"A veces uno acepta una invitación no porque le gusten las fiestas, sino porque hay personas que convierten cualquier lugar en un lugar al que vale la pena ir."
[*]
Lucas ~
Las cafeterías tienen días extraños.
Hay mañanas donde no entra nadie durante media hora y, de repente; en cinco minutos parece que toda la ciudad decidió tomar café al mismo tiempo.
Ese martes era uno de esos días.
—¡Lucas!
Levanté la vista.
Lourdes sostenía una taza con una sonrisa orgullosa.
—Mirá.
Me acerqué, había intentado hacer latte art o al menos, algo parecido a eso.
Fruncí un poco el ceño.
Ella me observó expectante.
—¿Y?
Pensé la respuesta con mucho cuidado.
—Es... creativo.
Abrió la boca.
—¡Era un corazón!
Volví a mirar la taza.
—Ahora lo veo.
—Mentiroso.
Se echó a reír antes incluso de terminar la palabra, yo también.
—Bueno, seguí practicando.
—No necesitaba apoyo emocional, necesitaba sinceridad.
—Entonces era un riñón.
Me pegó suavemente con un repasador.
—¡Lucas!
Los dos empezamos a reírnos.
Desde la caja, Tomás levantó apenas la cabeza.
—¿Qué pasó ahora?
—Lucas acaba de destruir mis sueños de convertirme en barista profesional.
Tomás dejó lo que estaba haciendo, caminó hasta el mostrador y miró la taza con absoluta seriedad.
La giró apenas hacia un lado, después hacia el otro.
—Mmm - dijo, como si estuviera analizando la "obra" de Lourdes.
Lourdes esperaba el veredicto como si estuviera participando en un concurso internacional.
Tomás levantó la vista.
—No.
Ella abrió mucho los ojos.
—¡¿Vos también?!
—No es un corazón - hizo una pausa dramática - Es un corazón muy optimista.
Lourdes agarró el repasador otra vez.
—¡Los odio a los dos!
Tomás empezó a reírse mientras retrocedía.
—¡Ey, ey! ¡La sinceridad ante todo!
—¡Andate!
—¡Estoy trabajando!
—¡Trabajá más lejos!
Los tres terminamos riéndonos.
El encargado pasó caminando justo en ese momento.
Miró la taza y miró a Lourdes.
—¿Quién hizo eso?
Ella levantó la mano con orgullo.
—Yo.
El hombre volvió a mirar la espuma unos segundos.
—Bueno, la intención estaba - dijo, esperó apenas un segundo y siguió caminando.
Lourdes apoyó las dos manos sobre el mostrador.
—Renuncio.
Tomás negó con la cabeza.
—No podés.
—¿Por?
—Todavía no cobraste el primer sueldo completo.
Ella soltó una carcajada.
—Tenés razón, espero un mes y después renuncio con dignidad.
—Mucho mejor.
El resto de la mañana pasó entre pedidos y bromas.
Ya trabajábamos casi sin hablar.
Ella sabía cuándo yo necesitaba que me alcanzara una bandeja y yo sabía cuándo ella estaba por olvidarse un pedido. Era raro, hacía apenas unas semanas éramos dos desconocidos; ahora parecía que llevábamos meses trabajando juntos.
[*]
En uno de los pocos momentos tranquilos de la mañana, Tomás apareció con una bandeja vacía bajo el brazo.
—Bibliotecario.
Levanté la vista.
—¿Qué?
—Haceme un favor.
—Depende.
Se inclinó apenas hacia mí.
—Mesa cuatro.
Seguí la dirección de su mirada, una pareja acababa de sentarse y antes incluso de que pudiera acercarme, ya estaban discutiendo por dónde poner la mochila.
—¿Y?
—Atendelos vos.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Tomás suspiró.
—Porque esos dos vienen peleando desde que cruzaron la puerta - dijo mirandolos no muy discretamente - Discutieron por la mesa, después por quién se sentaba contra la ventana; por quién pagaba. No pienso meterme en ese campo de batalla.
Lo miré unos segundos.
—Sos un cobarde.
—No. Soy un sobreviviente.
No pude evitar sonreír. Solté un suspiro y agarré la libreta.
—Está bien.
—Gracias.
Di apenas dos pasos cuando volvió a llamarme.
—¡Lucas!
Me giré.
—¿Qué?
—Si empiezan a discutir por el café - hizo una pausa - Corré.
Negué con la cabeza mientras seguía caminando.
Cuando terminé de atender la mesa, volví al mostrador; Tomás seguía acomodando vasos.
—¿Y?
—Sobreviví.
Levantó un puño en señal de victoria.
—Sabía que podía confiar en vos.
—Me usaste de escudo humano.
—Es una forma muy fea de decir "trabajo en equipo".
Volví a reírme.
Cada vez era más fácil hacerlo con él.
Un rato después abrió un cajón, sacó un paquete de galletitas; agarró dos y sin decir nada las dejó frente a mí.
Las miré, después lo miré a él.
—¿Qué es esto?
—Almuerzo cinco estrellas.
—No tenía hambre.
Tomás arqueó una ceja.
—Lucas, son las tres de la tarde. Desde las once no te vi parar cinco minutos.
Bajé la vista hacia las galletitas.
No me había dado cuenta.
Él siguió acomodando unas tazas como si no fuera importante.
—Comé algo. Después te me desmayás y tengo que trabajar el doble.
Sonreí apenas.
Abrí el paquete.
—Gracias.
Tomás hizo un gesto con la mano.
—No me agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque me hacés quedar como buena persona y tengo una reputación de insoportable que mantener.
Negué con la cabeza.
—Difícil sostenerla.
Sonrió.
—¿Viste? - dijo orgulloso - Ya aprendiste a responder.
Por un momento no hablamos más, cada uno siguió con lo suyo y, curiosamente,ese silencio tampoco resultó incómodo.
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Cuando el movimiento empezó a bajar, Sofía apareció desde la cocina aplaudiendo dos veces para llamar la atención.
—¡Escuchen un segundo!
Las conversaciones se fueron apagando de a poco y todos levantamos la cabeza.
—El viernes salimos - lo dijo con tanta seguridad que sonó más a una orden que a una propuesta - Nada elegante. Nada caro. Solo comer algo después del trabajo. Hace semanas que venimos diciendo "tenemos que organizar algo" y nunca hacemos nada.