"Hay momentos tan simples que uno no entiende que está fabricando un recuerdo hasta que ya es demasiado tarde"
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Lourdes ~.
El día empezó raro. No mal, solo... raro.
Por primera vez desde que trabajaba en la cafetería, fui yo la que llegó antes que todos. Ni Lucas, ni Tomás, ni el olor a café recién hecho habían llegado todavía. Abrí la puerta con la llave que Lucas me había dado unas semanas atrás y, por un segundo, me quedé quieta en medio del local. Era extraño verlo tan silencioso. Siempre había una taza apoyada en algún lado, alguna canción sonando bajito o Tomás diciendo una estupidez antes de las ocho de la mañana. Ese día no. Solo estaba yo y el silencio.
Como todavía faltaba un rato, decidí hacer algo que normalmente evitaba; ordenar. Porque una cosa era querer ser una adulta funcional y otra muy distinta era disfrutar limpiar.
Mientras acomodaba unas cajas, encontré un montón de papeles desordenados. Facturas, pedidos, notas escritas a mano y una lista de compras. La letra era de Lucas. Sonreí sin darme cuenta porque era exactamente como él; todo prolijo, todo acomodado, hasta las listas parecían hechas con paciencia.
—Qué persona organizada... —murmuré mientras las dejaba otra vez donde estaban. Claramente compensaba todo el caos que yo generaba, porque si dependiera de mí, la mitad de la cafetería viviría buscando biromes.
Cinco minutos después escuché abrirse la puerta. Levanté la cabeza y vi a Lucas.
—Buen día.
Él sonrió apenas.
—Buen día.
Había algo distinto y no tardé ni dos segundos en descubrir qué era.
Tenía ojeras bastante marcadas.
Otra vez.
—¿Dormiste?
Se sacó la campera despacio.
—Más o menos.
Intenté que la conversación no se quedara ahí.
—Yo también.
—¿Sí?
Asentí muy seria.
—Anoche me quedé viendo un video de un mapache que robaba comida para gatos.
Lucas soltó una risa chiquita, pero real.
—¿Y valió la pena?
Lo pensé unos segundos.
—Muchísimo.
Negó con la cabeza.
—No sé por qué pregunté.
—Porque todavía confiás en mi criterio.
—Claramente ese fue mi primer error del día.
Le saqué la lengua y, por un ratito, todo volvió a sentirse normal.
Diez minutos después apareció Tomás haciendo ruido antes de entrar, como siempre.
—¡Buenos días a mis empleados favoritos!
Lucas ni levantó la vista.
—Somos los únicos.
—Por eso mismo. Qué suerte tienen —se acercó hasta nosotros, miró a Lucas, después me miró a mí y volvió a mirar a Lucas. Frunció apenas el ceño; fue un gesto mínimo, tan rápido que, si no hubiera estado prestando atención, probablemente no lo habría visto, pero desapareció enseguida—. Bueno ¿quién me hace un café antes de que me desmaye?
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La mañana empezó tranquila. Había pocos clientes, lo que significaba que Tomás tenía demasiado tiempo libre, y eso nunca terminaba bien. En un momento apareció con tres tazas vacías y las apoyó sobre la barra.
—Necesito comprobar una teoría científica.
Lucas levantó una ceja.
—¿Cuál?
—Quién hace el mejor café.
Lo miré.
—Vos acabás de inventar una competencia.
—Exactamente.
Durante casi media hora empezó a pedirles opinión a todos los clientes habituales. Cada vez que alguien elegía mi café, yo levantaba un brazo festejando; cada vez que elegían el de Lucas, él seguía trabajando como si no estuviera pasando nada, lo que me desesperaba todavía más.
Cuando terminó el «conteo», Tomás carraspeó exageradamente.
—Por decisión completamente democrática... —hizo una pausa larguísima—. Ganó Lucas.
Abrí mucho los ojos.
—¡No!
—Sí.
—¡Hubo fraude!
Tomás levantó las manos.
—Yo solamente cuento votos.
Miré a Lucas y estaba escondiendo una sonrisa detrás de una taza. Lo señalé enseguida.
—Vos hiciste campaña.
—No necesito.
—¿Ah, no?
—Mi café habla por mí.
Le pegué un empujoncito en el hombro.
—Qué agrandado.
—Lo dice la que perdió.
—¡Por un voto!
—Dos —corregió Tomás.
—Gracias, Tomás —Lucas levantó la mano y Tomás le chocó los cinco.
—Siempre es un placer trabajar con gente objetiva.
—Los dos son insoportables.
—Pero ganadores.
No pude contener la risa.
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Un rato después fui al depósito a buscar vasos descartables. Cuando volví, Lucas estaba apoyado sobre la mesada con una mano cerrada contra el borde y los ojos cerrados apenas un segundo, como si estuviera intentando recuperar el aire. Me frené.
—¿Lucas?
Levantó la cabeza enseguida, demasiado rápido.
—¿Sí? —ya estaba sonriendo, como si no hubiera pasado absolutamente nada—. ¿Encontraste los vasos?
Bajé la vista hacia la caja que tenía en las manos.
—Sí.
Los dejé sobre la barra y seguí trabajando, intentando convencerme de que simplemente estaba cansado. Nos podía pasar a todos. Pero, mientras acomodaba unas tazas, levanté la vista sin querer y Tomás estaba mirando a Lucas en silencio, observándolo con una preocupación que intentaba esconder bastante mal. Cuando notó que yo lo había visto, volvió enseguida a lo suyo y siguió atendiendo clientes como si nada. Pero esa imagen se me quedó dando vueltas el resto de la mañana.
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Cuando terminó el turno y guardábamos los últimos platos, me acerqué a Lucas.
—¿Seguís vivo?
Levantó la vista.
—Depende.
—¿De qué?
—De qué tengas pensado cocinar.
Sonreí.
—Qué poca fe me tenés.
—La suficiente como para ir igual.
—Perfecto —le di un golpecito en el brazo— Entonces vamos.
Mamá nos abrió la puerta antes de que pudiera incluso poner la llave en la puerta.
—Buenas... —nos miró a los dos, vio las bolsas del supermercado y suspiró—. ¿Vinieron a cocinar o a incendiar la casa?
—Todavía no lo decidimos —respondí muy seria.