¿que se supone que somos?

Capitulo 18. Las pequeñas costumbres

"El amor no siempre llega haciendo ruido. A veces se instala de a poco, hasta que un día, descubrís que alguien ya forma parte de todas tus rutinas."

[*]

Lourdes ~

Habían pasado algunos días desde el beso y lo mas raro era que, la vida no había cambiado tanto como imaginaba. No de golpe. No con grandes declaraciones. Ninguna conversación incómoda o un "¿qué somos?". Simplemente, seguíamos llegando al trabajo, preparando café y riéndonos de las mismas pavadas solo que ahora, entre todas esas cosas de siempre; había otras nuevas.

Una mano que encontraba la mía por unos segundos cuando nadie miraba. Un roce de hombros al cruzarnos detrás del mostrador. Una sonrisa que ya no intentábamos esconder. Era como si el beso no hubiera cambiado quiénes éramos, solo hubiera dejado de obligarnos a fingir que no queríamos estar cerca.

Llegué a la cafetería unos minutos antes de mi horario.

Todavía estaban levantando las persianas y el olor a café recién molido ya llenaba todo el salón. Me preparé uno para mí y me senté cerca del ventanal. Miré la puerta, volví a mirar el celular y después otra vez la puerta.

—¿Esperás a alguien?

La voz de Sofía me hizo levantar la cabeza.

—¿Qué?

Señaló la entrada con una sonrisa divertida.

—Hace cinco minutos que hacés lo mismo. Mirar la puerta, el celular y repetir - dijo riendo - Puerta. Celular. Puerta. Celular

Resoplé Habia dejado muy en claro su punto.

—Capaz...

Ella se rió bajito.

—Tranquila, ya llega.

No hizo falta preguntar de quién hablaba, las dos lo sabíamos.

Unos minutos después la puerta se abrió y Lucas entró acomodándose la mochila sobre un hombro. Ni bien levantó la vista, nuestras miradas se encontraron y los dos sonreímos al mismo tiempo. Otra vez. Cada vez pasaba más seguido y seguía sintiéndose igual de lindo.

Se acercó al mostrador.

—Buen día.

—Buen día.

Se inclinó apenas para servirse café y, aprovechando que nadie estaba mirando, rozó suavemente mis dedos con los suyos, fue apenas un segundo; un gesto tan pequeño que cualquiera podría haber pensado que había sido casualidad.

No lo fue.

Sentí que volvía a sonreír sin querer.

—¿Hace mucho llegaste? —preguntó.

—Cinco minutos.

—¿Y ya te hiciste un café?

—Las prioridades son las prioridades.

Lucas negó con la cabeza.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

Pensó unos segundos, fingiendo mucha seriedad.

—Creo que el café no tiene la culpa de que hables tanto. Eso ya viene de fábrica.

Abrí mucho los ojos.

—¡Lucas!

Él soltó una risa, una risa de verdad y yo terminé riéndome con él.

[*]

La mañana arrancó tranquila, hasta las diez. A las diez y cinco, parecía que toda la ciudad había decidido desayunar ahí.

—¡Mesa tres!

—¡Dos capuchinos!

—¡Un latte para llevar!

Todo el salón empezó a moverse al mismo tiempo. Entre pedidos y bandejas, apenas alcanzábamos a cruzarnos pero incluso así, cada vez que pasábamos uno al lado del otro; había algún gesto. Él me corría una silla para que pudiera pasar, yo le alcanzaba una taza antes de que la pidiera.

Nos entendíamos sin hablar.

En un momento terminé un pedido y apoyé la bandeja sobre el mostrador, a mi lado apareció un vaso de café. Lo miré para despues mirarlo a él.

—Yo no lo pedí.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Ni siquiera dejó de trabajar mientras respondía.

—Siempre tomás uno a esta hora.

Parpadeé sorprendida.

Él siguió atendiendo otra mesa, como si acabara de decir algo completamente normal. No lo era, porque ese pequeño gesto significaba que había estado prestando atención, no solo a las cosas importantes; sino también a esas pequeñas costumbres que uno ni siquiera nota de sí mismo.

Le di un sorbo y el café, por alguna razón, me pareció más rico que todos los anteriores.

[*]

Cuando por fin llegó el descanso, salimos como siempre a sentarnos afuera.

Tomás apareció con una bolsa de facturas.

—Robé desayuno.

—Las compraste —corrigió Lucas.

—Detalles - dijo mientras agarraba una medialuna.

Lucas tomó otra, y sin pensar demasiado, la partió al medio y me alcanzó una parte; la recibí con total naturalidad. Era algo tan automático que recién unos segundos después, los dos nos dimos cuenta.

Él me miró.

—Podía comerla entera.

Sonreí.

—Lo sé. Pero igual gracias.

Se encogió de hombros.

—No fue nada.

Tomás observó toda la escena en absoluto silencio, esperó exactamente el tiempo suficiente para que ninguno sospechara y entonces habló.

—¿Se dieron cuenta de que ya parecen un matrimonio de cincuenta años?

Casi me atraganto con el café.

Lucas cerró los ojos un segundo.

—Tomás...

—¿Qué?

—Uno comparte una medialuna y ya hacés un diagnóstico completo.

—No fue la medialuna - dijo en tono serio e intercalando miradas entre los dos - Fue que ni preguntaron, uno la partió y la otra la agarró. Parecen dos personas que llevan veinte años desayunando juntas.

Me tapé la cara con una mano mientras me reía, Lucas negó despacio.

—Andate.

Tomás levantó las manos.

—Bueno, bueno. Pero después no digan que no les avisé - dijo y se fue todavía riéndose.

Esperamos unos segundos, nos miramos y terminamos estallando en carcajadas los dos.

Por suerte, seguíamos riéndonos exactamente igual que antes, solo que ahora; ya no hacía falta esconder por qué nos gustaba tanto hacerlo juntos.

[*]

La tarde transcurrió mucho más tranquila.

Había menos clientes y, por primera vez en todo el día, pudimos bajar un poco el ritmo. Mientras limpiaba la máquina de café, el celular vibró dentro del bolsillo del delantal.

Vale.

Sonreí antes de abrir el chat.

VALE: ¿Cómo va todo con el chico serio?




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