"Creemos conocer a las personas por las horas que compartimos con ellas. Pero a veces olvidamos que todos tienen una vida entera cuando dejan de estar frente a nosotros."
[*]
Lucas ~
Las rutinas tenian algo curioso.
Un día todo era nuevo.
Y, sin darte cuenta, una semana después ya sabías exactamente quién iba a llegar primero, quién siempre se olvidaba una lapicera y quién necesitaba un café apenas empezaba el turno.
Lourdes era fácil de identificar.
Siempre entraba cinco minutos antes de su horario.
Y, de alguna manera completamente ilógica, siempre parecía llegar apurada.
No entendía cómo lo hacía creo que simplemente era su forma de ser.
—¡Buen día! - saludaba antes incluso de terminar de cruzar la puerta.
Después dejaba la mochila, se acomodaba el delantal, volvía a acomodárselo; se ataba el pelo, descubría que no le gustaba cómo había quedado y lo hacía otra vez.
Siempre antes de empezar a trabajar, preguntaba por tercera vez dónde estaban los sobres de azúcar aunque ya lo supiera.
Era parte de ella.
Con los días dejamos de pensar tanto cada movimiento y sin darnos cuenta, empezamos a trabajar como si lleváramos meses haciéndolo.
Yo alcanzaba las tazas.
Ella ya estaba preparando la bandeja.
Si un cliente levantaba la mano desde el fondo del salón, los dos mirábamos al mismo tiempo.
A veces bastaba una mirada para entender qué necesitaba el otro.
Era extraño.
No recordaba cuándo había empezado a pasar simplemente un día ocurrió.
—Lucas.
Levanté la vista.
Lourdes sostenía una bandeja llena de cafés.
—¿Podés alcanzarme dos cucharitas?
Abrí el cajón.
Vacío.
El segundo.
También.
Fruncí el ceño.
—Esperá.
Busqué en el tercero y ahí estaban, se las alcancé.
Ella respiró aliviada.
—Gracias.
Cinco minutos después volvió.
—¿Y el azúcar rubia?
Señalé el estante de arriba.
—Ah, claro.
Dos minutos más tarde apareció otra vez.
—No me juzgues - dijo tranquilamente con una mirada fija - Pero ¿Dónde estaban las servilletas?
No pude evitar sonreír.
—A tu izquierda.
Giró la cabeza y las tenía al lado.
Cerró los ojos.
—Perfecto - dijo por lo bajo - Estoy haciendo un papel excelente.
—Es tu segunda semana.
—Precisamente ¿Cuándo dejo de parecer una turista?
Solté una risa bajita.
—Avisame cuando lo descubras - dije con una leve sonrisa - Yo tampoco llegué a esa parte.
Me miró sorprendida.
—¿En serio?
Asentí.
—Todavía pregunto dónde guardan algunas cosas.
Sonrió.
—Qué alivio, pensé que eras una de esas personas que nacían sabiendo trabajar.
Negué con la cabeza.
—No tuve esa suerte.
[*]
El movimiento del mediodía empezó poco después.
El salón se llenó casi de golpe.
Durante más de una hora apenas hubo tiempo para respirar.
—¡Mesa cinco!
—¡Sale un capuchino!
—¿Quién tenía el tostado?
—¡Lucas!
Giré.
Lourdes sostenía dos bandejas.
—¿Podés abrirme la puerta?
Me acerqué enseguida, ella pasó sin detenerse.
—Gracias.
—De nada.
Todo ocurría tan rápido que las palabras apenas alcanzaban para lo indispensable y aun así, funcionábamos.
[*]
Cuando finalmente llegó el descanso nos sentamos en el patio.
Lourdes apoyó el sándwich sobre la mesa.
Lo miró con una seriedad llamativa.
—Tengo una teoría.
La miré.
Cada vez que empezaba una frase así terminaba diciendo algo completamente inesperado.
—Decime.
Se inclinó un poco hacia adelante, como si estuviera por compartir un secreto de Estado.
—Las cucharitas desaparecen.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Estoy segura - dijo seriamente mientras comía - Cada día hay menos, alguien se las lleva. No pueden simplemente evaporarse.
La observé unos segundos, estaba completamente seria.
—¿Pensás denunciar una organización internacional dedicada al robo de cucharitas?
Sonrió de inmediato.
—Sabía que me ibas a entender.
Negué con la cabeza.
—No dije eso.
—Pero tampoco dijiste que estaba loca.
—Todavía estoy evaluando las pruebas.
Apoyó una mano sobre el pecho.
—Gracias por mantener una mente abierta.
No pude evitar reírme.
Ella también.
Una compañera pasó junto a nosotros.
—¿De qué se ríen?
Lourdes respondió antes que yo.
—Estamos investigando un caso muy delicado.
—¿Cuál?
—El misterio de las cucharitas desaparecidas.
La compañera nos miró unos segundos, después negó con la cabeza entre risas.
—Definitivamente ustedes dos ya pasan demasiado tiempo juntos.
Se alejó antes de que pudiéramos responder; Lourdes la siguió con la mirada, después me miró.
—¿Vos creés?
Pensé un momento, la verdad ni siquiera me había dado cuenta, simplemente se había vuelto normal encontrarla en casi todos los momentos del día.
Y eso resultaba extraño, porque hacía apenas unas semanas ni siquiera sabía que existía.
[*]
El resto de la tarde pasó con la misma rapidez.
Antes de terminar el turno vi a una chica esperando afuera del local, apenas Lourdes salió, corrió directamente a abrazarla.
La otra la levantó unos centímetros del piso exagerando la fuerza.
—¡Al fin terminaste!
—¡Bajame!
Las dos empezaron a reírse.
Me disponía a seguir caminando cuando la chica levantó la vista y me observó unos segundos, volvió a mirar a Lourdes y otra vez a mí.
Empezo a sonreír de una manera sospechosamente divertida.
Muy sospechosa.
—¿Vos sos Lucas? - preguntó acercándose.
Asentí.
—Sí.
Me extendió la mano enseguida.
—Muchísimo gusto. Soy Vale.
Antes de que pudiera responder, Lourdes le dio un pequeño codazo.