¿que se supone que somos?

Capitulo 4. Un día importante

"Algunas personas llegan a tu vida en el momento menos planeado."

[*]

Lourdes ~

Lo primero que hice al despertarme fue revisar el correo, todavía ni había abierto completamente los ojos, estiré una mano por la mesa de luz, encontré el celular de milagro y desbloqueé la pantalla.

Abrí la aplicación, actualicé la bandeja de entrada y nada; volví a actualizar, nada.

Entré al correo de la entrevista y seguía ahí, perfectamente acomodado; esperándome, como si durante la noche nadie hubiera tenido la amabilidad de cancelar el proceso de selección.

Suspiré.

—Bueno...Todavía estás a tiempo de fingir una gripe.

Mi cerebro respondió enseguida.

Muy creíble. Sobre todo después de confirmar asistencia.

Hice una mueca.

—Tenés razón.

Lo sé.

Definitivamente, pasar demasiado tiempo sola no era saludable.

Me tapé la cara con la almohada quizás si ignoraba el problema durante algunos minutos, el problema decidiría ignorarme a mí también.

Esperé.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

El celular vibró otra vez.

Lo miré con desconfianza.

—¿No sabés rendirte?

La pantalla se iluminó.

"Le recordamos que su entrevista se realizará hoy a las 15:00. Le pedimos puntualidad."

Puntualidad.

Qué palabra tan agresiva para alguien como yo.

Abrí el correo otra vez, no porque hubiera cambiado, sino porque mi cerebro seguía buscando una excusa.

Entré a la página de la empresa, empecé a mirar fotos, la oficina era enorme.

Muy limpia.

Muy ordenada.

Demasiado ordenada.

—No... Yo rompo ese equilibrio en menos de una semana.

Seguí bajando.

Había fotos del equipo, todos sonriendo y todos parecían saber perfectamente qué estaban haciendo con sus vidas.

Cerré el celular.

—Definitivamente no pertenezco ahí.

Cinco segundos después...

Lo abrí otra vez.

—Bueno... Capaz solo aparentan.

[*]

Cuando llegué a la cocina ya eran las doce y media todavía tenía el pelo completamente despeinado y la cara de alguien que claramente no había tomado una sola decisión útil en toda la mañana.

—Buen día.

Mamá levantó apenas la vista.

—Son las doce y media.

—Los horarios son una construcción social.

—Y el almuerzo también - señaló una silla - Sentate antes de que se enfríe.

Obedecí.

Era una discusión que llevaba perdiendo desde los siete años.

Durante varios minutos solo se escuchó el ruido de los cubiertos, intenté concentrarme en la comida.

No funcionó.

Mi cabeza estaba demasiado ocupada imaginando cuarenta y siete maneras distintas de arruinar una entrevista.

En una...

Me olvidaba mi nombre.

En otra...

Saludaba al entrevistador con un abrazo.

Esa era particularmente vergonzosa.

En otra estornudaba arriba del escritorio.

Muy profesional.

En otra me preguntaban cuáles eran mis fortalezas...

Y respondía:

"Dormir hasta tarde."

Excelente. Contratable inmediatamente.

—Estás nerviosa.

Levanté la vista.

—¿Yo?

—Vos.

—Para nada. Soy la definición de calma, serenidad, de....

—Estás moviendo la pierna.

Miré debajo de la mesa, mi rodilla parecía estar entrenando para una maratón.

La agarré con las dos manos.

—Traidora.

Mamá soltó una risa bajita.

—Te va a ir bien.

—Eso lo decís porque sos mi mamá.

—No, lo digo porque cuando realmente querés aprender algo, siempre encontrás la forma.

Fruncí apenas el ceño.

—¿Y si descubro que no sirvo para esto?

Ella dejó el tenedor sobre el plato.

—Entonces vas a descubrir otra cosa, como hiciste siempre.

Apoyé los codos sobre la mesa.

—¿No te molesta que todavía no sepa qué quiero hacer?

Ella sonrió.

—¿Sabés qué hacía yo a tu edad?

Negué.

—Trabajaba en una librería. Pensando que iba a dedicarme a vender libros toda la vida.

Abrí mucho los ojos.

—¿En serio?

—En serio - dijo con una sonrisa - Después estudié otra cosa, después cambié otra vez y recién varios años después encontré un trabajo que realmente sentía mío.

La miré sorprendida.

Nunca me había contado eso.

—No tenés que resolver tu vida a los veintipico. Tenés tiempo, lo importante es no dejar de buscar.

Sentí que un poco del peso que llevaba encima empezaba a aflojarse.

Ella se levantó y acomodó un mechón de pelo detrás de mi oreja, lo hacía desde que era chica, y curiosamente, nunca había dejado de tranquilizarme.

—No tenés que demostrarle a nadie que ya sabés todo. Solo mostrar que tenés ganas de aprender.

Me levanté y la abracé fuerte, ella respondió el abrazo enseguida y por unos segundos no existieron entrevistas, ni currículums, ni futuro. Solo mi mamá y esa extraña capacidad que tenía para bajar el volumen de mi cabeza sin necesidad de decir demasiado.

[*]

Una hora después estaba frente al espejo.

Era la quinta vez que me cambiaba de ropa.

—Muy formal.

Me cambié.

—Muy informal.

Otra vez.

—Muy... - termine soltando un suspiro.

Terminé poniéndome exactamente la primera opción, había dado toda una vuelta para terminar en el mismo lugar.

Muy representativo de mi personalidad.

Intenté acomodarme el pelo.

No funcionó.

Lo intenté otra vez.

Peor.

—Bueno, si vos no pensás colaborar, yo tampoco.

Mi pelo ganó la discusión.

Como casi siempre.

Respiré hondo, me acomodé frente al espejo y sonreí.

No. Demasiado.

Probé otra sonrisa.

Peor.

Una tercera.

—Parezco una psicópata - dije y dejé de intentarlo.

Después ensayé saludos.

—Mucho gusto.




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