¿que se supone que somos?

Capitulo 20. Nosotros

"Un día descubrís que alguien ya forma parte de todas tus rutinas. Y entonces entendés que el amor nunca fue el momento extraordinario, sino la suma de todos los días comunes."

[*]

Lourdes ~

Me desperté cinco minutos antes de que sonara la alarma.

Eso, para mí, ya era un acontecimiento histórico. Todavía con un ojo cerrado, estiré la mano hasta la mesa de luz y agarré el celular.

Una notificación. Sonreí incluso antes de abrirla.

Lucas: Buen día.

Nada más. Ni un emoji. Ni un corazón. Ni una frase romántica.

Solo dos palabras.

Y aun así, no pude evitar sonreír. Le respondí casi enseguida.

Lourdes: Buen día.

Me quedé mirando el chat unos segundos, después escribí otra cosa.

Lourdes: ¿Ya estás despierto?

La respuesta apareció casi al instante.

Lucas: Hace una hora.

Fruncí la nariz.

Lourdes: Qué persona tan rara.

Lucas: Lo dice alguien que recién se despierta.

Lourdes: ¡Son las ocho!

Lucas: Exactamente.

Solté una risa.

Apoyé el teléfono sobre el pecho y cerré los ojos un segundo. Qué raro era que un mensaje tan simple pudiera cambiarme el humor antes incluso de levantarme de la cama.

—¿De qué te reís? - la voz de mi mamá me hizo pegar un pequeño salto.

—¡Nada!

Ella apareció apoyada en el marco de la puerta, con su taza de mate cocido entre las manos. Primero me miró a mí, después al celular y volvió a mirarme.

—Ajá...

—¿Qué?

—Tenés cara de enamorada.

Abrí mucho los ojos.

—¿Existe una cara de enamorada?

—Sí.

—¿Y cuál es?

Sonrió.

—La que ponés cuando mirás ese celular.

Resoplé, riéndome.

—Qué exagerada.

—¿Se llama Lucas esa exageración?

Me tapé la cara con la almohada.

—Mamá...

Ella soltó una carcajada.

—Bueno, bueno. Vení a desayunar antes de que llegues tarde.

—¡Ya voy!

Cuando salió de la habitación volví a mirar el celular. Abrí el chat otra vez, solo para releer esas dos palabras.

"Buen día."

Qué ridículo. Y qué lindo.

Cuando llegué a la cafetería, Tomás fue el primero en verme.

—¡Llegó la famosa!

Fruncí el ceño.

—¿Famosa de qué?

—Ahora sos la novia oficial del señor serio.

Sentí calor en las mejillas. Todavía no terminaba de acostumbrarme a esa palabra.

Novia.

Cada vez que alguien la decía, una parte de mí seguía pensando que estaban hablando de otra persona.

—Cállate.

Tomás sonrió con esa cara que siempre ponía cuando estaba por molestar.

—¿Tengo que pedirle permiso a Lucas para hablarte?

Justo en ese momento él apareció desde la barra con una caja de vasos.

—¿Permiso para qué?

Tomás ni dudó.

—Quería invitar a Lourdes a cenar.

Hijo de...

Miré a Lucas esperando cualquier respuesta. Él apoyó la caja sobre el mostrador, pensó apenas un segundo y respondió completamente serio.

—Llevá plata.

Tomás parpadeó.

—¿Eh?

—Come mucho.

Hubo dos segundos de silencio, después los tres nos largamos a reír.

—¡Traidor! - le pegué despacito en el brazo.

—¿Qué?

—¡Me vendiste!

—No mentí.

—¡Lucas!

Él levantó apenas los hombros.

—Siempre pedís postre.

Tomás ya no podía parar de reír.

—Confirmado. Conviven en universos distintos.

La mañana empezó tranquila.

Ya ni hacía falta organizarnos demasiado, cada uno ocupaba su lugar casi por reflejo. Mientras yo anotaba pedidos, Lucas ya estaba preparando el primero. Cuando él terminaba un café, yo ya tenía lista la bandeja. Cuando yo volvía de una mesa, él dejaba otra orden preparada.

Era como bailar una coreografía que ninguno de los dos recordaba haber aprendido.

En un momento pasé demasiado rápido por la barra.

—Esperá.

Me frené, Lucas levantó la mano con naturalidad y acomodó un mechón de pelo que se me había metido dentro del ojo.

—Listo. - y volvió a mirar la cafetera como si nada hubiera pasado.

Yo tardé unos segundos en reaccionar, porque el gesto había sido tan automático; tan cotidiano, que estaba casi segura de que ni él mismo se había dado cuenta de haberlo hecho.

Eso lo hacía todavía más lindo.

El ritmo cambió de golpe cuando empezó a llenarse el salón.

—¡Mesa tres!

—¡Dos capuchinos!

—¡Falta una lágrima!

—¡Sale un tostado!

Todo volvió a convertirse en el caos de siempre.

En medio de una corrida estuve a punto de entregar un pedido equivocado, Lucas simplemente levantó una taza.

—Ésta.

Ni siquiera hizo falta explicar nada. Asentí, cambié la bandeja y seguí caminando.

Cinco minutos después fui yo la que le señaló una comanda.

—Mesa cinco.

Él ya estaba llevando la de la cuatro.

Giró enseguida sin decir una palabra, Tomás observó toda la escena mientras secaba unos vasos. Esperó a que terminara el movimiento de los dos y negó lentamente con la cabeza.

—Es preocupante.

Lo miré.

—¿Qué cosa?

—Que ya no hablan.

Lucas levantó una ceja, Tomás señaló a los dos.

—Se hacen señitas, levantan una taza, apuntan con el mentón y el otro entiende.

Sofía soltó una risa.

—Es verdad.

Tomás apoyó el repasador sobre el hombro.

—Yo los miro y siento que estoy viendo un documental de animales que desarrollaron telepatía.

No pude contener la carcajada, Lucas también terminó riéndose y, aunque intentó negarlo; creo que Tomás tenía un poquito de razón

[*]

Durante el descanso apoyé el celular sobre la mesa.

—¿Me hacés un favor?

Lucas levantó la vista de su café.

—Depende.

—¿Me grabás un video?

Suspiró con exageración.




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