Que sea solo una noche

Capítulo 26: La decisión de Aiko

El eco del pasado de Aiko resonaba en su vida como un tambor persistente, su sonido constante y ensordecedor. El mensaje de su exnovio, un hombre vinculado a los Yakuza, no era solo una llamada al pasado; era una amenaza, una cadena invisible que volvía a atarla a los miedos que había pasado años tratando de superar. Cada día que pasaba sin responder al correo se sentía como un reloj de arena en cuenta regresiva. Sabía que su silencio no iba a detenerlo; su exnovio no era del tipo de persona que se quedaba esperando. Lo peor de todo era que, mientras tanto, Adrián estaba involucrado sin saberlo del todo, sin comprender completamente el peligro que acechaba en la oscuridad.

El apartamento de Aiko se había vuelto un lugar de tensión, un espacio donde el silencio pesaba tanto como las palabras no dichas. Cada conversación parecía ser una danza en torno a lo inevitable. A pesar de la insistencia de Adrián en que lo enfrentaran juntos, Aiko seguía sintiendo que estaba sola en esta batalla interna. Las dudas la consumían, y cada vez que veía a Adrián a su lado, más crecía el temor de que su pasado pudiera arruinar la vida de ambos.

Esa tarde de viernes, mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse fuera de la ventana, Aiko permanecía absorta, su mente viajando por los recuerdos de su vida en Japón. Adrián, sentado en el sofá, la observaba con preocupación. La había visto cada vez más distante, más atrapada en sus propios pensamientos. Sabía que algo la atormentaba, pero no entendía completamente la magnitud de lo que estaba enfrentando.

—Aiko, no puedes seguir así —dijo Adrián finalmente, rompiendo el silencio que se había vuelto insoportable.

Aiko se giró lentamente hacia él, su expresión reflejando la confusión y el miedo que llevaba dentro. Sus ojos, normalmente llenos de vida, parecían más apagados, como si estuviera luchando contra una fuerza invisible.

—Lo sé… pero no sé qué hacer —admitió ella, su voz apenas un susurro—. No quiero que esto te afecte a ti también. No quiero que te arrastre a un lugar oscuro.

Adrián se levantó y caminó hacia ella. Tomó su mano, tratando de transmitirle la fuerza que sentía. Sabía que Aiko era fuerte, pero todos tenían un límite, y ella estaba claramente al borde del suyo.

—Aiko, ya estoy involucrado —dijo con una voz suave pero firme—. Desde el momento en que decidimos estar juntos, todo lo que te afecta a ti, me afecta a mí también. Y no voy a dejar que enfrentes esto sola.

Aiko apartó la mirada, soltando su mano mientras cruzaba los brazos sobre su pecho, un gesto defensivo que revelaba lo vulnerable que se sentía.

—Es que no debería ser así, Adrián. Tú no deberías tener que lidiar con las consecuencias de mi pasado. Es algo que yo debería manejar sola —insistió, su voz cargada de culpa.

Adrián la observó con una mezcla de tristeza y frustración. No sabía cómo más hacerle entender que no la dejaría sola, que no importaba cuán oscuro fuera su pasado, él estaba dispuesto a caminar junto a ella, a pesar de los peligros.

—Pero no estás sola —replicó con suavidad—. No tienes por qué estarlo. Estoy aquí para ti, y no pienso irme a ninguna parte.

Aiko sintió que sus barreras emocionales se tambaleaban. No quería que Adrián se viera arrastrado a ese mundo de sombras del que ella misma había huido. Sabía lo que era su exnovio, sabía de lo que era capaz, y eso la aterraba.

Esa noche, mientras Adrián dormía, Aiko pasó horas en la cama, con los ojos abiertos, mirando el techo. Las sombras que proyectaban las luces de la calle sobre la pared parecían reflejar las sombras de su mente. No podía seguir así, no podía seguir huyendo de su pasado sin enfrentarlo. Pero ¿cómo hacerlo sin arriesgar todo lo que tenía ahora? Adrián era lo mejor que le había pasado en años, y la idea de perderlo por algo que ella misma había intentado dejar atrás la aterraba. Sin embargo, sabía que la única forma de seguir adelante era enfrentarse a esos demonios de una vez por todas.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban en silencio, Aiko tomó una decisión. Necesitaba hablar con Adrián, necesitaba contarle la verdad completa. No podía seguir protegiéndolo del peligro sin que él supiera exactamente qué era lo que estaban enfrentando.

—He estado pensando en lo que dijiste ayer —comenzó Aiko, mirando el café que sostenía en sus manos—. Sé que quieres estar a mi lado en todo esto, pero no puedo permitir que termines metido en algo que podría ser peligroso.

Adrián dejó de comer y la miró, sabiendo que algo importante estaba a punto de ser dicho.

—Aiko, no voy a dejarte sola con esto —respondió él, con la misma firmeza de siempre—. No importa lo que pase, estoy aquí. Y no tienes que protegerme de algo que podemos enfrentar juntos.

Aiko sintió un nudo en el estómago. Sabía que Adrián estaba dispuesto a luchar a su lado, pero también sabía que no comprendía completamente el riesgo que corrían.

—Adrián, no entiendes —dijo ella, su voz cargada de miedo—. Esto no es un simple problema del pasado. Él es peligroso. Lo que viví con los Yakuza... no es algo que se resuelve enfrentándolo de frente. Es más complicado de lo que crees.

Adrián inhaló profundamente, procesando lo que Aiko le decía. Sabía que su pasado era oscuro, pero ahora entendía la magnitud de lo que estaba en juego. Sin embargo, su decisión no cambió.




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