¿que se supone que somos?

Capitulo 22. Días comunes

"Hay personas que llegan haciendo ruido. Otras llegan tan despacio que un día descubrís que ya están en todos tus planes."

[*]

Lourdes ~

Había descubierto una enorme diferencia entre grabar videos sola y hacerlo con Lucas.

Cuando estaba sola, podía hablar durante diez minutos seguidos sin equivocarme, pero con él sosteniendo el celular, de repente me olvidaba hasta de mi propio nombre. No tenía sentido; me había presentado frente a cientos de personas y grabado en plazas, cafeterías o en plena calle, ¿y ahora me ponía nerviosa solo porque un chico me filmaba?

Ridículo, completamente ridículo.

—¿Lista? —preguntó Lucas, acomodando el teléfono entre las manos.

Respiré hondo.

—Todavía no.

Él esperó unos segundos antes de responder:

—Hace diez minutos que decís "todavía no"

—Es que me estoy preparando mentalmente.

—¿Para grabar?

—No... para existir.

Lucas soltó una risa bajita.

—Pensé que hablar era una de las pocas cosas que no te costaban.

—Qué poco apoyo emocional —lo miré ofendida—. Bueno, buscate otra influencer.

Le tiré una bolita de papel que había quedado sobre la mesa del descanso, pero la esquivó sin esfuerzo.

—No conozco a ninguna otra —respondió tan natural que terminé sonriendo antes de poder evitarlo.

—Eso fue un intento de halago.

—¿Funcionó?

—Un poquito.

Él sonrió apenas.

—Entonces estuvo bien.

[*]

El primer intento terminó conmigo olvidándome la mitad del guion; el segundo, con un cliente pasando por detrás para saludar a la cámara; y el tercero, con un estornudo monumental justo cuando decía la frase principal. Me quedé inmóvil mientras Lucas bajaba lentamente el celular. Nos miramos en silencio un par de segundos y los dos rompimos a reír.

—No te rías —le pedí.

—Lo estoy intentando.

—No lo estás intentando nada.

—Tenés razón —admitió, riéndose aún más fuerte.

—Muy profesional todo —dije cruzándome de brazos—. El peor camarógrafo del mundo.

—Y la peor actriz.

—¡Ey!

—Vos empezaste.

Negué con la cabeza mientras me acomodaba el pelo. No entendía cómo lograba que discutir con él terminara siendo divertido.

—Último intento —dije señalándolo con el dedo—. Si sale mal, abandono mi carrera.

—Qué presión.

—Confiá en vos.

—Vos dijiste que era el peor camarógrafo.

—Bueno... confiá igual.

Esta vez salió bien.

Apenas terminé de hablar, Lucas cortó la grabación y me alcanzó el teléfono.

—Ahora sí.

Revisé el video. Perfecto.

—¡Sí! —levanté un brazo como si hubiera ganado un campeonato—. Sobrevivimos.

—Costó.

—Muchísimo.

Guardé el celular en el bolsillo y respiré aliviada. Lucas seguía mirándome con esa sonrisa chiquita que ya le conocía.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada.

—Decime.

Negó despacio.

—Es lindo verte contenta cuando terminás un video.

Un calorcito me recorrió el pecho al entender que no hablaba del video, sino de mí, y de cómo empezaba a notar pequeñas cosas que ni yo misma registraba.

[*]

Salimos de la cafetería sin apuro. Se había vuelto una costumbre. Ya no necesitábamos inventar excusas para estirar el tiempo juntos, simplemente caminábamos.

—¿Tenés hambre? —le pregunté.

—No mucha.

—¿Querés ir a algún lado?

—Mientras no sea lejos.

Lo miré de costado y noté las sombras debajo de sus ojos. No eran enormes, pero estaban ahí, y era la segunda vez en la semana que las veía.

—¿Dormiste poco?

—Un poco —respondió mirándome apenas.

—¿Otra vez?

Se encogió de hombros.

—Nada grave.

No quise insistir. Recordé lo que le había dicho días atrás.

«No me digas que está todo bien si no lo está».

Él me había prometido intentarlo, pero cambiar no sucedía de la noche a la mañana. Así que preferí darle espacio.

—Entonces vamos a un lugar tranquilo.

Asintió con una sonrisa agradecida y sentí que entendía perfectamente por qué preferí no presionar.

Terminamos entrando a una librería. El olor a papel apenas cruzamos la puerta me sacó una sonrisa automática.

—Ay... extrañaba venir.

Lucas se quedó unos pasos atrás observándome.

—¿Qué? —le dije.

—Nunca vi a alguien ponerse tan feliz por entrar a una librería.

—¿Vos no? —lo miré horrorizada.

—No leo mucho —contestó negando con la cabeza.

Abrí los ojos como si acabara de confesar un delito.

—¿Cómo que no leés? ¿Nunca te gustó?

Se tomó unos segundos antes de responder.

—No sé si no me gusta... Creo que nunca encontré un libro que me hiciera querer seguir.

Su respuesta me sorprendió. No había dicho «odio leer», sino algo mucho más honesto.

—¿En tu casa leían?

—No. Mi papá trabajaba todo el día y mi mamá tampoco tenía la costumbre. Así que nunca...

Dejó la frase inconclusa, pero no hacía falta que la terminara.

—Entonces el problema no sos vos —sonreí despacio—. Solo no encontraste tu libro todavía.

Él soltó una risa.

—¿Y vos pensás solucionarlo?

—Obviamente —agarré una novela del estante y se la puse en las manos—. Empezá por esta.

Miró la tapa y después a mí.

—¿Así funciona?

—Exactamente.

—¿Y si no me gusta?

—Te consigo otra.

—¿Y si tampoco?

—Otra.

—¿Y otra?

—Lucas... hay millones de libros, alguno te va a enamorar.

Sonrió con esa mezcla de ternura y resignación que empezaba a resultarme familiar.

—Sos muy insistente.

—Lo tomo como un cumplido.

Mientras él hojeaba las primeras páginas, me alejé un poco sin que se diera cuenta. Ya había tomado una decisión, así que fui directo a la caja sosteniendo dos ejemplares idénticos.

[*]

Lucas tardó unos segundos en darse cuenta de que yo ya no estaba a su lado.

Levantó la vista y me encontró esperándolo junto a la puerta con una bolsita de papel en la mano.




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