respondí mensajes y, por unos minutos, me sentí acompañada.
No porque conociera a esas personas.
Sino porque, de alguna manera extraña, parecían entenderme más que yo misma.
Apoyé la cabeza contra el respaldo de la silla y suspiré, mirando nuevamente mi "papa taza", la cámara y el resto de la habitación.
Y, como de costumbre, una nueva idea apareció en mi cabeza.
Esta puede ser.
Capaz esta vez sí.
Capaz si lo intento y pasa la semana...
Solté una carcajada.
Hasta yo estaba cansada de escucharme pensar eso.
Cerré los ojos y por primera vez me permití admitir algo.
No estaba buscando un hobby.
Ni una carrera.
Ni un trabajo.
Estaba buscando algo que me hiciera sentir que pertenecía a algún lugar.
Algo que me ayudara a responder una pregunta que parecía perseguirme a donde fuera.
¿Quién era yo cuando dejaba de intentar convertirme en alguien más?
La respuesta no llegó.
Como siempre.
Y el silencio volvió a llenar la habitación.