¿que se supone que somos?

Capitulo 11. El ruido que faltaba.

"Uno se acostumbra tan despacio a la presencia de algunas personas, que recién descubre cuánto ocupaban cuando un día no están."

[*]

Lucas ~

Las rutinas tenían algo curioso, uno creía que aparecían de golpe pero no, se construían despacio.

Casi sin pedir permiso.

Un día saludabas a alguien por educación y al siguiente ya sabías cómo tomaba el café, después descubrías qué música escuchaba mientras limpiaba; y un tiempo más tarde, sin darte cuenta, empezabas a esperar escuchar su voz apenas entrabas al trabajo.

Nunca me había pasado algo así.

O, al menos, nunca lo había notado.

Aquella mañana llegué unos minutos antes, como siempre.

El local todavía estaba medio vacío.

Las luces recién terminaban de encenderse y el aroma del primer café del día empezaba a llenar el ambiente.

Me até el delantal, acomodé unas tazas y revisé que las mesas estuvieran limpias.

Era exactamente la misma rutina de todos los días sin embargo, mientras acomodaba unas cucharitas levanté la vista hacia la puerta.

Vacía.

Miré el reloj.

Todavía faltaban cinco minutos.

Perfecto.

Seguramente iba a entrar corriendo en cualquier momento diciendo alguna explicación imposible.

Seguí trabajando, no pensé más en eso o eso intenté.

Un rato después apareció Tomás cargando una caja enorme.

—Che, ¿me ayudás?

La apoyamos detrás del mostrador.

Y mientras abríamos los paquetes dijo:

—¿Dónde está el huracán?

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

—Lourdes.

Me reí apenas.

Huracán.

—Todavía no llegó.

—Qué raro.

Asentí sin decir nada por qué si, era raro.

Muy raro.

Cinco minutos después apareció el encargado.

—Lourdes avisó que va a llegar un poco más tarde. Tiene que hacer un trámite.

—Perfecto. - respondí automáticamente.

Seguía siendo una explicación completamente normal.

Solo iba a llegar más tarde, nada grave; pero entonces ¿por qué seguía mirando la puerta cada dos minutos?

[*]

Las primeras mesas empezaron a llenarse.

Una pareja pidió desayuno, después una familia; después un señor que parecía tener mucha prisa.

El movimiento aumentó enseguida.

Yo llevaba pedidos de una mesa a otra, respondía preguntas, limpiaba bandejas. Todo funcionaba igual que siempre pero algo era distinto.

Tomás fue el primero en decirlo.

—Está raro hoy.

—¿Qué cosa?

Miró alrededor.

—Está silencioso.

Escuché y había ruido, mucho.

Máquinas.

Clientes.

Cubiertos.

Puertas.

Todo sonaba igual, sin embargo entendí exactamente a qué se refería. Faltaba alguien diciendo cualquier cosa porque sí, alguien preguntando si las cucharitas tenían patas o intentando convencer a una cafetera de colaborar emocionalmente.

Nunca pensé que una persona pudiera hacer tanto ruido, hasta que dejó de hacerlo.

Casi cuarenta minutos después la puerta se abrió de golpe.

—¡¡Perdón!!

Entró prácticamente trotando con el pelo un poco desordenado, la mochila torcida e intentando ponerse el delantal mientras caminaba.

—El colectivo decidió hacer turismo por media ciudad.

Nadie entendió demasiado la explicación pero todos sonrieron.

Ese era el efecto que ella tenía.

Tomás levantó una mano.

—Volvió el ruido.

Ella hizo una reverencia exagerada.

—Gracias, gracias. Estoy para servir.

Negué con la cabeza mientras seguía acomodando unas tazas y recién ahí me di cuenta de algo. El local volvía a sentirse completo, no porque trabajara mejor o porque resolviera problemas, simplemente porque Lourdes tenía esa capacidad extraña de llenar cualquier lugar donde estuviera.

[*]

Un rato después coincidimos detrás del mostrador.

Ella todavía seguía acomodándose el pelo.

—¿Muy complicado?

Pregunté.

Suspiró teatralmente.

—Me levanté temprano - dijo mientras seguía intentando hacerse un rodete - Todo venía perfecto hasta que descubrí que había salido con dos medias distintas.

La miré.

—¿Y?

Levantó apenas el pantalón y efectivamente, una media era completamente negra y la otra tenía pequeños aguacates.

No pude contener la sonrisa.

—Nadie las ve.

—¡Yo sí! - respondió horrorizada - Sentía que estaba viviendo una doble vida.

Me reí.

—Creo que sobreviviste.

—Sí, pero fue difícil.

Ella empezó a preparar unos pedidos, yo acomodaba vasos y durante unos minutos ninguno habló hasta que Lourdes rompió el silencio.

—Che.

—¿Qué?

—¿Vos siempre fuiste tan tranquilo?

La pregunta me tomó desprevenido.

Pensé unos segundos.

—Creo que sí.

—Debe ser lindo.

Fruncí apenas el ceño.

—¿Qué cosa?

—Eso - dijo mientras limpiaba una taza - No tener cuarenta pensamientos peleándose al mismo tiempo.

Me quedé mirándola.

No parecía estar haciendo un chiste.

Lo había dicho en serio y por primera vez pensé que, tal vez esa chica que hablaba todo el tiempo, también tenía una cabeza que nunca descansaba.

[*]

La tarde empezó a llenarse de gente.

Una pareja ocupó una mesa junto a la ventana, dos estudiantes pidieron café para llevar, un señor mayor se quedó leyendo el diario durante casi una hora mientras tomaba el mismo cortado de siempre.

El ritmo volvía a acelerarse y por primera vez desde que había empezado a trabajar ahí, ya no necesitaba pensar demasiado cada movimiento.

Las manos empezaban a recordar solas.

Servir.

Cobrar.

Limpiar.

Y volver a empezar.

Entre pedido y pedido escuché la voz de Lourdes desde la otra punta del salón.

—¡Lucas!

Levanté la cabeza.

Ella sostenía dos bandejas exactamente iguales.

—¿Cuál era la mesa siete?

Miré alrededor.

Señalé discretamente hacia la izquierda.




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