"Hay personas que se acostumbran tanto a cargar solas con todo... Que un día ya no saben cómo pedir ayuda."
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Lucas ~
El despertador sonó a las siete en punto.
No hizo falta que insistiera; abrí los ojos antes de que terminara la alarma y me quedé unos segundos mirando el techo de mi habitación. Era una costumbre. Esos segundos en los que todavía podía fingir que el día no había empezado, que no había obligaciones y que los martes no existían.
El celular vibró sobre la mesa de luz. Ni siquiera tuve que mirar la pantalla para saber quién era, pero sonreí igual.
Lourdes: Buen día.
Tan simple como siempre y, aun así, era imposible no sentir que el pecho se me aflojaba un poco. Escribí despacio.
Lucas: Buen día
Me quedé mirando el teclado unos segundos. Quise escribir otra cosa, preguntarle si había dormido bien, pero ella era la que siempre hacía esas preguntas. Al final, lo mandé igual.
Lucas: ¿Dormiste bien?
La respuesta tardó menos de un minuto.
Lourdes: Sí. Aunque soñé que Tomás era profesor de matemática y nos hacía rendir examen sobre tipos de café
No pude contener una risa. Era increíble cómo podía convertir cualquier cosa en una historia.
Lucas: A Tomás le encantaría ese sueño
Los tres puntitos aparecieron enseguida.
Lourdes: No le des ideas
Negué con la cabeza, todavía sonriendo. Por un momento todo pareció completamente normal, hasta que el teléfono volvió a vibrar. Esta vez no hizo falta leer el mensaje completo, alcanzó con ver el nombre.
Hospital.
La sonrisa me desapareció casi sin darme cuenta. Apagué la pantalla, respiré hondo y dejé el celular boca abajo sobre la mesa.
En la cocina preparé café casi por costumbre. No tenía hambre; nunca tenía hambre esos días. Esperé en silencio mientras el agua empezaba a hervir en un departamento completamente quieto donde solo se escuchaba el ruido de la pava y el pulso agitado de mi cabeza.
El celular volvió a vibrar y esta vez sí era ella.
Lourdes: Acabo de ver un perro con cara de profesor de historia
Miré la pantalla varios segundos antes de responder. Era una conversación absurda y, justamente por eso, necesitaba que existiera.
Lucas: Después quiero ver la foto
Lourdes: Le saqué cuatro
Cuatro. No tres. Cuatro fotos al mismo perro.
Sonreí otra vez pensando en lo rara que era y la suerte que yo tenía. Miré la hora y la sonrisa volvió a esfumarse. Guardé el teléfono en el bolsillo, agarré las llaves y salí.
[*]
No fui hacia la cafetería; doblé dos cuadras antes y después otras tres. El edificio apareció al final de la calle. Blanco, silencioso, demasiado conocido. Cada vez que lo veía sentía exactamente lo mismo, como si el cuerpo recordara antes que la cabeza.
Empujé la puerta de entrada y el olor a desinfectante me golpeó apenas crucé el hall. La recepcionista levantó la vista; ya me conocía.
—Buen día, Lucas.
Asentí apenas.
—Buen día.
No preguntó nada. Nunca preguntaba y tampoco hacía falta.
Me senté en una de las sillas del pasillo mientras una señora hojeaba una revista vieja, un nene hacía correr un autito por el piso y en la televisión colgada pasaban un programa de cocina sin sonido. Todo seguía exactamente igual, como si el tiempo ahí adentro avanzara mucho más despacio que en cualquier otro lugar.
—Lucas —un enfermero me hizo un gesto desde la puerta—. Podés pasar.
Me puse de pie sintiendo las piernas más pesadas que de costumbre. El médico levantó la vista apenas entré. Tenía los mismos anteojos, la misma lapicera, el mismo escritorio lleno de papeles y un reloj que parecía marcar siempre la misma hora.
—¿Cómo estuviste este mes? —la pregunta quedó suspendida entre los dos.
—Bien —respondí. La respuesta automática, la de siempre.
Él me sostuvo la mirada unos segundos, como si estuviera esperando otra cosa, pero los dos sabíamos que no iba a llegar. Revisó unos estudios, escribió varias líneas y dejó la lapicera sobre el escritorio.
—Vamos a repetir los controles.
Asentí sin preguntar por qué; él tampoco explicó demasiado. Después de tantos meses habíamos aprendido a conversar con muy pocas palabras. Firmé algunos papeles, escuché indicaciones que ya conocía de memoria y, cuando me levantaba para irme, volvió a hablar:
—Lucas, no dejes pasar el próximo turno.
Lo miré apenas un segundo.
—No lo voy a hacer.
Él asintió.
—Nos vemos el mes que viene.
—Nos vemos.
El aire frío de la calle me recibió apenas salí. Respiré profundo, como si recién ahí pudiera llenar los pulmones de verdad. Caminé hasta un banco frente al hospital y me dejé caer despacio antes de sacar el celular.
Tenía siete mensajes, todos de Lourdes.
«Mirá este meme»,
«No puedo creer que quemé las tostadas»,
«Tomás dice que hace mejor café que vos. Confirmame que está mintiendo»,
«¿Almorzaste?», «No te olvides de comer»,
«Después te cuento algo».
Y el último: «Te extraño ❤️».
Cerré los ojos un instante ante un dolor distinto en el pecho. Escribí despacio:
Lucas: Perdón. Mucho trabajo hoy
Mentí, otra vez. Ella respondió enseguida:
Lourdes: No pasa nada. Después nos vemos ❤️
Eso era Lourdes.
Nunca reclamaba, nunca hacía sentir culpable a nadie. Y, justamente por eso, cada mentira pesaba un poco más. Guardé el celular y me puse de pie. Todavía faltaban unas horas para verla y, por primera vez en mucho tiempo, no sabía si eso me daba alivio... o miedo.
[*]
Llegué a la cafetería unos minutos antes de mi horario. Tomás ya estaba acomodando unas bandejas y levantó la vista apenas entré.