"Hay personas que sonríen tan seguido, que cuesta imaginar que también puedan estar escondiendo algo."
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Lourdes ~
Había descubierto una verdad universal.
Las personas mentían cuando decían que uno se acostumbraba a madrugar.
No. Uno simplemente aprendía a sufrir en silencio.
Apagué la alarma con la misma expresión de derrota de todos los días.
Miré el techo.
Cinco minutos más.
Mi cuerpo y yo negociábamos todas las mañanas, nunca ganaba.
Cuando llegué a la cafetería, Tomás ya estaba acomodando unas cajas.
—Buen día.
—Buen día, sobreviviente.
Fruncí el ceño.
—¿Sobreviviente de qué?
—De vos misma.
Asentí lentamente.
—Justo, muy justo.
Él soltó una risa, Tomás tenía una risa contagiosa. No hacía ruido, pero hacía que todos los demás terminaran riéndose también.
Mientras me acomodaba el delantal levanté la vista; Lucas todavía no había llegado.
Miré el reloj.
Qué raro.
Siempre era el primero.
Pensé que, capaz; había tenido que hacer otro de esos "trámites" que mencionaba cada tanto.
No pregunté demasiado, nunca lo hacía. Cada uno tenía sus cosas y Lucas era, bueno; Lucas. No parecía alguien que hablara mucho de sí mismo.
[*]
Cinco minutos después apareció.
Traía el pelo un poco más desordenado que de costumbre y unas ojeras bastante marcadas.
—Buen día.
Sonrió apenas.
—Buen día.
Lo saludé mientras terminaba de acomodar unas tazas.
—¿Dormiste?
Me miró confundido.
—Sí.
Incliné la cabeza.
—Mmm...
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de "no te creo".
Abrí mucho los ojos.
—¡Yo no puse ninguna cara!
Tomás, que pasaba con una bandeja, intervino sin detenerse.
—Sí la pusiste.
Lo señalé indignada.
—¡Traidor!
—Solo digo la verdad.
Lucas bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
—Dormí poco.
Ahí estaba.
La verdad, chiquita pero verdad al fin.
—¿Mucho trabajo?
Hubo apenas un segundo de pausa, muy corta; casi imperceptible.
—Sí.
Asentí.
No insistí y aunque, no sabía por qué, sentí que esa respuesta tampoco era toda la historia.
[*]
La mañana empezó tranquila, demasiado tranquila. Cuando la cafetería estaba vacía, nuestro entretenimiento consistía en inventar conversaciones absurdas.
—Pregunta importante —dije mientras limpiaba una mesa.
Lucas levantó la vista resignado.
—Otra vez...
—Si los animales pudieran hablar durante cinco minutos ¿Cuál elegirías?
Tomás respondió antes que él.
—Un perro.
—¿Por qué?
—Necesito saber qué piensa cuando corre dormido.
Me reí.
Era una excelente respuesta.
Miré a Lucas.
Él parecía pensarlo de verdad.
—Creo que una tortuga.
Nos quedamos los tres en silencio.
—¿Una tortuga?
Asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
Se encogió apenas de hombros.
—Vivieron demasiado. Seguro tienen algo interesante para contar.
Tomás soltó una carcajada.
—Nunca habría imaginado esa respuesta.
Sinceramente yo tampoco, pero era muy él. Siempre encontraba una forma distinta de mirar las cosas y empezaba a gustarme eso.
Un rato después, entró una pareja con un nene de unos seis años. Mientras los padres hacían el pedido, el chico caminó directo hacia la vitrina de las tortas.
Pegó la nariz contra el vidrio.
—¡Mamá! - dijo emocionado - ¡Quiero esa!
La madre intentó convencerlo, pero no funcionó y el nene empezó a hacer un puchero digno de un premio.
Yo ya estaba buscando mentalmente cómo ayudar cuando, vi que Lucas desaparecía unos segundos detrás del mostrador y volvia con una servilleta y lapiz; en menos de un minuto, dibujó una carita feliz con una capa de superhéroe.
Se agachó hasta quedar a la altura del nene.
—Necesito que cuides a este.
El chico dejó de llorar inmediatamente.
—¿Quién es?
—Todavía no tiene nombre. Eso solo pueden decidir los héroes.
El nene agarró la servilleta como si fuera un tesoro, cinco minutos después ya estaba riéndose.
Cuando la familia se fue, me acerqué.
—No sabía que dibujabas.
Lucas miró la servilleta que todavía había quedado sobre el mostrador.
—No dibujo.
—Bueno, discúlpame - dije dramaticamemte - Pero eso fue dibujar.
Se encogió de hombros.
—Improvisé.
Lo observé unos segundos.
Había sido un gesto tan simple, tan natural; como si hubiera hecho eso muchas veces antes y otra vez sentí curiosidad. Había muchas cosas de Lucas que todavía no conocía.
Y empezaban a ser demasiadas como para no querer descubrirlas.
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Después del almuerzo la cafetería volvió a llenarse.
Era impresionante.
Había momentos en los que no entraba nadie durante diez minutos y, de repente, parecía que toda la ciudad decidía tomar café exactamente al mismo tiempo.
—Mesa cuatro.
—Sale.
—Dos cortados.
—Voy.
Ya ni necesitábamos hablar demasiado.
Tomás alcanzaba las bandejas, Lucas preparaba los pedidos y yo iba y venía entre las mesas, intentando recordar quién había pedido qué.
Sorprendentemente funcionaba, en algún momento dejamos de pensar cada movimiento y simplemente nos acostumbramos al ritmo del otro.
Una señora mayor levantó la mano desde una mesa junto a la ventana.
Me acerqué enseguida.
—¿Sí?
Sonrió con un poco de vergüenza.
—¿Podrías ayudarme a abrir esto?
Sostenía un frasco de mermelada individual.
Intenté abrirlo.
Nada.
Lo intenté otra vez.
Seguía sin moverse.
Fruncí el ceño.
—Bueno - dije arremangado las mangas - Esto ya es personal.
Escuché una risa bajita detrás de mí , Lucas apareció a mi lado.