Que sea solo una noche

Capítulo 24: La reconciliación

El ambiente en el apartamento de Aiko seguía siendo tranquilo, con una paz frágil que parecía apenas sostenerse después de la tormenta emocional de la noche anterior. La luz de la mañana se filtraba por las cortinas, arrojando un suave resplandor dorado sobre los muebles, pero el peso de las palabras y los miedos aún flotaba en el aire.

Adrián despertó con Aiko acurrucada a su lado, su respiración suave y tranquila. Sus cuerpos estaban entrelazados, pero había algo más, algo que los unía más allá de lo físico. Mientras observaba su rostro dormido, Adrián no pudo evitar sentir un torbellino de emociones. La amaba más de lo que había creído posible, pero también entendía que esa relación implicaba desafíos que ambos aún estaban aprendiendo a manejar.

Aiko despertó lentamente, sintiendo el calor de Adrián a su lado. Sabía que la noche anterior había sido difícil, pero lo que más la sorprendía era el hecho de que, a pesar de sus miedos, Adrián seguía ahí. Al ver sus ojos abiertos, con una mezcla de preocupación y ternura, Aiko sintió que tal vez, solo tal vez, podían encontrar una manera de seguir adelante.

—Buenos días —murmuró Adrián, rompiendo el silencio con una sonrisa adormilada.

—Buenos días —respondió Aiko, aunque su sonrisa no llegó completamente a sus ojos.

Se quedaron en silencio por unos momentos, ambos sabiendo que aún había mucho por decir, pero ninguno queriendo romper el frágil equilibrio que habían logrado. Finalmente, Aiko fue la primera en moverse, levantándose del sofá donde habían pasado la noche. Sin decir una palabra, se dirigió hacia la cocina, dejando a Adrián observando sus movimientos.

Mientras preparaba café, Aiko sentía una mezcla de emociones que la abrumaba. Amaba a Adrián, de eso no había duda, pero sus propios miedos seguían acechando, como sombras que no podía ignorar. Aún recordaba el peligro que representaba su pasado con los Yakuza, el peso de su relación anterior y lo mucho que había luchado por escapar de esa vida. Ahora, con Adrián a su lado, sentía que estaba volviendo a abrir una puerta que tal vez nunca debería haber tocado.

Adrián se levantó poco después y la encontró en la cocina, observando el café mientras el aroma llenaba la habitación. Se acercó en silencio y puso una mano en su hombro.

—¿Estás bien? —preguntó, su voz suave, pero con un toque de preocupación.

Aiko no respondió de inmediato. Miró el café, tratando de encontrar las palabras adecuadas, pero nada parecía suficiente para expresar lo que estaba sintiendo.

—No lo sé, Adrián —admitió finalmente—. A veces siento que todo esto es demasiado. Mis miedos, mi pasado... todo lo que arrastro conmigo. No quiero que termines siendo una víctima de lo que yo no puedo dejar atrás.

Adrián la giró suavemente para que lo mirara a los ojos.

—No eres una carga, Aiko. Lo que viviste, lo que aún llevas contigo, es parte de quien eres. Y yo acepto todo eso. No te pido que olvides tu pasado, solo que me dejes estar a tu lado mientras lo enfrentas.

Aiko lo miró, sorprendida por la claridad de sus palabras. Sabía que Adrián era joven, pero había algo en su mirada, en su manera de ser, que irradiaba una madurez que pocas veces había visto en alguien de su edad. Se sentía afortunada de tenerlo a su lado, pero también aterrada de que, en algún momento, se diera cuenta de que ella no era suficiente para él.

—Es que no quiero que te arrepientas... —comenzó, su voz temblando ligeramente—. No quiero que un día te des cuenta de que cometiste un error al estar conmigo.

Adrián la tomó de ambas manos, mirándola con una seriedad que hacía que sus palabras resonaran aún más profundamente.

—Aiko, nunca me arrepentiría de haberte elegido. No sé lo que nos depara el futuro, pero sé que lo que siento por ti es real. Y mientras podamos enfrentarlo juntos, no tengo miedo de lo que venga.

El peso de sus palabras hizo que Aiko sintiera una especie de alivio, como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien realmente la entendiera, la aceptara por completo, con todos sus defectos y sus heridas. Una lágrima silenciosa rodó por su mejilla, pero esta vez no era una lágrima de tristeza. Era de alivio, de gratitud.

—Gracias —susurró, inclinándose hacia él y dejando que sus frentes se tocaran suavemente—. No sé qué hice para merecerte, pero gracias.

Después de ese momento íntimo, ambos decidieron salir a caminar por la ciudad. Vancouver estaba tranquila esa mañana, y el aire fresco les ayudó a despejar la cabeza. Mientras caminaban, no hablaron mucho, pero el silencio entre ellos no era incómodo. Era un silencio compartido, lleno de comprensión y de promesas no dichas.

Pasaron por un pequeño parque, y sin decir nada, se sentaron en un banco. El sol brillaba a través de las hojas de los árboles, y el sonido de los pájaros y el agua en el fondo les proporcionaba una sensación de calma que no habían sentido en mucho tiempo. Aiko, recostada en el hombro de Adrián, dejó escapar un suspiro, sintiendo cómo sus miedos comenzaban a desvanecerse, al menos por ese momento.

—Tengo que decirte algo —dijo ella de repente, rompiendo el silencio—. Gran parte de mi miedo viene de lo que viví con los Yakuza. Mi relación con ellos, con mi exnovio... todo eso me dejó marcas que no he podido borrar, y a veces siento que siempre estaré atrapada en ese pasado.




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