¿que se supone que somos?

Capitulo 26. Puertas abiertas

"Las personas no solo te invitan a sus casas. A veces también te invitan a los lugares donde dejaron escondidos sus mejores recuerdos."

[*]

Lourdes ~

El mensaje me llegó justo mientras terminaba de acomodar unas tazas.

Lucas: ¿Tenés planes después del trabajo?

Sonreí antes de responder.

Lourdes: Ahora no.

Cinco segundos después llegó la réplica.

Lucas: Entonces hoy te quiero mostrar algo.

Me quedé mirando la pantalla fija.

Mostrar

No decía ir, ni salir; decía mostrar. Y, por supuesto, mi cabeza no tardó en inventar teorías completamente absurdas. Capaz tenía un perro, una colección secreta de dinosaurios o era millonario. Yo nunca descartaba posibilidades.

—¿Qué cara es esa? —preguntó Tomás, apoyado sobre la barra con un repasador en el hombro.

—Estoy pensando.

—Eso explica la cara de preocupación.

—Lucas me quiere mostrar algo después del trabajo.

Tomás hizo una pausa teatral.

—Ah... entonces te va a proponer matrimonio.

Casi se me cae una taza al suelo.

—¡¿Qué?!

Sofía, que acomodaba unos vasos cerca, levantó la cabeza.

—No le des ideas.

—O capaz tiene un perro —siguió Tomás, completamente serio.

Lo señalé enseguida.

—¡Eso mismo pensé yo!

Sofía cerró los ojos, agotada.

—No puedo creer que ustedes dos se potencien.

Tomás me chocó los cinco, orgulloso.

—Pensamos igual. Somos personas muy inteligentes.

—Claramente.

En ese momento salió Lucas del depósito cargando una caja de vasos. Nos miró a los tres, desconcertado.

—¿Qué pasó?

—Nada —respondió Tomás antes que nadie—. Solo estábamos planeando tu casamiento.

Lucas se quedó inmóvil un segundo y después me miró a mí. Levanté las manos en el aire.

—Yo no empecé.

Él suspiró resignado.

—Cinco minutos. Cinco minutos me voy...

—Y fueron muy productivos —acotó Tomás con una sonrisa radiante.

Lucas negó con la cabeza mientras se alejaba, pero juraría que lo escuché reírse bajito.

[*]

El resto del turno pasó volando entre bastantes clientes. Ya trabajábamos tan acoplados que muchas veces no hacía falta hablar; un gesto, una mirada o una taza apoyada en el lugar exacto alcanzaban.

Mientras limpiábamos la máquina de café, Tomás volvió a la carga.

—Tengo hambre.

—Qué novedad —contestó Sofía.

—¿Alguien me quiere?

—No —respondimos los tres en simultáneo.

Tomás se llevó una mano al pecho, dramático.

—Qué ambiente hostil.

Lucas terminó de guardar unas tazas, abrió un cajón y sacó el paquete de galletitas que había llevado esa mañana para alcanzárselo.

—Tomá.

Tomás abrió los ojos de par en par.

—¿Son para mí?

—Antes de que empieces a quejarte durante una hora.

Agarró el paquete como si fuera un tesoro.

—¿Sabés qué? —dijo Tomás. Lucas levantó una ceja—. Te quiero un poquito más.

—Qué suerte.

—No, en serio. Ahora sí te considero un amigo.

Lucas soltó una risa chiquita, pero completamente sincera. Me hizo feliz verlos así, porque durante mucho tiempo él había parecido alguien que caminaba solo, y ahora finalmente tenía personas esperándolo.

Cuando por fin salimos, no me aguanté la curiosidad.

—Bueno, ¿a dónde vamos?

Lucas sonrió.

—Paciencia.

Hice una mueca.

—Eso nunca trae buenas noticias.

—¿Por qué?

—Porque la gente que dice «paciencia» siempre está escondiendo algo.

Él siguió caminando a mi lado.

—¿Y vos qué creés que escondo?

Lo pensé muy seriamente.

—Un perro.

Se quedó en silencio.

—¿Un perro?

—Sí.

—¿Por qué un perro?

—No sé, tengo fe.

Lucas terminó riéndose de verdad.

—Lamento decepcionarte, pero no hay ningún perro.

Suspiré exageradamente.

—Qué tristeza. Ya estaba preparada para ser la madrina.

Caminamos varias cuadras hasta que entendí por qué no había querido anticiparme nada. Era una plaza. No demasiado grande ni famosa, pero preciosa.

Los árboles formaban un techo verde sobre los senderos y había chicos jugando, una señora leyendo en un banco y dos perros enormes arrastrando a un hombre que claramente había perdido toda autoridad sobre ellos.

Pobre señor.

Lucas respiró hondo, muy despacio.

—Venía mucho acá.

Lo miré.

—¿De chico?

Asintió.

—Casi todas las tardes —nos sentamos en un banco y después señaló un árbol enorme—. Una vez intenté treparme ahí.

—¿Y?

—Me caí.

No pude evitar la risa.

—Eso explica muchas cosas.

—Muy graciosa.

—Gracias, siempre intento dar lo mejor de mí.

Me dio un golpecito cariñoso con el hombro.

—No era tan torpe.

—¿Seguro?

—Más o menos.

Seguimos paseando despacio y, por primera vez desde que lo conocía, Lucas empezó a hablar mucho de sí mismo. Me mostró el rincón donde aprendió a andar en bicicleta, el banco donde esperaba a que su abuelo saliera del trabajo y la cancha donde jugaba partidos improvisados con los chicos del barrio. También me señaló el espacio de una calesita que ya no estaba.

—Acá había una.

—¿En serio?

—Sí. Mi abuelo siempre me compraba un viaje más, aunque yo ya me hubiera bajado.

Sonreí.

—Lo hacía porque sabía que querías seguir.

Lucas también sonrió.

—Sí, creo que sí.

Lo escuchaba hablar y sentía que estaba entrando en una parte de su vida que hasta ahora había permanecido bajo llave.

No era un secreto; era algo muchísimo más lindo.

Era confianza.

[*]

En una de las esquinas de la plaza había un fotógrafo con una cámara instantánea de las antiguas, de esas que escupían la foto despacito. Mis favoritas.

—¡Lucas!

Él ya conocía ese tono.

—No.

—Pero todavía no te pregunté nada.




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