Que sea solo una noche

Capítulo 28: El reloj en marcha

El invierno en Vancouver había llegado con toda su crudeza, transformando la ciudad en un paisaje gélido, pero no solo el clima se sentía frío. En el corazón de Adrián y Aiko, había una sensación de desesperación creciente, una cuenta regresiva invisible que latía entre ellos como un reloj implacable que avanzaba hacia una despedida inevitable. Aunque habían intentado ignorar el paso del tiempo y el futuro que los separaba, sabían que el final de su tiempo juntos en Canadá se acercaba inexorablemente.

Adrián tenía solo unos días antes de regresar a México. Cada segundo que pasaba con Aiko parecía teñido de una melancolía que no podían sacudirse. Caminaban por las calles de Vancouver, como si trataran de capturar cada rincón de la ciudad, inmortalizar cada detalle, para aferrarse a algo cuando estuvieran separados.

Una tarde gris, decidieron caminar por Stanley Park. El viento frío les azotaba el rostro, pero ninguno se quejaba. El silencio entre ellos era espeso, cargado de palabras no dichas, de miedos y emociones que ambos trataban de contener. Al fondo, el mar golpeaba suavemente contra las rocas, un sonido que antes les había parecido relajante, pero que ahora solo acentuaba el peso de la despedida.

Fue Aiko quien finalmente rompió el silencio.

—Adrián, tenemos que hablar —dijo ella con voz temblorosa, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Tenemos que hablar sobre lo que va a pasar cuando te vayas.

El estómago de Adrián se contrajo al escuchar esas palabras. Era la conversación que ambos habían evitado, la que sabían que vendría pero a la que ninguno quería enfrentarse. Se detuvo, sintiendo cómo el peso de la realidad caía sobre él. El frío de la tarde parecía más intenso ahora, como si todo alrededor se estuviera cerrando sobre ellos.

—Lo sé —murmuró, mirando al suelo por un momento antes de levantar la vista hacia ella—. Solo… no sé qué decir. No quiero pensar en eso, no quiero que esto acabe.

Aiko suspiró profundamente, su aliento visible en el aire gélido mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

—Yo tampoco quiero pensar en ello. Pero el tiempo no se detiene, Adrián. No importa cuánto deseemos que lo haga. Pronto te irás, y necesitamos saber qué vamos a hacer cuando eso suceda —su voz se rompió al final, como si las palabras la estuvieran desgarrando por dentro.

Adrián sintió una punzada de desesperación. Había intentado no pensar en ello, pero la realidad era ineludible. No podía quedarse en Canadá para siempre, y el día de su partida se acercaba rápidamente.

—¿Crees que podamos hacerlo funcionar? —preguntó, su voz llena de una incertidumbre que no había sentido antes.

Aiko lo miró, y en sus ojos había una mezcla de amor, tristeza y miedo.

—Quiero creer que sí, Adrián. Pero la distancia es difícil. No quiero que ambos suframos por estar separados, y no quiero que te sientas atrapado en una relación que te cause más dolor que felicidad —respondió, sus palabras cargadas de una dolorosa sinceridad.

Adrián sintió cómo su corazón se encogía. Sabía que lo que Aiko decía era cierto. La distancia no era algo que pudieran ignorar o subestimar. Pero, al mismo tiempo, la idea de dejarla, de seguir adelante sin ella, le resultaba insoportable.

—No me siento atrapado. Nunca me sentiré atrapado contigo —dijo él, acercándose y tomando sus manos con fuerza—. Quiero esto. Quiero estar contigo, sin importar la distancia. No sé cómo, pero lo resolveremos. No quiero perderte, Aiko.

Aiko se mordió el labio, intentando contener las lágrimas que amenazaban con derramarse. Sus manos temblaban ligeramente en las de Adrián.

—Tampoco quiero perderte, Adrián —susurró—. Pero tenemos que ser realistas. Las relaciones a larga distancia son complicadas, y no quiero que esto termine haciéndonos daño a los dos.

Adrián miró sus ojos vidriosos y supo que estaba lidiando con el mismo miedo que lo consumía a él. Sentía que el tiempo que les quedaba juntos era como arena que se escapaba entre sus dedos. Y aunque quería aferrarse a la esperanza, sabía que la distancia sería una prueba difícil de superar.

Después de esa conversación, algo cambió entre ellos. Aiko y Adrián sabían que su tiempo juntos estaba contado, y en lugar de pelear contra esa realidad, decidieron aprovechar cada segundo. Salían todos los días, explorando la ciudad como si fuera la primera vez. Visitaban cafeterías acogedoras, paseaban por las calles nevadas, y hablaban de todo lo que venía a sus mentes, desde recuerdos compartidos hasta sueños futuros que ambos temían no poder cumplir juntos.

Una tarde, mientras estaban en una pequeña cafetería cerca de Gastown, Adrián miró a Aiko con una intensidad que hizo que ella se detuviera por un momento.

—Quiero que sepas algo —dijo él, su voz baja pero firme—. Pase lo que pase, no me arrepiento de nada. Estos meses contigo han sido los mejores de mi vida, y eso nunca cambiará.

Aiko lo miró con una sonrisa débil, sus ojos llenos de emoción contenida.

—Tampoco me arrepiento de nada, Adrián. Pero… tengo miedo. Miedo de que, cuando te vayas, todo cambie. Miedo de que la distancia nos aleje —admitió ella, su voz quebrándose.

Adrián tomó su mano con fuerza, tratando de transmitirle toda la seguridad que podía. Sabía que ella estaba aterrada, y él también lo estaba, pero no quería que eso los derrotara.




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