Los días posteriores a la reconciliación entre Adrián y Aiko transcurrieron con una calma engañosa, como si ambos estuvieran navegando en aguas tranquilas pero sabiendo que una tormenta se acercaba. Habían hablado, se habían reconciliado, y por un breve momento, parecía que todo estaba bien. Sin embargo, el pasado nunca se queda enterrado por completo, y justo cuando empezaban a sentir que su relación se fortalecía, una sombra del pasado de Aiko emergió, amenazando con desmoronar todo lo que habían construido.
Esa tarde, mientras Aiko revisaba su correo electrónico en silencio, encontró un mensaje que la dejó congelada. El remitente era un nombre que no había visto en años: su exnovio, un hombre profundamente involucrado con los Yakuza. Aquel capítulo de su vida, que creía haber cerrado para siempre, volvía a abrirse de golpe.
El asunto del mensaje era simple, pero las palabras parecían gritar dentro de su cabeza: "Tenemos que hablar."
El corazón de Aiko comenzó a latir tan fuerte que sentía que el sonido resonaba en la habitación vacía. Las manos le temblaban mientras hacía clic en el mensaje. Las palabras que leyó no eran explícitas, pero el tono lo decía todo. Era una amenaza, un recordatorio de que su pasado estaba siempre presente, acechando en las sombras, esperando el momento adecuado para regresar y desestabilizarla. El correo era breve, directo, y dejó claro que su exnovio no la había olvidado.
"¿Por qué ahora? ¿Cómo me encontró?" Las preguntas se agolparon en su mente. Aiko había dejado atrás esa vida, había huido de las conexiones con los Yakuza cuando llegó a Vancouver. Nunca había hablado con Adrián de los detalles más oscuros de esa relación, creyendo que nunca tendría que hacerlo. Pero ahora, ese hombre la había encontrado, y Aiko sabía que no era una casualidad. Sabía lo que significaba: no quería conversar, quería controlarla nuevamente.
Esa noche, Aiko no pudo dormir. Se removía en la cama, tratando de calmar su mente, pero las imágenes de su exnovio, las memorias de su tiempo con los Yakuza, la atrapaban en un ciclo de miedo y ansiedad. Adrián, que dormía profundamente a su lado, parecía ajeno a la tormenta interna que la consumía. Cada vez que cerraba los ojos, Aiko veía las caras de aquellos hombres, recordaba los lugares a los que había sido llevada, los favores que le habían pedido. Sabía lo peligroso que era este mundo, y sabía lo que podía pasar si él quería buscarla.
Al día siguiente, Adrián despertó y notó de inmediato que algo andaba mal. Aiko estaba más callada de lo habitual, y sus ojos parecían vacíos, perdidos en sus propios pensamientos.
—Aiko, ¿estás bien? —preguntó Adrián mientras se sentaban a desayunar.
Aiko levantó la vista, pero evitó el contacto visual. Sabía que tarde o temprano tendría que contarle la verdad, pero ¿cómo explicarle que el hombre del que había huido ahora estaba buscando atraparla de nuevo? ¿Cómo podría involucrar a Adrián en un mundo que él no entendía, un mundo tan oscuro?
—Solo una mala noche, Adrián. Nada importante —respondió Aiko, pero su voz apenas era un susurro, y no convenció a nadie, ni siquiera a sí misma.
Adrián frunció el ceño, preocupado por el cambio en el comportamiento de Aiko. Sabía que algo estaba mal, pero no quería presionarla. Sin embargo, la tensión era palpable, y el silencio que los envolvía era denso, casi asfixiante.
—Aiko, sabes que puedes decirme lo que sea —insistió Adrián, tomando su mano sobre la mesa—. Si hay algo que te preocupa, quiero ayudarte.
Aiko retiró su mano suavemente, sintiendo una punzada de culpa por ocultarle la verdad. Pero el miedo era más fuerte. Sabía lo que su exnovio era capaz de hacer. Sabía que podía arruinar todo. Adrián no merecía cargar con eso, y si lo involucraba, solo lo pondría en peligro.
—Es solo... cosas del pasado —murmuró, sin mirar a Adrián a los ojos—. No quiero preocuparte con ello.
Adrián no podía quitarse la sensación de que algo mucho más grande estaba en juego. Aiko no solía ser reservada con él, y este cambio en su actitud solo aumentaba su inquietud. Pero, por ahora, decidió dejarla procesar lo que sea que estuviera ocurriendo.
Más tarde, mientras caminaban por el parque, Aiko sabía que ya no podía seguir evitando la verdad. La presión interna de mantener el secreto se volvía insoportable. Sabía que no había manera de ocultar algo tan grande, y aunque temía por lo que podría suceder, decidió que era el momento de hablar. Se detuvieron en una banca, y con un nudo en la garganta, Aiko comenzó a contarle lo que había ocurrido.
—Adrián... —su voz temblaba ligeramente—, hay algo que tengo que decirte. Algo que no quería que afectara nuestra relación, pero ya no puedo seguir ocultándolo.
Adrián la miró con atención, preocupado pero sin interrumpir. Sabía que Aiko estaba luchando con algo, pero no estaba preparado para lo que iba a escuchar.
—Ayer recibí un correo... de alguien de mi pasado. Mi exnovio, alguien involucrado en los Yakuza. No he sabido de él en años, pero ahora ha vuelto a contactarme. No sé por qué, pero tengo la sensación de que no es algo bueno —admitió, su voz llena de miedo.
Adrián sintió que su estómago se revolvía. Conocía algo del pasado de Aiko, pero no había imaginado que algo tan peligroso como los Yakuza seguía acechando su vida. Sabía que los Yakuza no eran solo un grupo criminal cualquiera. Eran una organización implacable, y cualquier conexión con ellos representaba un peligro real.