"Hay silencios que no nacen de la falta de confianza. Nacen del miedo de convertirse en un problema para la persona que más querés."
[*]
Lourdes ~
Desde que Lucas había dicho "mi novia" delante de media cafetería, Tomás había perdido cualquier filtro que pudiera haber tenido.
—Buen día, tortolitos.
Ni siquiera levanté la vista.
—Buen día, Tomás.
Lucas respondió con un gesto de cabeza mientras acomodaba unas tazas.
—¿Cómo amanecieron los enamorados oficiales de la cafetería?
—Con sueño —contesté.
—Yo preguntaba por Lucas. Vos ya sé que siempre tenés sueño - le tiré un repasador. Lo esquivó sin esfuerzo.
—¡Violencia!
—Es prevención.
—¿Prevención de qué?
—De tus comentarios.
Tomás hizo un gesto dramático llevándose una mano al pecho.
—No me valoran.
Lucas soltó esa risa bajita que cada vez aparecía con más facilidad. Y, otra vez, sentí ese pequeño orgullo absurdo.
Había conocido al Lucas serio. Al que respondía con monosílabos. Al que parecía pedir perdón por ocupar espacio. Ahora, aunque siguiera siendo tranquilo, reía, hacía chistes, me seguía las bromas y lo mejor era que nunca parecía darse cuenta de que había cambiado.
La mañana arrancó tranquila.
Entraban pocos clientes y eso siempre terminaba siendo peligroso porque significaba que teníamos demasiado tiempo libre.
—Lucas.
—¿Sí?
—Necesito hacerte una pregunta importante.
Levantó apenas una ceja.
—Decime.
—¿Vos de verdad nunca viste Cómo entrenar a tu dragón?
Negó con la cabeza.
Sentí una indignación completamente exagerada.
—No puede ser.
—¿Qué?
—¿Cómo sobreviviste tantos años?
—Con bastante esfuerzo.
Lo señalé con el dedo.
—Hoy la vemos.
—¿Eso fue una invitación?
—No. - y lo pensé un segundo. - Fue una orden.
Sonrió.
—Entonces no tengo opción.
—Nunca la tuviste. - en ese momento su celular vibró.
Lo sacó del bolsillo, miró apenas la pantalla y volvió a guardarlo. Seguimos trabajando, pero unos minutos después volvió a vibrar; esta vez tardó un poquito más en leer el mensaje. No llegó a responder. Solo bloqueó la pantalla.
—¿Todo bien? —pregunté mientras acomodaba unas tazas.
Levantó la vista enseguida.
—Sí.
La respuesta fue inmediata. Demasiado inmediata. Y esa sonrisa no era la sonrisa que conocía. Era de esas que uno usa para terminar una conversación antes de que empiece. No insistí y seguí limpiando el mostrador, pero algo quedó haciendo ruido.
[*]
Los clientes empezaron a llegar todos juntos.
En pocos minutos el salón volvió a convertirse en un caos.
—¡Dos capuchinos!
—¡Mesa cuatro!
—¡Falta un tostado!
Lucas ya estaba preparando cafés, yo iba de una punta a la otra con las bandejas.
Ya no hacía falta que nos habláramos, simplemente nos entendíamos.
—¿Azúcar?
Ya la tenía preparada.
—¿Leche vegetal?
Él ya había cambiado la jarra.
—Ese va para la cinco.
Asintió sin mirarme siquiera.
Era raro.
Trabajábamos mejor juntos que muchos compañeros que llevaban años haciéndolo.
Cuando por fin bajó el ritmo respiré aliviada.
—Sobrevivimos - levanté una mano - Dale.
Lucas me miró.
—¿Qué?
—Chocá los cinco.
Suspiró, como si fuera la idea más innecesaria del mundo, pero igual levantó la mano.
¡Plaf!
Justo pasó Tomás, nos miró a los dos, después miró a Sofía.
—Cada vez estoy más convencido de que ustedes dos comparten cerebro.
—No exageres —dije.
—No exagero. Mirá esto.
Se acercó a la cafetera.
—Lucas. ¿Dónde dejaste el azúcar?
Sin levantar la vista, Lucas señaló un estante.
—Segundo estante. Atrás del cacao.
Tomás sonrió, después me miró a mí.
—Lourdes. ¿Dónde está el repasador azul?
Señalé automáticamente un cajón.
—Abajo de las bandejas.
Tomás abrió el cajón. Ahí estaba.
Nos volvió a mirar.
—¿Ven? Ni siquiera piensan. Funcionan.
Sofía soltó una risa.
—Es bastante impresionante.
Lucas negó con la cabeza, un poco avergonzado.
—Solo conocemos el lugar.
—No.
—Sí.
—No. Parecen Bluetooth.
Me tenté de risa, Lucas también, pero apenas terminó de reír, su celular volvió a vibrar. Esta vez ni siquiera hizo falta verlo sacar el teléfono. Noté el cambio antes. Los hombros se le tensaron apenas, la mandíbula también; duró uno o dos segundos, después volvió a guardar el celular y siguió preparando un café. Como si nada hubiera pasado. Como si nadie pudiera darse cuenta.
El problema era que yo ya empezaba a darme cuenta de esas cosas.
Y eso hizo que, por primera vez en varios días, la sensación de tranquilidad que veníamos construyendo tuviera una pequeña grieta.
Lucas ~
El camino hasta la casa de Lourdes fue mucho más silencioso de lo habitual.
No porque faltaran cosas para decir; sino porque había demasiadas. De vez en cuando Lourdes me miraba de reojo, como si estuviera evaluando si volver a preguntarme qué pasaba y yo hacía exactamente lo mismo de siempre. Sonreía. Comentaba cualquier pavada. Esperaba que alcanzara y por un rato alcanzó.
Hablamos de una película que ella insistía en que tenía que ver.
—No podés llegar a los veintipico sin verla.
—Sobreviví hasta ahora.
—Pero viviste peor.
—Eso no está comprobado.
Ella soltó una risa.
—Lo vamos a comprobar este fin de semana.
La miré.
—¿Eso también es una orden?
—Obviamente.
Negué con la cabeza.
—Cada vez das más órdenes.
—Porque descubrí que funcionan.
No pude evitar sonreír.
Y durante unos minutos conseguí olvidarme del celular, hasta que volvió a vibrar. No lo saqué del bolsillo. Pero sentí el zumbido contra la pierna y, por reflejo, los hombros se me tensaron.