«Hay días que no cambian tu vida. Solo te hacen darte cuenta de que ya cambió».
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Lourdes ~
Los domingos tenían una habilidad especial para sorprenderme.
Podían empezar con la firme decisión de «hoy voy a ordenar mi vida» y terminar conmigo mirando videos de personas acomodando heladeras durante cuatro horas, convencida de que, esta vez sí, iba a organizar la mía.
Spoiler: Nunca pasaba.
Pero ese domingo era distinto. Tenía un plan, y ese plan tenía nombre: Lucas.
Llegué unos minutos tarde, no porque hubiera cambiado de opinión, sino porque tardé quince minutos en decidir si llevaba la campera gris o la negra para terminar usando la azul. Sin explicación alguna.
Lucas ya me esperaba cerca de la entrada de la feria, con las manos en los bolsillos, la mochila colgada de un hombro y esa costumbre suya de mirar alrededor como si necesitara registrar todo antes de empezar el día. Cuando me vio, sonrió apenas; ese tipo de sonrisa que casi nadie notaba, pero que yo ya reconocía desde lejos.
—¿Hace mucho esperás? —pregunté al llegar.
Miró el reloj.
—Cinco minutos.
—¿Y por qué no me avisaste que habías llegado?
Se encogió apenas de hombros.
—Porque sabía que ibas a salir igual.
Hice una mueca.
—Qué caballero.
—¿Qué hice ahora?
—Hacerme sentir culpable sin decir una sola palabra.
La comisura de sus labios volvió a levantarse.
—No hacía falta... ya lo estabas.
Le di un golpecito con el hombro.
—No me caés tan bien hoy.
—Recién llegaste.
—Y ya me conocés demasiado.
Mientras empezábamos a caminar, sentí cómo rozaba mi mano con la suya. Ninguno de los dos la buscó de inmediato; simplemente, después de unos pasos, nuestros dedos terminaron entrelazándose como si lo hicieran desde siempre. Creo que ese gesto me gustó incluso más que cualquier beso. Ya no había nervios, solo costumbre.
Una costumbre linda.
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La feria ocupaba varias cuadras llenas de puestos de libros, ropa, discos, plantas, artesanías, cuadros y objetos tan específicos que dudaba seriamente de que existiera gente que los necesitara. Yo quería detenerme en todos; Lucas, en cambio, caminaba tranquilo y observaba sin apuro, como si supiera exactamente cómo iba a terminar la tarde. Tenía razón. Apenas recorrimos media cuadra, lo llamé.
—¡Lucas!
Él ni siquiera preguntó, solo frenó.
—Mirá este cuaderno —le mostré uno con un gatito dibujado en la tapa—. Es hermoso.
Lo observó unos segundos antes de mirarme a mí.
—Tenés... ¿siete?
—Ocho —corregí.
—Peor.
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué tiene de malo tener cuadernos?
—Nada, pero escribís en dos. Los otros seis son decoración.
—¡No es verdad!
Hizo una pausa.
—Los otros siete.
Resoplé, indignada.
—Este tiene un gatito distinto.
—Ajá.
—Y hojas punteadas.
—Ajá.
—Y la tapa es más linda.
Él suspiró con resignación.
—Compralo.
Sonreí enseguida.
—Sabía que ibas a entenderme.
—No entendí absolutamente nada —admitió—. Solo quiero seguir caminando antes de que quieras adoptar un puesto entero.
Me reí mientras abrazaba el cuaderno contra el pecho.
—No prometo nada.
Más adelante encontramos una mesa llena de cámaras fotográficas antiguas. Esta vez fui yo la que siguió caminando y Lucas el que se quedó atrás. Me di vuelta y lo vi sosteniendo una cámara entre las manos con muchísimo cuidado, como si fuera algo frágil o importante. No decía nada, solo la observaba.
Volví sobre mis pasos.
—¿Te gustan?
Asintió despacio.
—Sí —pasó el pulgar por el borde metálico—. Mi abuelo tenía una muy parecida.
Lo escuché en silencio. Era raro que empezara una historia sin que yo preguntara demasiado.
—Cuando era chico me dejaba sacar fotos con ella.
Sonreí.
—¿En serio?
—Gastaba todo el rollo en cualquier cosa. Árboles, perros, mis zapatillas... lo que encontrara.
Me imaginé a un Lucas de ocho años agachado fotografiando una zapatilla con toda la concentración del mundo, y la imagen me dio muchísima ternura.
—¿Las seguís teniendo?
Negó muy despacio.
—No. La cámara se rompió hace años.
Se quedó unos segundos más mirándola y después volvió a dejarla exactamente donde estaba, con el mismo cuidado con el que la había levantado. Noté cómo le había brillado la mirada al hablar del abuelo y cómo esa luz se apágaba de golpe. No pregunté nada más; ya había aprendido que Lucas nunca cerraba una puerta porque sí, solo necesitaba decidir cuándo abrirla.
Así que señalé otra cámara bastante más grande.
—Esta parece sacada de una película.
La observó y sonrió.
—Y pesa como una heladera.
La tensión desapareció enseguida y seguimos caminando. Mientras avanzábamos entre los puestos, pensé que conocer a alguien también era eso.
No hacer preguntas todo el tiempo, sino aprender a quedarse al lado aunque la respuesta todavía no llegara.
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Cuando terminamos los jugos, seguimos caminando sin un rumbo demasiado claro.
Había algo lindo en no tener un plan, en simplemente doblar una esquina porque sí o detenerse frente a cualquier puesto que llamara la atención.
Fue entonces cuando vimos una cabina de fotos antigua. La cortina azul estaba un poco gastada y arriba tenía un cartel que decía: «4 fotos por una sonrisa».
La señalé enseguida.
—Entramos.
Lucas ni siquiera disminuyó el paso.
—No.
—Sí.
—No.
—Lucas...
Se giró apenas para mirarme.
—Siempre que decís mi nombre así termino perdiendo.
Sonreí.
—Entonces ahorrémonos tiempo.
Lo agarré de la mano antes de que pudiera inventar otra excusa y él soltó un suspiro exagerado.
—Estoy empezando a sospechar que manipulás las situaciones.