¿que se supone que somos?

Capitulo 5. Personas que cambian tu dia

"Hay personas que hacen ruido cuando llegan a un lugar. Otras cambian el ambiente sin decir una sola palabra."

[*]

Lucas ~

Siempre me gustó despertarme unos minutos antes de que sonara la alarma.

No era una cuestión de disciplina; tampoco de costumbre, simplemente disfrutaba esos primeros minutos del día en los que el mundo todavía parecía respirar despacio.

No había mensajes.

No había llamadas.

No había decisiones que tomar.

Solo silencio.

Abrí los ojos, miré el techo unos segundos y la alarma vibró sobre la mesa de luz; la apagué antes de que llegara a sonar.

Sonreí apenas.

—Uno a cero - murmuré para mí.

Me incorporé despacio, y lo primero que hice fue acomodar las sábanas, después abrí apenas la ventana.

El aire fresco de la mañana entró enseguida al departamento.

Abajo, una bicicleta cruzó lentamente la calle, un hombre barría la vereda de una panadería y el aroma a pan recién hecho llegó hasta el tercer piso.

Respiré hondo.

Siempre hacía eso antes de un día importante, como si necesitara convencerme de que, aunque mi vida estuviera por cambiar, la ciudad seguía siendo exactamente la misma.

Entré a la cocina, puse agua a calentar y mientras esperaba, acomodé una taza que había quedado un poco corrida sobre la mesada, después enderecé un repasador sin pensarlo demasiado.

Era automático. El orden nunca solucionaba los problemas, pero hacía que parecieran un poco más pequeños.

Cuando el agua empezó a hervir, preparé el café; el aroma llenó enseguida el departamento y apoyé la taza entre las manos.

Me gustaba ese momento.

No hacer nada durante unos minutos.

Solo mirar por la ventana, pensar o intentar no hacerlo.

[*]

Después del desayuno fui directamente al dormitorio.

La ropa ya estaba preparada desde la noche anterior.

Camisa.

Pantalón.

Zapatos.

Todo doblado sobre la silla.

Nunca me gustó decidir qué ponerme cuando estaba nervioso, prefería resolver esas cosas antes, así la cabeza tenía un problema menos.

Mientras terminaba de abrocharme la camisa, me miré unos segundos en el espejo.

—Bueno, ojalá hoy tengas algo inteligente para decir.

Mi reflejo no respondió, probablemente porque tampoco lo sabía.

Agarré la carpeta y la abrí.

Currículum.

Documentación.

Fotocopias.

Todo estaba donde debía estar.

La cerré; la volví a abrir y seguía igual.

Sonreí.

Sí, era un poco obsesivo.

Solo un poco.

Pero también era la única manera que conocía de quedarme tranquilo.

Revisé los bolsillos.

Llaves.

Billetera.

Celular.

Perfecto.

Miré la hora, todavía faltaban quince minutos para salir. Lo justo, nunca me gustó llegar corriendo por qué sentía que empezar cualquier cosa apurado, era empezar perdiendo.

[*]

Cuando salí del edificio el sol recién empezaba a calentar la ciudad.

Había gente leyendo el diario en los cafés, un hombre discutía amistosamente con el florista de la esquina; una señora caminaba con un perro enorme que parecía llevarla a ella en lugar de al revés.

No pude evitar sonreír.

Siempre me llamaban la atención esas escenas pequeñas. Las que la mayoría de las personas ni siquiera miraba, porque al final, la vida casi siempre estaba hecha de eso, de momentos que parecían insignificantes y que, sin saber cómo, terminaban siendo los que uno más recordaba.

Seguí caminando.

La carpeta bajo el brazo y el paso tranquilo; repasando mentalmente algunas preguntas que probablemente aparecerían en la entrevista.

¿Por qué quería ese trabajo?

¿Qué podía aportar?

¿Cuál consideraba mi mayor virtud?

Las respuestas cambiaban cada vez que las pensaba y supuse que eso era buena señal; por qué las respuestas demasiado ensayadas, nunca terminaban sonando verdaderas.

Cuando llegué a la avenida principal miré el reloj, todavía iba con tiempo y por primera vez en toda la mañana sentí que podía bajar un poco el ritmo.

Fue exactamente en ese momento cuando alguien dobló una esquina corriendo.

[*]

La vi apenas dobló la esquina.

Venía corriendo.

No.

Más que correr, parecía estar intentando ganarle al reloj.

Un bolso colgaba de uno de sus hombros, en una mano sostenía una carpeta mientras con la otra miraba el celular mientras caminaba.

Levantaba la vista, volvía a bajarla, otra vez el celular y nuevamente a la calle.

Fruncí apenas el ceño.

No iba a llegar.

No a ese ritmo.

Di un paso hacia un costado para dejarle más espacio en la vereda pero no alcanzó. Levantó la vista apenas un segundo demasiado tarde y chocó de lleno contra mí.

La carpeta salió despedida, las hojas comenzaron a volar por todos lados.

Ella abrió mucho los ojos.

—¡No, no, no...!

Se agachó tan rápido que casi volvió a perder el equilibrio.

—Perdón, perdón, perdón - empezó a decir rápidamente - Yo...

—Tranquila.

Me agaché también.

El viento seguía moviendo algunas hojas; antes de que terminaran más lejos, empecé a juntarlas.

Currículum.

Fotocopia del documento.

Certificados.

Una hoja cayó cerca de mi zapato, la recogi y mientras tanto, ella parecía convencida de que acababa de protagonizar la peor escena de su vida.

Juntaba papeles sin ningún orden, metía algunos en la carpeta y volvían a caerse.

Suspiró.

—Excelente, Lourdes... Muy buena manera de empezar el día.

Sonreí sin querer.

No parecía darse cuenta de que hablaba sola y curiosamente, eso me resultó simpático.

Le acerqué las hojas que había acomodado.

—Creo que estas son tuyas.

Levantó la vista.

Y por primera vez pude verla bien; tenía el pelo un poco rizado, de un color oscuro, y desordenado por la corrida, las mejillas completamente coloradas y unos ojos marrones enormes que transmitían exactamente lo mismo que sus movimientos.




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